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Portada de la novela La Receta De La Diosa

La Receta De La Diosa

Sofía y Elena, deidades bajo apariencia humana, fueron los pilares del éxito de los hermanos López. Tras años de esfuerzo, Carlos y Ricardo las traicionan con violencia, causando la muerte de Elena. Ante la frialdad de los empresarios, Sofía desvela su identidad divina y regresa al Reino Celestial. Ahora, la repostera busca justicia divina contra los mortales que la despreciaron. ¿Lograrán sobrevivir al castigo de una diosa herida tras su traición?
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Capítulo 2

Soy Sofía.

En el Reino Celestial, me conocen como la Diosa de la Creación Culinaria. Mi mejor amiga, Elena, es la Diosa del Diseño Creativo.

Vinimos al mundo mortal no por castigo, ni por una misión divina, sino por aburrimiento y curiosidad, una especie de prueba autoimpuesta para entender las emociones de los mortales que tanto nos fascinaban desde arriba.

Para hacerlo, ocultamos nuestra verdadera identidad y nos hicimos pasar por simples trabajadoras. Yo, una humilde repostera con algunas recetas familiares, y Elena, una costurera con talento para el dibujo.

Fue en ese estado de vulnerabilidad autoimpuesta que conocimos a los hermanos López.

Carlos y Ricardo.

Eran ambiciosos, dueños de una pequeña cadena de restaurantes que soñaba con la grandeza. Nos enamoramos de su empuje, de su pasión. O lo que creímos que era pasión.

Decidimos ayudarlos.

"Sofía, tus postres son increíbles, ¿por qué no los compartes con nosotros?", me dijo Carlos una noche, con sus ojos llenos de una intensidad que me hizo temblar.

"Elena, tus diseños podrían revolucionar la imagen de nuestros locales, hacerlos únicos", le susurró Ricardo a mi amiga, mientras ella le mostraba un boceto en una servilleta.

Y así lo hicimos.

Por cinco largos años, entregamos nuestra esencia. Yo no solo les di mis "recetas secretas", sino que usé mi poder divino para bendecir sus cocinas, para que cada platillo que saliera de ellas tuviera un toque de perfección inalcanzable para otros.

Elena no solo les dio sus "diseños exclusivos", sino que tejió con su energía creativa la atmósfera de cada restaurante, cada uniforme, cada detalle que los hizo destacar.

Los ayudamos a crecer, a expandirse, a ganar un reconocimiento que nunca hubieran soñado. Construimos su imperio ladrillo a ladrillo, postre a postre, diseño a diseño.

Y nosotras, las diosas, nos contentamos con ser las novias humildes, las trabajadoras anónimas que vivían a su sombra, felices de verlos triunfar.

Hasta esta noche.

La noche antes del lanzamiento de su proyecto más ambicioso: "El Olimpo", un restaurante-boutique de ultra lujo que finalmente los colocaría en la cima del mundo. Un proyecto que, irónicamente, nosotras habíamos concebido y ejecutado en su totalidad.

Estábamos en el local, dando los últimos toques. El aire olía a vainilla y a tela nueva, una mezcla de nuestros talentos.

Entonces, ellos entraron.

Pero no venían solos.

Carlos del brazo de una mujer despampanante, una influencer de redes sociales conocida como "La Divina". Ricardo, a su vez, escoltaba a otra mujer idéntica, su gemela, igualmente famosa.

Nos miraron con una frialdad que nunca antes habíamos visto.

"Sofía, Elena", dijo Carlos, su voz despojada de toda calidez. "Necesitamos que nos entreguen todas sus recetas y diseños originales. Las versiones finales".

Elena y yo nos miramos, confundidas.

"Pero... ya las tienen", dijo Elena. "Están en las cocinas, en los talleres...".

Ricardo soltó una risa seca y cruel.

"No, no. Queremos los originales. Los manuscritos, los bocetos. Todo. Para que no haya copias".

La Divina sonrió, una sonrisa plástica y vacía.

"Ustedes no tienen ambición, nunca han sabido innovar, ¿para qué quieren esas recetas y diseños?".

Su gemela añadió, con el mismo tono condescendiente.

"Con sus creaciones, 'La Divina' podrá asegurar su lugar en la élite y cuidar de nosotros en el futuro. Es un movimiento de negocios, entiéndanlo".

El shock nos dejó sin palabras. El dolor era una presión física en el pecho.

Carlos dio un paso al frente.

"¡No se hagan las difíciles, o las obligaremos a entregar todo!".

Sus palabras, su amenaza, rompieron el hechizo. La incredulidad se transformó en una furia helada.

Elena, siempre la más impulsiva, la más pasional, apretó los puños. Sus nudillos se pusieron blancos.

"¿Obligarnos?", siseó Elena, sus ojos brillando con una luz peligrosa.

Ricardo, en un acto de estupidez monumental, se acercó a ella y la agarró bruscamente del brazo.

"Sí, obligarlas. No eres nadie sin mí, ¿entiendes?".

En ese instante, algo se rompió. El "fuego creativo" de Elena, su esencia divina, estalló. No con llamas visibles, sino con una onda de energía pura que lanzó a Ricardo hacia atrás.

Pero el cuerpo mortal de Elena no estaba diseñado para contener tal poder en un arrebato de ira.

Se tambaleó, sus ojos se abrieron con sorpresa y dolor. Se llevó una mano al pecho, su rostro palideció.

"Sofía...", susurró, antes de desplomarse en el suelo.

Corrí hacia ella, mi corazón martilleando contra mis costillas. Carlos y Ricardo solo miraron, con una mezcla de sorpresa y fastidio. No había ni una pizca de preocupación en sus rostros.

Elena me miró, sus ojos ya perdiendo el brillo de la vida mortal.

"Sofía, quiero quemarlos a todos con mi 'fuego creativo'. Quiero reducirlos a cenizas".

Su voz era un susurro débil, pero cargado de un odio milenario.

Negué con la cabeza, las lágrimas corriendo por mis mejillas. Acaricié su rostro.

"No, Elena. No así. La violencia directa y sin propósito es un desperdicio de energía".

La miré a los ojos, transmitiéndole mi decisión.

"Yo soy la presidenta de la Asociación de Chefs y Diseñadores de México. Un título mortal, sí, pero con poder. Los López están bajo mi jurisdicción. No los quemaré. Los esperaré en la cima... para derribarlos con mis propias manos".

Una débil sonrisa se dibujó en los labios de Elena. Entendió.

Para regresar al Reino Celestial, para liberarse de este cuerpo mortal herido, tenía que completar el ciclo. Tenía que "morir".

"Te veré del otro lado, hermana", susurró.

Y entonces, una suave luz dorada comenzó a emanar de ella. Su cuerpo se volvió translúcido, convirtiéndose en polvo de estrellas que se arremolinaba y se desvanecía en el aire.

Se había ido. Había regresado.

Y yo me quedé allí, arrodillada en el suelo donde mi mejor amiga acababa de morir, con el corazón roto y una promesa de venganza fría como el hielo.

Los hermanos López y sus divas plásticas me miraban, sin comprender lo que acababan de presenciar.

Y yo los miré a ellos, mis ojos ya no eran los de la humilde repostera.

Eran los ojos de una diosa a la que le habían declarado la guerra.

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