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Portada de la novela Me Abandona Por Su Ex

Me Abandona Por Su Ex

A solo un mes del matrimonio, la vida de Sofía se desmorona cuando Ricardo cancela el compromiso para rescatar a su ex, Camila. Tras cinco años de entrega, ella descubre que solo fue un reemplazo temporal. Decidida a no rogar, se marcha con dignidad y, tras un peligroso incidente vial, conoce a Miguel. Este hombre amable le brinda un consuelo genuino, ayudándola a entender que su antigua relación era una farsa y que merece un futuro nuevo y real.
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Capítulo 2

A un mes de la boda, Ricardo me citó en nuestra cafetería favorita, la que tenía vista al parque donde me propuso matrimonio. El anillo de diamantes en mi dedo se sentía pesado, casi como un presagio.

Llegó tarde, como siempre, con su portafolio de cuero caro y su traje perfectamente planchado, olía a éxito y a una colonia que yo no le había regalado.

Se sentó frente a mí, sin siquiera pedir un café.

"Sofía, tenemos que hablar."

Su tono era serio, el que usaba en los tribunales antes de destruir a un testigo.

Asentí en silencio, mi garganta se sentía seca.

"He estado pensando mucho," comenzó, evitando mi mirada, "y creo que... creo que deberíamos cancelar la boda."

El mundo a mi alrededor se detuvo. El murmullo de la gente, el sonido de la máquina de expreso, todo se desvaneció. Solo podía oír el zumbido en mis oídos.

"¿Qué?" logré susurrar.

"Es por Camila," dijo, y el nombre golpeó el aire como una piedra. Camila. Su exnovia de la preparatoria, la eterna sombra en nuestra relación. "Está en un problema legal muy grande, Sofía. Un caso que podría arruinar su vida. Y yo soy el único que puede ayudarla."

Lo miré, tratando de encontrar una pizca de duda, de arrepentimiento, pero sus ojos solo reflejaban una determinación fría. Estaba sacrificando nuestro futuro por su pasado.

La información me golpeó con más fuerza que sus palabras, me sentí desnuda, expuesta. Me di cuenta de que para él, yo siempre sería el segundo lugar, la opción segura que podía abandonar cada vez que Camila chasqueara los dedos. El dolor fue agudo, pero debajo de él, algo más empezó a crecer: una extraña claridad.

Respiré hondo, reuniendo los pedazos de mi dignidad. Lo miré directamente a los ojos, mi propia calma lo sorprendió.

"Está bien, Ricardo."

Su mandíbula se tensó. "¿Está bien?"

"Sí," dije, mi voz sonaba más firme de lo que me sentía. "Si eso es lo que necesitas hacer, hazlo. Cancela la boda."

Ricardo me miró con desconfianza, casi con desprecio. Una pequeña sonrisa burlona se dibujó en sus labios.

"Vaya, Sofía. No esperaba que te lo tomaras tan fácil," dijo, su tono cargado de superioridad. "Supongo que, después de todo, no te importaba tanto."

Sus palabras eran crueles, diseñadas para herirme, para hacerme sentir pequeña. Pero ya no funcionaban. El dolor se estaba transformando en una rabia fría y silenciosa. Me levanté de la silla, el movimiento fue brusco.

"Paga la cuenta," le dije, y me di la vuelta para irme, sin mirar atrás.

Salí de la cafetería y el aire de la ciudad me golpeó la cara. Caminé sin rumbo, con las lágrimas nublando mi vista, el sonido de los coches era un ruido sordo y lejano. No estaba prestando atención, solo quería huir. Crucé la calle sin mirar.

Un rechinido de llantas me devolvió a la realidad. Un coche frenó en seco a centímetros de mí. Me quedé paralizada en medio del asfalto, temblando.

La puerta del coche se abrió y un hombre salió corriendo hacia mí.

"¡Oye! ¿Estás bien?"

Me agarró suavemente del brazo para guiarme a la acera. En el movimiento, tropecé y él me sostuvo para que no cayera. Su café caliente se derramó sobre su propia mano.

"¡Ay!" exclamó en voz baja, pero su preocupación seguía fija en mí. "¿Te lastimaste? ¿Necesitas que te lleve a un hospital?"

Negué con la cabeza, todavía en shock. Miré su mano, enrojecida por el líquido caliente.

"Tú... tu mano," tartamudeé.

Él la miró y sonrió ligeramente. "No es nada. Lo importante es que tú estés bien."

Me sentí abrumada por una ola de culpa. Este extraño se había lastimado por mi culpa, y me trataba con más amabilidad de la que mi prometido me había mostrado en años.

"Lo siento mucho," dije, mi voz quebrándose.

"No te preocupes," dijo con una voz cálida y tranquilizadora. Se presentó. "Soy Miguel."

Saqué un pañuelo de mi bolso y se lo ofrecí torpemente para su mano. Mientras caminaba para alejarme de él, sintiéndome avergonzada y perdida, esa voz mecánica volvió a sonar en mi cabeza.

El mensaje confirmó todo. No era una decisión difícil para él, era un alivio. Llegué a mi departamento, el que compartía con Ricardo, y me dejé caer en el sofá. Abrí Instagram por inercia, un hábito estúpido. Y ahí estaba.

Ricardo había publicado una foto. Una foto vieja, de la preparatoria. Él y Camila, sonriendo, abrazados. La descripción era una sola frase.

"Algunos lazos nunca se rompen."

Cerré los ojos. El anillo en mi dedo ahora se sentía como un trozo de hielo. Me lo quité lentamente y lo dejé sobre la mesa de centro. El diamante ya no brillaba para mí.

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