Portada de la novela Acero y carne, 9002-9027

Acero y carne, 9002-9027

9.1 / 10.0
En Acero y carne, 9002-9027, la humanidad sacrificó su alma por la inmortalidad. El hallazgo de Marcos desafía este orden perfecto en una sci fi novel cargada de acción. Descubre esta aventura y cuestiona el progreso en una de las mejores sci fi novels disponibles para leer online.
Resumen de Acero y carne, 9002-9027
La búsqueda humana por la inmortalidad y la salud divina culminó en un éxito que borró la libertad y el amor. En este futuro gélido, el hallazgo de Marcos entre los escombros de la Tierra amenaza con desestabilizar el orden establecido. Al representar la esencia perdida, su presencia obliga a la sociedad a cuestionar si el progreso tecnológico justifica haber sacrificado el alma y la pasión a cambio de una perfección carente de toda humanidad.
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Acero y carne, 9002-9027 Capítulo 1

En la Tierra, los territorios sumidos en la oscuridad nocturna se iluminaron súbitamente mientras aquel fatídico evento tenía lu¬gar. Sin embargo, aquella luz que les envolvió no provenía de los astros que decoraban el cielo, con la Luna a la cabeza, sino que irradiaba del propio mundo, proveniente desde pequeños objetos dispuestos en toda la superficie del planeta. Se trataba de miles de naves cuyos cohetes expulsaron sus llamaradas, prestas a vencer la gravedad que las mantenía a ellas y a sus ocupantes sujetos al moribundo mundo del pasado humano. Aquello ocurría en una atmósfera de ensueño, como entre las tinieblas del subconsciente del hombre, que no que¬ría creer que esa hora crítica y cataclís¬mica de la historia estuviera ocurriendo.

Todas esas naves partieron a la vez y sin previo aviso, para sorpresa de quienes quedaron en tierra, abandonados a su suerte de acuerdo a los planes de las sabias mentes pasadas y presentes del mundo. En donde la luz solar brillaba era fácilmente discer¬nible lo que ocurría: vieron los abandonados elevarse sobre sus cabezas innúmeras columnas de vapor que seguían a las pequeñas cápsulas que se acercaban con arrebatado ímpetu a las nubes para luego atravesarlas y desaparecer al cruzar la delgada tela de luz que cubre de azul el cielo y que impide ver más allá de aquella cúpula máxima. Pero donde era de noche, la cúpula estelar era toda confusión, solo visibles cientos de intensas luces que, como bolas de fuego, flotaban en medio de la oscuridad y se elevaban sobre la tierra, creando una suerte de cuasidía a medida que la luz, producto de las llamaradas, se extendía sobre llanos, montañas y mares.

Junto al ascenso impetuoso de las naves, un estruendo ensordecedor avisó a las masas abandonadas que ocurría algo que no podían controlar. Despertaron alarmados quienes en la parte nocturna del mundo pernoctaban para descansar un poco de su mísera vida, y se unieron a quienes abandonaron sus labores de gente miserable en la parte iluminada por el sol. Todos se vieron juntos en la misma situación: habían sido abandonados a su suerte, ignotos y marginados… como siempre.

En las alturas de los tugurios verticales en los que se habían convertido los antiguos rascacielos de Nueva York, en otro tiempo capital de facto del mundo, vivía ahora una humanidad pordio¬sera que había invadido aquellas estructuras en busca de alguna protección contra el agresivo mundo natural. Esos tristes seres vieron aquellas fatídicas nubes luminiscentes que crecían hacia el cielo; se les hacían borrosas, pues las lágrimas les nublaban la vista. Mientras tanto, las horas del mediodía estaban a punto de llegar a París, bañadas las raídas avenidas de la otrora ciudad más romántica del mundo por una abrasadora radiación veraniega, a la vez que la mitad superviviente de la Torre Eiffel, oxidada y vieja, despedía lánguidamente a los que se iban; quedó pronto la ciudad envuelta por las columnas vaporosas que crecían hacia el cielo. Moscú, ya en las primeras horas vespertinas, veía cómo se abrían las nubes de la tempestad ante el paso soberbio de las na¬ves, que producían grandes boquetes en el gigante techo gris que encapotaba el cielo. En la apenas habitada Hong Kong, el rojizo crepúsculo de la tarde vestía aquellas columnas de vapor de un bello color rosa.

Desde el interior de las naves, quienes abandonaban la Tierra se preguntaron qué sería de ese mundo y de los que allí queda¬ban. Muchos de estos viajeros, algunas de las mentes más bri¬llantes de la civilización de esos días, hubieran querido permane¬cer allí solo para observar los cambios finales que se estaban dando en ese mismo instante en el planeta que, hasta ese día, había sido el hogar de la humanidad. Sin embargo, no podían dejar de sentirse afortunados a la vez, porque por lo menos no sufrirían los embates de aquella muerte tan terrible que padece¬rían de seguro los que quedaron atrás. Miraban por las pocas ventanas de las que disponían aquellos pequeños vehículos espa¬ciales, si el movimiento excesivo se los permitía, para dar un último vistazo al mundo que habían conocido, que ellos y sus ancestros habían lastimado tanto y que ahora se vengaba tan cruelmente, echándolos para siempre. Pero más desdichados que ellos fueron los que se quedaron abajo, sujetos firmemente por la Tierra, esos que observaron las naves mientras abandonaban un mundo cuya promesa última había sido la muerte para todos esos infelices que no lograsen emprender tan anhelada huida; a ellos les tocaría recibir tan ignominiosa ofrenda.

Las miradas perdidas y asombradas de los niños brillaban con un leve destello de alegría mientras veían elevarse hacia el cielo las naves, pues las confundieron con un espectáculo pi¬rotécnico que fascinaba a sus inocentes ojos; pero, extrañamente, también existía en sus miradas un dejo de preocupación, pues se daban cuenta, no obstante su inocencia, de que sus ojos alegres contrastaban con los de sus furibundos padres, quienes, una vez más y esta vez de forma definitiva, comprendían que ellos, los marginales de la Tierra, serían de nuevo pasto de muerte y en última instancia sufrirían junto a sus hijos las consecuencias de los finales y definitivos espasmos telúricos a medida que el pla¬neta moría. Por eso, al saberse otra vez burlados, algunos grita¬ban iracundos a las naves, mientas otros tantos lloraban desconsolados.

—¡Queremos ir! ¡Queremos ir! ¡No nos dejen morir aquí!

Gritó desesperada una mujer hacia el mar en Río, con la desolada ciudad en ruinas a sus espaldas, mientras cerca del marítimo horizonte nocturno las luces huían. Sus hijos estaban aferrados a sus faldas y, aunque la brillante belleza de las luces en el horizonte les encantaba, no podían dejar de llorar junto a su madre, ya que la desesperación que percibieron en ella les hacía presentir que tiempos duros se aproximaban.

—¿Y qué será de nosotros? ¿Y qué de nuestra memoria? ¡Yo también soy memoria para la humanidad! ¿Mi memoria no cuenta? —sollozaba un muchacho en India, de unos quince años, viendo a Bombay rodeada de las columnas de vapor. Se sentía abandonado y traicionado, como todos junto a él.

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Tabla de contenidos de Acero y carne, 9002-9027

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