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Portada de la novela Lascivia

Lascivia

Stella anhela una vida mejor y, en su desesperación, entrega su ser a cualquier ente que atienda su ruego. Constantine, un rico demonio oculto en la sociedad, acepta el trato, creando un lazo que ella percibe como romance. No obstante, tras sus desapariciones se oculta una verdad sombría. Con la llegada de Cassiel, quien busca salvarla, el horror se desata; él sospecha que el demonio engaña a Stella y que este contrato esconde un plan premeditado.
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Capítulo 3

Una semana después

STELLA

Constantine venda mis ojos con una cinta negra,para que no logre ver nada.

—¿Por qué vendas mis ojos?

—Ya te lo dije, Stella. Es una sorpresa.

Frunzo el ceño.

Es incómodo tener una venda que no me deje ver nada, estando a prácticamente a su merced, porque estoy segura que viajó más de una hora para traerme a este lugar y aún no sé dónde estoy.

No puedo evitar sentirme desconfiada.

—No me gustan las sorpresas. —refuto.

Escucho a Constantine soltar un sonoro resoplido.

—Tendrás que acostumbrarte a ellas entonces.

Mi ceño se frunce aún más.

—¿Estás lista?—me pregunta y solo asiento—, dame tu mano. Te guiaré, camina con sumo cuidado Stella, no te apresures.

Ruedo los ojos cuando dice lo último. Estoy desesperada, angustiada y un poco ansiosa por saber qué es.

Ha pasado una semana y sinceramente ir conociendo a un demonio no ha sido nada fácil, no ha dejado de aparecerse así por así, y simplemente, creo que tendría que acostumbrarme.

Carajo.

Me he dado cuenta que Constantine es un demonio muy interesante, inteligente, perspicaz y muy molesto. Estar junto a él e ir conociendo como es, me causa cosquillas en todo mi cuerpo y estómago.

—Vienen unas pequeñas escaleras, baja con cuidado, eso...

Su agarre es firme,cuidadoso e inquieto. No sé porqué, pero me parece que Constantine está algo nervioso por mantener una de sus manos en mi cadera y la otra agarrando firmemente mi mano izquierda.

Constantine se detiene y yo le sigo.

—Llegamos.

—¿En dónde estamos, Constantine?—me escucho desesperada y fastidiada.

Constantine se ríe por ello y yo solamente ruedo mis ojos.

Definitivamente detrás de estas venda no logro ver absolutamente nada.

—Ya verás, preciosa—Escucharlo decirme «preciosa» hace que me sonroje sin poder evitarlo.

Constantine se mueve y se posa detrás de mi espalda, para desatar la venda, y solamente justo en este momento, es cuando me desespero más por saber donde carajos estoy.

Siento el nudo deshacerse pero Constantine aún no ha sacado la venda por completo de mi rostro y mantiene una fuerza justa para no hacerme daño.

—¿Estás lista?—me pregunta.

-¡Si, carajo, sí!

—Eres muy inquieta, Stella—me susurra en el oído antes de soltar la venda.

Lo que se muestra ante mis ojos es imposible de creer. Parecía un sueño, una alucinación, un delirio, pero no lo creía cierto. Por otra parte quería descuartizar a un demonio que seguramente en 0.1 segundos cortaría mi garganta. Justo enfrente de mí, había una gigantesca casa de tres pisos, de color azul cielo, blanco y beige, con ventanales en el segundo piso, donde se veía una bonita sala de estar quizá, una biblioteca...

—Joder—murmuro.

Estaba impactada.

Y molesta.

Constantine estaba a mi lado y me volteé enseguida, para observar esos ojos azules enigmáticos con mis ojos avellanas enfurecidos.

—No abandonaré mi casa. Mi hogar, por ésto, Constantine, es muy lindo de tu parte, pero...

Constantine sostiene mi rostro con sus grandes manos, acunando mis cachetes para que lo observe más de cerca. Mi pulso se acelera y me pongo roja como un tomate. Con esta cercanía a sus ojos... carajo, era imposible no ponerme nerviosa.

—Viven en una pocilga, discúlpame que te lo diga de esa manera tan cruda, pero te sale más caro renovar que comprar, así que lo hice por ti—espeta con su voz suave y gruesa. Hace que mi corazón se estruje pero la cruda verdad—, es un regalo preciosa, para ti y tu familia.

Inhalo fuertemente aire, para no soltar las lágrimas que quieren caer. Me siento... ¿Agradecida? ¿Feliz? ¿Indignada?

¿Indignada por qué, eres estúpida?

Maldito problema con la voz en mi cabeza.

Seguía respirando fuertemente para controlar mis emociones. Constantine sigue esperando una respuesta de mi parte, algo, pero yo realmente no sé qué decirle a un demonio que está siendo amable conmigo por lo que le daré devuelta.

—Es una casa muy grande para cuatro personas—musito, soltando una carcajada nerviosa y forzada.

—Es perfecta para ustedes—dice para convencerme—. Perfecta para Mary y Owen, diseñé sus cuartos, tiene una piscina, un gran patio para...

—¿Qué tú diseñaste qué?

—Sus cuartos, de lo que les gusta.

Entre abro mis labios de la conmoción.

—¿Por qué haces todo ésto?

Constantine encoge sus hombros y desvía la mirada.

—No lo sé, Stella—susurra.

—¿Puedo ver... la casa?

—Es tuya—toma mi mano y posa las llaves de la casa en mi palma.

Trago saliva.

—Constantine... joder—me doy por vencida, aceptando la llave que tengo entre mi mano.

Mi corazón palpita rápido, con entusiasmo y algo de rechazo.

—¿A cuántas horas está del pueblo, Constantine?

—A diez minutos, Stella—farfulla, caminando hacia la casa, y él espera que lo siga.

—¡¿Qué?! ¡Juré haber contado más de una hora! Carajo.

Escucho a Constantine reírse y le sigo la risilla.

Bueno, al parecer exageré, pero fue lo que sentí estando en ese auto al lado de Constantine, sin saber a dónde carajos iba.

—Seguro ibas dormida, Stella—musita y puede que tenga razón.

—Quizá. Me despertaste muy temprano. Quizá son las diez o nueve de la mañana todavía, a lo mejor mi madre se pregunta a donde me metí sin haber avisado—lo último lo digo con algo de molestia. Me espera una riña en casa.

—Ay Stella, tranquilizate, y observa tu nuevo hogar—me sonríe. Constantine me sonríe y se me es imposible no derretirme ante esa sonrisa tan dulce que me da.

—¿Yo sola? ¿Por qué no pasas conmigo?—invito, ladeando una sonrisa tímida.

—¿Quieres que pase contigo?

—¿Por qué no?

—Porque desde que ví esta casa y la habitación principal me imaginé cosas indebidas, para serte sincero, Stella, mejor me quedo afuera—su confesión repentina ha hecho que mis mejillas y todo mi rostro exploten de la vergüenza.

Esta vez mi corazón parece querer salirse de mi tórax.

Maldita sea.

Esa fue una insinuación, una confesión, que ha decir verdad, me causó vergüenza e intriga. Quizá, me dejó con ganas de averiguar qué pensamientos impuros pasaron por su cabeza, y quizá... Carajo. Constantine me encendía a toda costa, debía aceptarlo, él es ardiente, guapo, y con unos malditos ojazos de infarto que o dejaban de intimidarme e intentar engatusarme.

Constantine era un jodido peligro.

Muerdo mi mejilla interna.

Quería decirle algo indebido, morboso. Pero no sabía qué.

No quería arruinar un momento en el que sentía que había una fuerte tensión sexual en el aire.

—¿Por qué no me explicas en la habitación qué cosas indebidas eran esas?

***

—Gracias, por traerme devuelta—digo, dejando un beso sobre su barba.

—Tenía qué. No podía dejarte sola allá—Constantine rueda sus ojos—, dentro de dos días el camión de mudanza vendrá, empaca lo más importante, Stella, nos veremos pronto.

Se da la vuelta pero lo detengo, sujetándolo del brazo.

—¿No quieres pasar y comer algo?—ofrezco, tímida.

Aunque no debería sentir timidez después de lo que sucedió.

—No tengo apetito ahora, Stella, pero gracias—se zafa de mi agarre y frunzo el ceño—. Nos vemos, llámame cualquier cosa, ¿sí? Saludame a tu madre y a los niños.

Y así, se termina por dar la vuelta, subirse a su auto e irse.

No sé, pero Constantine de un momento a otro se puso raro. ¿Habría pasado algo? ¿Habría hecho algo mal o algo que lo pusiera incómodo? Bueno, no creo. Constantine era sincero y directo. No creo que haya sido por mí.

Sin más, me doy vuelta y entro a mi hogar desde los cinco años. El hogar que dejaría dentro de dos días. Un cambio no vendría nada mal, dejar las malas vibras de acá, la envidia, los malos momentos que pasamos aquí... sería muy bueno mudarnos y comenzar de nuevo realmente.

Dos pequeños traviesos llegan a mí abrazándome fuerte, y preguntándome qué tal me ha ido con Constantine. Estos dos chiquillos son muy inteligentes, traviesos y chismosos.

—Me ha dado una sorpresa a mi y para ustedes,¿dónde está mamá?—pregunto.

—¡Está horneando pastel de pollo!—chilla Mary feliz y corre hacia su habitación.

Owen quizá debe estar jugando con el Nintendo Switch que le regaló Constantine en su cuarto. Desde que lo tiene, sale de su cuarto a comer, bañarse, comer de nuevo y casi que a ver cómo está su hermana gemela, el Nintendo para él se ha vuelto un vicio o quizá su amor en videojuego. En fin, me alegro de que esté feliz.

—¡Mami, ya llegué! Uhmmm, huele delicioso—exclamo entrando a la cocina. La veo tararear una canción y picar verduras.

—¿En dónde estabas, Stella?

Su manera de ser a veces me asusta, por ejemplo, preguntar e ir al grano de golpe.

—Estaba con Constantine, mamá—dije, sentándome en un taburete frente a la mesa. Ella se da la vuelta y arquea una ceja de manera pícara. No puedo evitar ponerme roja—. Él...

Carraspeo al ver a Mary escuchando.

—Mary, ¿podrías subir a tu habitación? Tu hermana y yo hablaremos de algo privado—pide mi madre y Mary asiente con educación y se retira de la cocina.

Es demasiado callada. No había escuchado siquiera cuando bajó de su habitación, ni sus pasos dirigirse aquí.

En fin.

Estaba por decirle a mi mamá de la nueva casa.

—¿Él qué, cariño?

Mi madre se da la vuelta y sigue picando verduras.

Saco las llaves de la casa de mi abrigo y las golpeo, para que suenen, así, las dejo en la mesa, obteniendo la atención de mi madre. Inmediatamente su vista vuela a esas llaves.

—¿Qué es eso, Stella?

Y se acerca, para tomarlas y examinarlas con sus ojos.

—Una casa, mamá—suelto de golpe, así como ella hace.

De la impresión, deja las llaves caer en la mesa y su rostro es un total poema.

—¿Cómo que una casa? ¡No podemos aceptar una casa, Stella!

Frunzo el ceño.

—No puedo, querrás decir—corrijo—. Y sí puedo. Es... es un regalo mamá, nos iremos de aquí el miércoles por el mediodía.

—No pienso abandonar nuestro hogar, Stella—se niega y muerdo mis labios.

—¡Vivimos entre cucarachas e insectos, madre! La casa lleva años sucia, sin mantenimiento, las tuberías están malas, ¡todo está mal aquí!—vocifero alto, para que entre en razón—. La casa necesita una remodelación, pero por estos momentos no puedo pagarlo y Constantine la compró para nosotros—termino por decir.

Sus ojos están hechos agua.

Me da la espalda, para observar el pastel de pollo en el horno y lo saca, mi tripa ruge en hambre.

—Tienes razón, yo... lo siento.

—No tienes porqué disculparte mamá.

—Ese hombre está siendo amable contigo, y un amor con nosotros, pero es mucho y... se me es imposible aceptarlo también—murmura y arrugo mi cara un poco.

Está siendo amable por lo que tendremos. No porque le nazca.

O eso es lo que yo pienso.

—Sí, te entiendo, mamá-me acerco a ella y empiezo a ayudarla con la comida—. Hay que empacar lo más importante,¿si? Y mañana saldremos de compras, tú y yo, como en los viejos tiempos.

La hago sonreír y me contagia su hermosa sonrisa llena en felicidad. No dudo en darle un abrazo cargado en paz y felicidad.

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