Portada de la novela La Última Transmisión

La Última Transmisión

8.0 / 10.0
Lo que solía considerarse mera conspiración sobre avistamientos celestes ha pasado a ser una verdad ineludible. Ante el caos global, el presidente alista un comunicado que marcará un antes y un después. Mike Hamilton, un experimentado piloto que dudaba de estos mitos, sufre un giro drástico cuando su base entra en alerta máxima. Con un equipo fragmentado, Mike deberá encarar un peligro sin precedentes. El destino humano pende de esta última emisión.

La Última Transmisión Capítulo 1

-¿Escuchaste lo que dijeron en las noticias esta mañana? ¡Esto realmente será una locura! ¡Confirmaron su existencia! Y, para colmo, ¿Ahora tendremos que aprender a vivir con ellos? Pero, ¿Cómo se supone que lo haremos?

Dos pilotos de la fuerza aérea de EE. UU. hablaban entre sí, sus ojos reflejaban angustia y suspenso por saber qué podría venir para la humanidad después de tan caótico día.

-Además, dicen que el presidente hablara esta noche en una transmisión en vivo que será transmitida por todos los canales regionales. No lo sé Frank, pero tengo miedo de esto. Por primera vez tengo miedo acerca de algo, y no soy un hombre que cualquier cosa le pueda asustar.

Pasando por el lado de aquellos pilotos primerizos, Mike Hamilton volteó los ojos, y se concentró en continuar su caminata hacia su camarote, estaba demasiado cansado como para tener que soportar las estupideces de sus demás compañeros que solían creer mucho acerca de las cosas que publica la gente en redes sociales.

Aunque el tema del que hablaban había sido hablado en el noticiero, Mike seguía sin creer en ello.

Toda su vida había sido un escéptico, ¿Cómo iba a ser capaz de traicionar su palabra y su razonamiento con puros cuentos de fantasía que la gente inventa para llamar la atención?

Aquel había sido un mal día de trabajo.

La mala suerte estuvo de su lado.

No consiguió derribar el avión negro enemigo del que tenía asignado como misión aquel día, solo por haber sido identificado como presunto invasor de un país vecino con el que EE.UU. estaban en desigualdades y discusiones.

El avión negro enemigo fue más astuto y veloz, y si no hubiera sido por el buen entrenamiento que recibió Mike en la escuela de aviación para ser piloto de la fuerza aérea, seguramente, estaría muerto.

Con suerte, Mike logró escapar de un espantoso final como la muerte en su jornada laboral.

Aunque amaba pilotear, Mike sabía que en sus planes, no estaba morir en los cielos, y tampoco estaba preparado para morir ahora.

Tenía 50 años, y una hermosa hija de 20 años que está a punto de graduarse de la universidad de Boston como ingeniera mecatrónica.

Su esposa había sido modelo de la famosa marca de Calvin Klein, y ya estaba retirada, esperando con ansias el retiro de su esposo para disfrutar de una vida a su lado antes de que llegue su final.

Lo que Mike no sabía era que el final pronto llegaría.

Pero no sería su final, sería el final de la humanidad, y hasta ahora, nadie lo sabía, solamente conocían las conspiraciones de los medios de comunicación.

Pero esta noche, con el anuncio del presidente, todo cambiaría para siempre.

Mike se acostó en su cama cuando se quitó sus zapatos. No le importó acostarse con el uniforme militar todavía puesto porque él no iba a quedarse dormido, no todavía, apenas eran las 4:34 de la tarde, aún faltaba cenar, ver las noticias, hacer una videollamada con su familia, y luego, darse un baño de burbujas para dormir plácidamente como bebé que no llora en toda la noche.

Pasaron las horas, Mike se quedó dormido con el pequeño televisor de 24 pulgadas que tenía en su habitación, justo frente a su cama, su camarote no era muy grande, ni muy pequeño, pero era el espacio que necesitaba para descansar cómodamente, sin necesidad de sentirse como en casa porque estaba en el trabajo.

El noticiero apenas comenzaba, pero tenía tan poco volumen que eso no despertó a Mike de inmediato. Sin embargo, lo que sí logró despertarlo rápidamente fue la alarma de emergencia contra catástrofes activada.

Desde hace más de diez años que trabajaba Mike para esta entidad gubernamental, desde que tiene memoria, la alarma jamás había sido encendida, de hecho, su jefe, el Jefe del Estado Mayor de la Fuerza Aérea, el señor Reynolds, en cada reunión, les recuerda las reglas que deben cumplir al pie de la lera para mantener su trabajo dentro de la base, y claramente, una de ellas, era no activar esa alarma por nada del mundo, ni siquiera a modo de chiste, o el culpable, sufriría sus consecuencias.

-¡Qué mierda!-se quejó Mike al despertar abruptamente.

El sonido de la alarma era tan fuerte que los oídos de Mike zumbaban de dolor.

Mike tuvo que salir rápidamente de su camarote luego de guardar su celular en el bolsillo porque lo había dejado a un lado de la cama al dormirse, y, literalmente, no podía salir sin él. No es porque no quisiera despegarse del aparato, simplemente, el celular era su herramienta de trabajo, y cualquier novedad, él tenía que estar muy pendiente por si había alguien a quien llamar con urgencia, o por si alguien más lo necesitaba.

En el dado momento en que llegara a suceder una emergencia sin depender del tipo que fuera, todo el personal debía salir del lugar donde estuviera para encontrarse en el Rally Point, que es el sitio principal de la base donde se refugiarían para mantenerse a salvo de cualquier catástrofe.

Una vez todos estuvieron allí reunidos, el señor Reynolds, hablando con una voz fuerte y clara, rugió:

-Señores, todo fue una falsa alarma. Al parecer... Este idiota que tenemos aquí presente-señaló a un hombre de 30 años, era un experto en la computación y programación, lucía como uno: vestía una simple camiseta manga corta blanca, un pantalón de dril negro, y unos tenis blancos. Sus gafas cuadradas y grandes decían todo de él, además de su pésimo estilo de cabello peinado hacia atrás con gel.

-¡Ya vas a ver, maldito freak!-gritó Mike con ira, acercándose hacia él con decisión de querer matarlo a golpes por haberlo despertado de su profundo descanso por una estúpida broma de mal gusto.

Los demás pilotos y funcionarios de la entidad estuvieron de acuerdo, asintieron con la cabeza y se quedaron en sus lugares sin impedir que Mike hiciera algo porque, ellos estaban de acuerdo en una cosa: nadie soportaba a ese freak llamado Marvin Hawking.

Incluso, el señor Reynolds no impidió la pelea, al contrario, permitió que Mike se hiciera cargo del castigo del sujeto antes de verse en la obligación de pensar en un posible y buen castigo por su necedad.

-¡No, Mike, por favor, no lo hagas!-gritó el freak, pero fue demasiado tarde.

Mike le quitó la computadora que no soltaba de sus manos como si fuera un peluche del que no quería separarse, y luego, con mucha ira, lo lanzó al suelo, quebrándolo al instante en dos partes, y por si no hubiera sido suficiente, Mike pateó aquella computadora rota lo más fuerte que pudo para volverla casi que cenizas frente a los ojos del freak, de sus compañeros, y de su jefe.

El freak se quedó mirándolo, sus ojos estaban bien abiertos, como órganos que se iban a salir de sus cuencas. Estaba destrozado, que le hayan arruinado su computadora de trabajo, le había roto el corazón en mil pedazos porque aquel aparato era su más grande felicidad, y su única vida social.

-¡Juro que me las vas a pagar!-gritó con furia el muchacho, mirando a Mike con deseos de irse encima de él y matarlo a golpes.

Pero los presentes sabían que si eso sucedía, sería una perdida de tiempo, pues Mike mataría al freak de un solo golpe antes de que el freak pueda tan solo intentar querer defenderse.

A Mike ese juramento no le importó.

Simplemente, se quedó mirando al freak fijamente, el freak ha sido humillado por él, en más de una ocasión, Mike se lo advirtió, le advirtió que si seguía metiéndose con él, seguramente, iba a terminar matándolo a buenos golpes.

Y el señor Reynolds no iba a hacer nada para impedirlo.

Luego de que la discusión terminó en una pelea agresiva de la que el señor Reynolds, al final, sí tuvo que intervenir porque las cosas estaban poniéndose demasiado calientes para los demás.

Media hora más tarde, los demás pilotos y funcionarios del lugar se habían marchado a cenar a la cafetería comunal. Todos a excepción de dos.

El freak fue llevado a enfermería para que le curaran las heridas que Mike le había propinado sin piedad, como si este se tratara de un muñeco de trapo del cual no le dolía nada y soportaba todo.

-¿Te has vuelto loco? ¡Por tu culpa tuve que darle unos días libres a nuestro mejor ingeniero de la base! ¡En estos tiempos es imposible permitirnos que sucedan este tipo de situaciones para cuando más necesitamos a nuestros trabajadores al 100% pendientes del trabajo!-gritó con exigencia el señor Reynolds. Estaba furioso, pero Mike no sabía con certeza si aquel directivo estaba diciendo la verdad o no acerca de cómo se sentía frente a esa situación.

Mike no podía creer lo que escuchaba salir de la boca del señor Reynolds. Sí, puede que el freak haya sea un importante elemento de la base, sin embargo, no es como para que el señor Reynolds lo defendiera de dicha manera, como si lo viera casi como un ídolo.

Además, ¿De qué demonios estaba hablando?

¿Acaso todo el mundo sabía algo que ni siquiera Mike había sido informado del asunto?

¿Qué nadie confiaba en él como piloto profesional veterano para contarle los asuntos importantes de la base?

-No puedo dejar pasar este asunto, y, por tanto, estás suspendido por una semana. No podrás venir a la base, ni pilotear tu avión, tendrás que irte a casa y tampoco te llevarás tu celular de trabajo. Entrégamelo-ordenó el señor Reynolds, fingiendo rudeza frente a Mike, aunque en cierta medida, Mike confiaba de que el señor Reynolds únicamente haya perdido la cabeza, o se haya dejado llevar por los comentarios de los demás a causa de la pelea y su estupidez de cumplir con las normas.

Resignado, Mike entregó el celular a su jefe, y sin decir más, se marchó de su oficina hacia su camarote, dispuesto a empacar ropa para una semana de la que no era mala idea que él se tomara libre, puesto que las aprovecharía para irse de vacaciones a su casa, a disfrutar unos días al lado de su esposa e hija sin verse obligado a pensar en el trabajo.

Con su mochila de viaje colgando en su hombro, Mike salió del camarote, se despidió de unos cuantos otros pilotos que se encontró en el camino, sin dar explicaciones de nada, por suerte, los demás no le preguntaron acerca de lo que hacía, y entonces, se fue al parqueadero en donde estaba guardada su SUV azul eléctrico esperándolo afuera.

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