Portada de la novela Lascivia

Lascivia

9.8 / 10.0
Stella anhela una vida mejor y, en su desesperación, entrega su ser a cualquier ente que atienda su ruego. Constantine, un rico demonio oculto en la sociedad, acepta el trato, creando un lazo que ella percibe como romance. No obstante, tras sus desapariciones se oculta una verdad sombría. Con la llegada de Cassiel, quien busca salvarla, el horror se desata; él sospecha que el demonio engaña a Stella y que este contrato esconde un plan premeditado.

Lascivia Capítulo 1

STELLA

Ya había amanecido. Sentía el sol pegando fuertemente contra mi rostro, fastidiando mi sueño.

Aunque toda la noche no dormí tan bien. Desde la muerte de mi padre, es imposible que duerma bien. La cama perdió su comodidad, ahora son puros resortes que se clavan en mi espalda, mis costillas, haciendo que no duerma perfectamente.

Pero he aprendido a lidiar con ello.

Antes de abrir mis ojos, me estiro. Los huesos de mi cuerpo responden y bostezo. Aún tengo sueño. Restriego mis ojos con el dorso de mi mano, y los abro, llevándome un gran susto.

—¡Joder!—grito. Mi corazón empieza a latir como loco. Yo cierro mis ojos nuevamente, los restriego de nuevo, y vuelvo a abrirlos—. No, no, no. Mira, no tenemos dinero, aquí no encontrarás nada, yo...

El hombre, que está sentado en una pequeña silla incómoda, se ríe.

Me siento pálida, débil, asustada.

¿Qué está sucediendo? ¿Es un sueño? Si no lo es,¿cómo entró a mi casa?

—Tienes una boca muy sucia como para creer en Dios—farfulla y al escuchar su voz, un escalofrío me recorre.

Se escuchó real. Su voz rasposa,dura y gruesa sonó en toda la estancia de mi habitación.

—¿Có–cómo dices?

Aquél hombre se levanta. Me asusta aún más y me siento de golpe en la cama retrocediendo hasta que pego mi espalda del copete de la cama.

Esto no puede estar sucediendo. ¿Me violará?

—¿Dónde está mi familia? ¿Qué has hecho con ella? ¿Qué quieres? Dios, ésto no puede estar pasando, no...

Escucho reír al hombre mientras yo junto mis manos y empiezo a rezar internamente, pidiendo ayuda, pidiendo que mi familia esté...

—No hagas eso. No conmigo aquí—abro mis ojos. Tiene sus brazos cruzados y me observa expectante, molesto.

—¿Qué...?

—Rezar—lo ví tragar saliva y alzar una ceja.

No estoy entendiendo nada.

¿Por qué sigue ahí?

¿Qué quiere?

—Stella, ¿recuerdas qué pediste anoche? ¿Y a quién?

Frunzo el ceño.

Tomando un poco de valor, salgo de mi cama y tomo más distancia. El hombre se mueve hacia la izquierda, que es dónde está la puerta de mi habitación. Trago grueso cuando se ha percatado de mis intenciones.

—Ni siquiera lo intentes, Stella.

—¿Quién eres? ¡¿Qué haces aquí?! ¡Responde! ¿Dónde están mi madre y mis hermanos?—le grito, con las lágrimas en mis ojos.

Su rostro se vuelve rojo.

—Te acabo de hacer una pregunta, Stella.

—Has irrumpido mi casa, mi habitación, mi privacidad, nuestra privacidad,¡¿y eres incapaz de decirme quién carajos eres y qué haces aquí?!

El hombre sonríe de lado, de una manera malvada, frívola que me da miedo.

—Tienes agallas, y eso me gusta—es lo único que dice y hace que esté perdiendo el miedo, la paciencia y el temor—. Me llamo Constantine.

Frunzo el ceño.

—¿Constantine?

—Sí.

Mi boca se seca.

—¿Y qué haces aquí, Constantine? ¿Cómo es que... sabes mi nombre?—sigo preguntando.

El hombre llamado Constantine, se ríe.

—Te pregunté algo hace rato,Stella, no respondiste—vuelve a decir y trago saliva.

Mi corazón va latiendo cada vez más rápido.

Me fijo en su rostro. Observo cada detalle. Sus ojos azules, su nariz perfecta, sus cejas gruesas, su cabello lacio y bien peinado, su barba, lo limpio que está y que bien huele... incluso, el traje de marca que traía.

¿De dónde había salido?

—Stella—me llama de nuevo y fijo mi atención directamente a sus ojos, que parecen chispear estrés—. Responde.

—Yo... ¿q–qué habías dicho?

—¿Recuerdas algo de anoche? ¿Lo que pediste?

Hago memoria.

Antes de dormir no le recé a Dios.

Antes de dormir, no imploré un milagro a Dios, no le pedí ayuda a Él.

—No... imposible—camino más hacia atrás, pegando de la pared.

—¡Stella!—escucho a mi hermano menor Owen llamarme y algo dentro de mí se alivia. Están bien, ellos están bien—, ¡Stella, el desayuno!

Constantine me observa, esperando a que diga algo.

—Ya...¡ya voy, Owen, dame un momento!—grito de vuelta. Me quedo en silencio, con mi respiración agitada y mi corazón vuelto un loco, con el miedo volviendo a apoderarse de mí.

—No te haré daño, Stella—promete y frunzo el ceño.

—¿Cómo estaré yo tan segura de eso? Eres... eres un demonio, Dios, no puede... no puede estar pasando—murmuro nerviosa.

Constantine rueda sus ojos.

—Deja de nombrarlo, Stella, por favor—pide y luego de tragar saliva, asiento.

—¿Qué quieres, Constantine?

Vuelve a sonreír de esa manera que me causa temor.

—Te quiero a ti.

—¿A mí?

—Anoche ofreciste dos cosas, y te escuché. Te quiero a ti. Te daré el dinero, la comodidad, la estabilidad, la felicidad, si me das lo que quiero—explica serio. Como un hombre de negocios.

—No sé qué decir, yo...

—Volveré en la noche, Stella—me interrumpe—. Si aceptas, no te obligaré a hacerlo conmigo al instante. Te daré tu tiempo, me conocerás. No voy a hacerte daño.

—Eres... eres un demonio.

—No te haré daño—reitera.

Niego con la cabeza.

—¿De dónde sacarás el dinero?—le pregunto.

Esta vez, si sonríe de una manera normal.

—Tengo una vida fuera del Averno, Stella. Tengo trabajo, dinero, comodidad. Tengo cualidades, no vivo encerrado ahí abajo, tengo privilegios—y con eso, desaparece.

Caigo de rodillas al suelo, de la impresión.

Estoy en un estado de conmoción.

Me siento... ¿en un sueño?

Pero parecía real. Su voz la sentía real, el pavor que transmitía, su verdad... la tengo calada en mis huesos. Ellos existen, sí. Lo creía, sí.

Pero saberlo, ver lo real que es, trauma. Es impactante.

No...

No tengo otras palabras para describir qué siento justo ahora. ¿He encontrado una solución a mi familia? Quizá.

Pero, estaría vendiéndome...

Todo por una buena razón, ¿no?

Estaba cansada de escuchar a mi mamá quejarse y llorar por las noches.

Estaba cansada de no ver felices a mis hermanos.

Estaba cansada de la lástima.

¿Mi milagro?

Constantine.

***

Al terminar de asearme, bajé a la cocina apresurada. Tenía mi estómago pidiendo a gritos aunque sea un bocado de comida. Al llegar, observé a mi madre en la sala viendo las noticias y tejiendo.

—Buenos días mamá—la saludé con un beso en su cabello.

—Buenos días cariño—devuelve—, ¿con quién estabas hablando?

Pregunta cuando me doy la vuelta y paro en seco.

Joder, ¿nos escuchó?

—Con nadie mamá, estaba practicando mi papel en la obra—miento, pero no del todo. Sí tengo que practicar para una obra.

—¿Tan temprano? Juré escuchar una voz de hombre, Stella—suena convencida. Pero no digo más y voy a la cocina.

Me consigo con Owen y Mary jugando al Ludo.

—Buenos días mis pequeñines—les doy un beso a cada uno—, ¿qué tal durmieron?

Mary hizo una mueca.

—Ni tan bien, ni tan mal—contesta Mary.

—Yo como un bebé—musita Owen y luego suelta un quejido de derrota cuando Mary le gana—, eh, Stell, te ha llegado un correo, está junto a la puerta.

Frunzo el ceño, extrañada.

—¿Un correo?

—Sip—hace énfasis en la p.

Encojo un hombro y me doy vuelta. Abro el microondas y me encuentro con la mitad de un sándwich tibio. Bueno, es lo que hay el día de hoy.

Quizá ya nuestros desayunos, almuerzos y cenas no sean así.

Quizá...

Porque aún no estoy segura.

Tomo el sándwich y me lo como poco a poco. Es de pavo, y está delicioso. Mary y Owen aún siguen jugando y yo salgo de la cocina, para ir a la puerta y buscar el correo.

Es raro que me llegue un correo, podría ser de la Universidad, pero es muy pronto para que me entreguen las notas. Trago el último pedazo de sándwich y cojo el sobre que está en el piso, de un lado.

Para: Stella Moritz

De: C.

—¿C? ¿Quién carajos es C?

—¡Stella, esa boca!— me reprende mi madre.

—¡Lo siento!

Mi siguiente rumbo es subir a mi habitación corriendo. Me echo a la silla incómoda en la que estaba aquel demonio y siento un escalofrío recorrerme.

—Bien, veamos.

Cogí una tijera y corté el sobre. Lo que había dentro, me dejó sin habla.

Había dinero. Parecía mucho.

Estaba...

Era imposible creerlo.

—C de Constantine—dije para mí misma.

Saqué el dinero del sobre, y los empecé a contar. Eran billetes grandes, de cien. Y en total, habían mil dólares.

—¿Qué es ésto? ¿Qué significa?—seguí hablando sola.

Dejé el dinero sobre la mesita que tenía en frente.

—No perdería nada con aceptar, tendría un buen futuro por delante, mi madre estaría bien con su ansiedad, mis hermanos también tendrían un buen futuro...

—Y estarías llena de felicidad, ¿no?

—¡Ah, joder!—pego el grito al cielo al volverlo a ver y escuchar—, ¿podrías no aparecerte así de la nada? Por favor—le pedí aún asustada.

—¡¿Stella estás bien?!—escucho que grita mi madre y observo enojada a Constantine ahora.

—¡Sí mamá, es sólo una cucaracha!

No escucho nada de su parte ahora.

—¿Qué quieres? Dijiste que pasarías en la noche—espeté cruzándome de brazos.

Constantine encogió sus hombros.

—Te estaba observando y escuchando. Sólo dije lo que es cierto.

Trago saliva. ¿Me observaba y escuchaba?

—¿Para qué apareciste? ¿Por qué ese dinero?

—Es un regalo, Stella. Deberías salir ahora a comprar de comer, ¿no quieres?

Vuelvo a tragar saliva. Mi corazón de va hundiendo un poco porque ha dado en lo que más quiero.

—Constantine...

—Compra comida, jabón de baño, lo que quieras, es un regalo, aún si no aceptes, es un regalo—me dice y lo veo rascar su barbilla. Sus ojos azules son atrayentes y muy brillantes, aunque, si te quedas observando un rato, te empiezan a causar miedo.

—Yo acepto. Pero bajo mis condiciones—suelto segura.

Constantine cruzó sus brazos y ladeó una sonrisa que al parecer fue conforme.

—Bajo tus propias condiciones serán, Stella—acepta y puedo soltar el aire que estaba reteniendo—. Ahora... te daré ésto.

Se acerca a mí y saca una billetera de su bolsillo trasero.

—Puedes hacer lo que quieras y gastar lo que quieras—me tiende tres tarjetas de créditos que al mi parecer, son ilimitadas—, lo son, Stella.

Abro la boca, sorprendida.

—Es mucho Constantine, no voy a aceptar tanto, tampoco es que yo sea mucho—rio nerviosa y desvío la mirada.

—Eres mucho, Stella—espeta y devuelvo mi vista a él. No entiendo por qué, pero mis mejillas se sonrojan. Constantine parece consternado y carraspea—, son tuyas ahora.

Me toma el brazo y luego la mano, dejando las tarjetas ahí.

—Yo solo quiero algo mensual, no...

—No lo rechaces Stella, no lo hagas, te lo estoy dando y ya está, ¿sí? No te preocupes—sigue diciendo pero me niego.

—¡Es mucho dinero!—susurro en un grito que ahogué.

Constantine rueda sus ojos.

—¿Y qué? Tengo más, en serio, Stella, déjalo así, me iré.

—¡Constan...!

Y desaparece, dejando un humo negro en el lugar que estaba. Unos segundos después, Owen abre la puerta de mi habitación en un tirón.

—¿Con quién hablabas, hermanita?

Frunzo el ceño e intento disimular con una sonrisa confusa.

—Con nadie, tontín—digo, pero él no parece creerme—, estaba ensayando. Oye Owen, ¿quieres acompañarme al centro comercial?

Sus ojos se iluminan.

—¿Me comprarás algo delicioso?

—¡Te compraré algo súper delicioso!—exclamo feliz y me acerco a mi hermano para darle un abrazo seguido de un beso—, algo muy delicioso.

Se fue corriendo a su cuarto a cambiarse y yo hice lo mismo. Aunque, nada más conseguí un sweater gris y un short negro limpio.

Tomé el efectivo y lo guardé en mi bolsillo trasero.

—¡Stell, ya estoy listo!—grita desde la planta baja.

Antes de salir de mi habitación, suelto un sonoro suspiro.

—Muchas gracias, Constantine—hablé lo suficientemente alto, quizá, para que me escuche.

Si es que lo hacía.

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Tabla de contenidos de Lascivia

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