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Portada de la novela MI JEFE ES UN OGRO

MI JEFE ES UN OGRO

Tras ser abandonado por su pareja en la miseria, David lucha solo por su hija Alessia. Su destino da un vuelco total cuando un magnate hotelero, marcado por la pérdida de su familia, lo elige como su heredero universal. Junto a su amigo Vladimir Saenz, y tras ser despedidos de una cafetería, David se somete a un riguroso entrenamiento para liderar un imperio. Es un relato sobre superación, legados inesperados y la transformación de un padre soltero.
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Capítulo 1

-¡No te vayas! ¡No nos abandones, por favor! -la voz de David temblaba de desesperación mientras corría hacia ella. El peso de las palabras que acababa de escuchar lo aplastaba. Él estaba en shock, incapaz de procesar la fría decisión de Sam. Su cuerpo temblaba, sus manos sudaban. ¿Cómo habían llegado a este punto?

Sam estaba empacando sus cosas, indiferente al dolor de David. Cada movimiento que hacía, cada prenda que metía en la maleta, parecía una puñalada más al corazón de él. Con cada prenda, ella se alejaba un paso más de su vida, de su familia, de su hija.

-¡Sam, por favor, no! -gritó nuevamente, esta vez con más rabia que tristeza. Los gritos de David resonaron en la habitación, pero Sam no los escuchaba. Su corazón parecía hecho de hielo, y la indiferencia en su rostro era lo único que él veía. -¡Mira a nuestra hija, Sam! ¡Mírala! ¡Hoy está cumpliendo un año! ¡Es su primer cumpleaños, y tú...! -las palabras se le atoraron en la garganta. La angustia lo estaba consumiendo por dentro, pero nada podía detenerla.

Sam continuó con su tarea, como si las palabras de David no significaran nada. Su rostro estaba vacío, distante, como si la mujer que él había amado ya no existiera. Solo quedaba una desconocida frente a él, alguien que no le importaba el amor ni la familia. La rabia y el dolor lo invadieron, pero él luchaba por mantener la calma.

-David, ya te dije que me voy. No me hagas cambiar de opinión -dijo Sam con voz fría, sin emoción alguna. -Ya no te amo. Esto fue un error, un enorme error haber dejado que Alessia naciera. Me arrepiento, ¿entiendes? No nací para vivir toda mi vida en la pobreza. Quiero algo más, algo mejor. Me voy a estar con alguien que me ofrece una vida cómoda, una vida que tú no puedes darme. Así que, déjame ir de una vez por todas. No quiero seguir aquí.

Las palabras de Sam cayeron sobre él como una lluvia helada. Cada sílaba lo atravesó profundamente. Sus rodillas cedieron, y se desplomó en el suelo, incapaz de soportar el peso de lo que acababa de escuchar. ¿Cómo podía ella decir algo tan cruel? ¿Cómo podía abandonarlos de esa forma? ¡Su hija tenía apenas un año! ¿Acaso no le importaba?

Sam, sin mirarlo, continuó empacando sus cosas. Sin darle ninguna importancia a su sufrimiento, sin siquiera volverse para ver la angustia que reflejaba el rostro de David. Lo dejó allí, en el suelo, con las palabras ahogadas en la garganta.

David, con la respiración entrecortada, se levantó lentamente. Las lágrimas caían por sus mejillas, pero trató de mantener la compostura, de no derrumbarse por completo. Sin embargo, algo dentro de él se rompió, y no podía contener el dolor que lo consumía.

-Está bien, Sam. Vete -dijo, su voz llena de amargura. Estaba tan herido que apenas podía hablar. -Pero cuando cruces esa puerta, nosotros ya no existimos para ti. No eres más que una extraña. Firma este papel, donde renuncias a ser la madre de Alessia, donde renuncias a su custodia total.

 Él le pasó las hojas que había preparado con frialdad. La miró a los ojos, intentando transmitirle que no había vuelta atrás. Sam tomó el bolígrafo sin decir una palabra, y con rapidez firmó los papeles. Era como si nada le importara. David la observó mientras firmaba, cada movimiento suyo era como una puñalada directa al corazón. La mujer que amaba, la madre de su hija, ya no existía en su vida.

Sam no dijo nada más. Tomó su maleta, y antes de salir por la puerta, echó una última mirada a la habitación que habían compartido. Pero no había remordimientos en su mirada. Se dio la vuelta sin pensarlo dos veces, y se marchó, como si nunca hubiera formado parte de esa vida. Su figura se desvaneció en el pasillo, y el sonido de la puerta cerrándose fue lo único que rompió el silencio que se había instalado en la casa.

David se quedó en el umbral de la puerta, mirando al vacío. Su corazón estaba destrozado. Le costaba respirar, como si el aire ya no fuera suficiente. Cerró los ojos y dejó que las lágrimas fluyeran sin poder detenerlas. La mujer que amaba, la madre de su hija, lo había dejado. Y lo peor de todo era que lo había hecho sin siquiera mostrar un poquito de remordimiento y sin mirar atrás. No podía entenderlo, no podía aceptarlo.

Finalmente, se dejó caer al suelo, exhausto por el dolor. Sabía que la vida no iba a ser la misma sin ella, pero lo más doloroso era que ahora tendría que enfrentar la vida sin su amada. Pero Alessia la pequeña que apenas había cumplido un año, se quedaba sin su madre que no estaría a su lado. David prometió, en ese momento, que no dejaría que su hija creciera sin amor, sin los cuidados y la atención que merecía. Ya no importaba lo que él sentía. Ahora solo importaba ella.

Comió pastel con su hija, una pequeña sonrisa se asomó en su rostro al ver su carita de felicidad. Le dio el oso que le había comprado, ese pequeño regalo que había elegido con tanto cariño. Aunque sabía que su hija no comprendía la magnitud de lo que estaba sucediendo, le dolía pensar que ella no tendría la oportunidad de conocer a su madre, de sentir su cariño, de crecer bajo su techo. Pero no podía detenerse en eso. Tenía que seguir adelante por Alessia, tenía que ser fuerte por ella.

David miró alrededor del apartamento, ese espacio que ya no parecía su hogar. La casa estaba vacía, sin vida, sin la mujer que alguna vez fue su compañera, su amor. Sabía que tendría que entregarlo, que no podía permitirse seguir viviendo allí. Tendría que buscar algo más barato, un aparta estudio que le permitiera pagar los gastos de su hija sin caer en la desesperación. El dinero era un problema, pero lo más importante era que Alessia tuviera lo que necesitaba: amor, cuidado, y un padre que nunca la abandonaría.

Tomó su teléfono y comenzó a buscar opciones de departamentos más pequeños, más económicos. Pero su mente seguía atrapada en lo que acababa de ocurrir. El dolor de la partida de Sam no lo dejaba en paz. Las palabras que ella le había dicho seguían resonando en su cabeza, como un eco lejano que no dejaba de retumbar.

¿Qué había sido todo esto? ¿Una mentira desde el principio? Pensaba en los buenos momentos, en los días felices que compartieron, cuando todo parecía perfecto. Y ahora todo había quedado en nada. Pero a pesar de todo, su amor por Alessia seguía intacto. Ella era lo único que le quedaba, lo único que le importaba. No iba a dejarla ir. No iba a permitir que su vida fuera destruida por una decisión egoísta.

Con un suspiro profundo, David dejó el teléfono a un lado y se sentó en el suelo, mirando a su hija. Alessia lo miraba con esos ojos grandes y curiosos, tan inocentes. Ella no sabía nada de lo que había pasado, de la decisión de su madre de marcharse. Pero él sí lo sabía, y eso era lo único que importaba. Sólo estaría él y Alessia, y eso era lo único que importaba ahora.

A partir de ese momento, David sabía que tenía que ser un hombre fuerte. Tenía que ser un padre excepcional para su hija. No dejaría que el pasado lo consumiera. Y mientras Alessia estuviera a su lado, no necesitaba nada más. Aunque su corazón estuviera roto, su amor por ella sería más que suficiente para seguir adelante...

Continuara ...

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