
La rosa y el asesino
Capítulo 2
El rugido del motor atravesó la noche como un relámpago. Valeria se aferró a la chaqueta de cuero del hombre que la había salvado, sintiendo el viento helado cortar su piel mientras la motocicleta se deslizaba por las calles desiertas de París.
No se atrevía a hablar. Su mente estaba atrapada entre la confusión y el miedo. ¿Por qué la habían atacado? ¿Quién era este hombre? ¿Podía confiar en él?
Las luces de la ciudad parpadeaban mientras atravesaban callejones y puentes sin un destino aparente. Valeria sintió su pecho apretarse al darse cuenta de que no tenía control sobre lo que estaba ocurriendo. Siempre había sido dueña de su vida, había trabajado para llegar a donde estaba, y ahora... ahora todo se le escapaba de las manos.
Finalmente, tras lo que parecieron horas, la motocicleta se detuvo en una zona apartada, lejos del bullicio del centro. Estaban en un barrio antiguo, donde los edificios de piedra parecían testigos de historias enterradas en el tiempo.
-Bájate -ordenó él sin voltear a verla.
Ella obedeció, con las piernas aún temblorosas. Cuando intentó retroceder, él fue más rápido y la sujetó del brazo, guiándola hacia una puerta de metal desgastada por el tiempo. Con una llave que parecía sacada de la nada, la abrió y la empujó suavemente al interior.
La habitación era pequeña y austera. Un sofá de cuero oscuro, una mesa con algunos documentos y un par de armas descansaban sobre ella. No había adornos, ni fotos, ni rastros de que alguien viviera ahí.
-Siéntate.
-No voy a sentarme hasta que me digas quién eres.
Él cerró la puerta detrás de sí, girándose lentamente hacia ella. Sus ojos, oscuros como la medianoche, la examinaron con una paciencia inquietante.
-Mi nombre no importa.
-Para mí sí -insistió Valeria, cruzando los brazos.
Hubo un silencio tenso antes de que él suspirara y caminara hasta la mesa. Tomó una de las armas y la deslizó hacia el borde, como si quisiera dejar claro que el poder seguía en sus manos.
-Me llamo Alexander.
El nombre resonó en su mente como una advertencia. No sabía si era real, pero al menos tenía algo a lo que aferrarse.
-Bien, Alexander. ¿Qué demonios está pasando? ¿Por qué intentaron matarme?
Él apoyó las manos en la mesa y la miró con seriedad.
-Porque sabes algo que no deberías saber.
Valeria frunció el ceño.
-Eso no tiene sentido. Soy solo una periodista de investigación. No tengo enemigos.
Alexander soltó una breve risa, seca y sin humor.
-¿Periodista de investigación? -repitió con ironía-. Valeria, acabas de escribir un artículo sobre la corrupción dentro del gobierno francés y las conexiones con la mafia rusa. ¿De verdad crees que no hiciste enemigos?
Su sangre se heló.
Sabía que el artículo podía generar incomodidad, pero nunca pensó que pondría su vida en peligro. Lo había trabajado con cuidado, con pruebas, con fuentes verificadas. Nunca mencionó nombres directamente, solo expuso los hechos.
-Pero... eso no es suficiente para que intenten matarme... -susurró.
-Para ellos sí.
Ella sintió que sus piernas perdían fuerza y se dejó caer en el sofá. Su mente intentaba encontrar una salida, una solución. Pero la realidad era clara: alguien quería que desapareciera.
-Entonces, ¿tú trabajas para ellos? -preguntó en voz baja, levantando la mirada hacia Alexander.
Él no respondió de inmediato.
-No exactamente.
-¿Entonces por qué me salvaste?
Alexander tomó asiento frente a ella, cruzando los brazos.
-Porque tenía la orden de seguirte.
El aire pareció desaparecer de la habitación.
-¿Qué?
-Me enviaron a vigilarte, a estudiar tus movimientos. Pero cuando vi que te iban a matar, decidí actuar.
Valeria sintió que todo daba vueltas.
-¿Quién te envió?
Alexander entrecerró los ojos antes de responder:
-Alguien que quiere mantenerte con vida... por ahora.
Un escalofrío recorrió su espalda. Esto no era un simple ataque. Era algo más grande, más peligroso de lo que jamás imaginó.
Y lo peor era que su única opción era confiar en el hombre que, hasta hace unas horas, la había estado siguiendo en las sombras.
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