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Portada de la novela MI JEFE ES UN OGRO

MI JEFE ES UN OGRO

Tras ser abandonado por su pareja en la miseria, David lucha solo por su hija Alessia. Su destino da un vuelco total cuando un magnate hotelero, marcado por la pérdida de su familia, lo elige como su heredero universal. Junto a su amigo Vladimir Saenz, y tras ser despedidos de una cafetería, David se somete a un riguroso entrenamiento para liderar un imperio. Es un relato sobre superación, legados inesperados y la transformación de un padre soltero.
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Capítulo 2

David había vivido momentos difíciles en los últimos meses. Su vida dio un giro inesperado cuando lo despidieron de la oficina donde trabajaba. Durante años, había formado parte de esa empresa, cumpliendo con sus responsabilidades y buscando siempre ascender.

Sin embargo, el constante estrés de tener que cumplir con los horarios estrictos, sumado a la necesidad de llevar a su pequeña Alessia a la guardería todos los días, lo llevó a tomar decisiones equivocadas.

Aunque siempre había sido un trabajador puntual, la falta de tiempo para equilibrar su vida personal y profesional comenzó a afectarlo. Las constantes llegadas tarde fueron la gota que colmó el vaso, y finalmente, la empresa decidió prescindir de sus servicios.

El despido fue un golpe duro para él, pero no tanto por el trabajo en sí, sino por lo que significaba: no podía seguir siendo el proveedor que Alessia merecía. Sabía que debía encontrar una solución rápida, ya que su hija dependía de él. Por eso, decidió que no se quedaría cruzado de brazos. Un día, después de pasar unas semanas buscando una oportunidad, consiguió empleo en una cafetería. No era el trabajo ideal, pero le ofrecían un horario matutino, lo cual le permitía tener las tardes libres para estar con su pequeña hija.

La cafetería era pequeña pero acogedora, y el dueño, un hombre amable llamado Samuel, le dio la oportunidad que necesitaba. El primer mes fue difícil. David estaba acostumbrado a trabajar en un ambiente más formal, pero en la cafetería, todo era diferente. No solo el lugar, sino también la dinámica del trabajo. A veces se sentía fuera de lugar, pero lo importante era que podía cuidar a Alessia.

El nuevo empleo le permitió encontrar algo de paz. Había un pequeño departamento para él y su hija, con una habitación donde pudo armar la cuna para Alessia. La cocina era modesta, pero suficiente para preparar las comidas, y la pequeña sala se convirtió en su rincón especial para ver películas infantiles. Pasaban mucho tiempo juntos allí, y aunque la vida no era fácil, por fin tenía la sensación de que podía ofrecerle lo mejor a su hija.

Sin embargo, algo seguía atormentando su corazón : la ausencia de Sam. Aunque al principio tenía la esperanza de que ella recapacitara y regresará a su lado, pronto se dio cuenta de que esa posibilidad era cada vez más remota. Sam había tomado un camino diferente, y aunque David le daba vueltas a la idea de que tal vez se daría cuenta de lo que había perdido, la verdad era que ya no podía seguir esperando. Ella no volvía, y cada día que pasaba sin noticias de Sam solo lo hacía sentir más solo y frustrado.

En el trabajo, las cosas no iban mucho mejor. Aunque se había esforzado al máximo por adaptarse, no lograba encajar del todo con sus compañeros. Se mantenía aislado, sin hacer amigos ni entablar conversaciones profundas. A menudo, los demás se burlaban de él, llamándolo "ogro" por su actitud seria y su mal humor, pero a David no le importaba. Su mente estaba en su hija, y su único objetivo era garantizarle un futuro mejor, aunque su carácter se volviera más distante y su paciencia, cada vez más corta.

Una mañana, mientras estaba en la cafetería, se percató de la llegada de un nuevo cliente. Vladimir, el nuevo trabajador, le avisó.

- David, mira, llegó un nuevo cliente -dijo Vladimir, un joven simpático, pero aún con poco tiempo en el trabajo.

David levantó la vista, tomó la carta y se dirigió hacia el cliente. Sabía que su trabajo no consistía solo en servir café, sino en mostrar una actitud cordial, aunque a veces le costara. El cliente parecía ser habitual, un hombre serio, pero siempre educado. David hizo lo que pudo para ofrecer una sonrisa genuina.

- Buenos días, señor. Es un placer atenderlo -dijo, entregando la carta con cortesía.

En ese instante, escuchó un ruido proveniente de las vitrinas del fondo. Volteó rápidamente y vio que Carlos, uno de los compañeros que llevaba más tiempo en la cafetería, había derramado leche sobre el mostrador mientras lo limpiaba Vladimir. No fue un accidente común, parecía que Carlos lo había hecho intencionalmente. Las manos de David se apretaron en puños al ver lo que había ocurrido.

Carlos, al ver la mirada furiosa de David, sonrió de forma burlona, como si hubiera disfrutado del desliz. Esto solo aumentó la molestia de David, quien no pudo contenerse y levantó la voz.

- ¡Carlos, ¿qué estás haciendo?! ¡Mira lo que has hecho! -exclamó, mirando el desorden que acababa de crear.

Vladimir, al ver la tensión, trató de calmarlo.

- David, calma... no vale la pena -dijo, con la voz temblorosa, tratando de intervenir antes de que la situación escalara más.

Pero Carlos no pareció tener intenciones de detenerse. Con una sonrisa arrogante, se encogió de hombros y dijo:

- ¿Qué pasa, David? Si ni siquiera saben mantener este lugar en orden... y ni hablemos de atender a los clientes.

David estaba a punto de replicar cuando de pronto apareció Samuel, el dueño, que había escuchado los gritos desde su oficina. Su rostro reflejaba molestia.

- ¿Qué está pasando aquí? -preguntó, mirando a todos con dureza.

Carlos, rápidamente, se adelantó para dar su versión de los hechos.

- Señor, estos dos -dijo señalando a David y Vladimir- dejan todo tirado, no atienden a los clientes y son un desastre. ¿Qué espera de ellos?

David no podía creer lo que estaba escuchando. Había estado trabajando con esfuerzo, intentando adaptarse al lugar y dar lo mejor de sí, y ahora lo acusaban de no cumplir con su trabajo. Su paciencia comenzó a agotarse.

- ¡Eso no es cierto! ¡Nunca hemos dejado nada tirado! -gritó Vladimir, visiblemente molesto-. Carlos solo está inventando excusas porque siempre nos está fastidiando.

David también intervino, defendiendo lo que le quedaba de dignidad.

- Carlos ha estado buscando cualquier excusa para hacernos quedar mal -dijo, apretando los dientes, sin dejar de mirar al dueño-. ¡No pueden despedirnos por algo tan tonto!

Samuel los observó durante unos segundos, como evaluando la situación. Finalmente, cruzó los brazos y dijo con tono firme:

- Carlos lleva años trabajando aquí, y ustedes son nuevos. Desde que llegaron, no han hecho más que traer problemas. No puedo seguir tolerando esto. Están despedidos. Les voy a pagar lo que les corresponde, pero ya no los quiero en mi establecimiento.

David sintió como si el suelo se desmoronara bajo sus pies. La rabia, la frustración y la desesperanza lo invadieron por completo. Aunque sabía que la situación era difícil, no esperaba que terminara de esa forma tan abrupta.

Vladimir, al borde de las lágrimas, trató de defenderse una vez más.

- Esto no es justo, Samuel, ¡esto no es justo!

David, con el corazón acelerado y los pensamientos desbordados, solo pudo mirarlo en silencio. Sabía que ya no podía hacer nada para cambiar la decisión. Solo quedaba resignarse.

- Llévese sus cosas y váyanse -dijo el dueño con tono frío, dándoles su última instrucción.

David y Vladimir se miraron, sabiendo que, aunque no lo deseaban, tenían que aceptar que su tiempo en la cafetería había llegado a su fin. Sin decir nada más, recogieron sus pertenencias y salieron del lugar, enfrentando el siguiente paso de su vida, incierto, pero con la certeza de que tendrían que seguir luchando por lo que más querían: sus hijos ...

Continuara ...

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