Portada de la novela Eloah: entre la vida y la muerte

Eloah: entre la vida y la muerte

9.4 / 10.0
Eloah: entre la vida y la muerte une a una mujer que habla con difuntos y a un hombre resucitado. Esta fiction fantasy romance books es una adventure story y mystery story donde humanos e inmortales desafían leyes ancestrales y sombras en un mundo al borde del abismo.
Resumen de Eloah: entre la vida y la muerte
Capaz de comunicarse con los muertos, ella jamás esperó ver a un difunto regresar al mundo de los vivos. Él, consumido por el remordimiento, intenta aislar sus sentimientos hasta que un encuentro fortuito desata una atracción inevitable. En un reino donde la armonía entre mortales y seres eternos es solo una fachada, oscuras amenazas acechan. Ambos deberán enfrentar leyes milenarias y sus propios miedos para salvar una unión prohibida mientras el destino acecha.
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Eloah: entre la vida y la muerte Capítulo 1

Cordelia

-¡Oye! Te ves guapísima -dijo con esa voz apática que te hacía sentir como si te estuviera lanzando un ladrillo a la cara en lugar de un cumplido.

-¿Y eso a qué viene? -le contesté, arrastrando las palabras mientras la miraba de arriba abajo, más por costumbre que por verdadero interés en su atuendo. Fernanda estaba impecable, como siempre.

Pero no tenía tiempo para analizar su estilo. Porque, en menos de un segundo, ya estaba gritando.

-¡Ya está, Cor! -me agarró de los brazos con una fuerza innecesaria, como si fuera a arrancarme del sofá por completo-. ¡Ya basta de lloriquear por ese escuincle malparido!

Me tambaleé cuando me obligó a levantarme. Logré zafarme de su agarre y me quedé parada ahí, cruzando los brazos, aunque me sentía como un trapo viejo que alguien había descolgado a la fuerza.

-¡Uy sí! -le reproché, arqueando una ceja coloqué las manos en mis caderas-. Como si fuera por ese baboso y ordinario por el que estaba llorando...

Ella no se lo creyó ni por un segundo.

-¿Entonces? -preguntó, cruzándose de brazos como una madre a punto de soltarme un sermón. Su mirada me recorrió de arriba abajo, como si fuera un proyecto de renovación en ruinas-. ¡Mírate! ¡Se ve que hace un mes no te bañas! ¡Hueles espantoso! Además de tener una cara de culo.

Levanté un brazo por puro instinto y me olí. ¡Oh, no! Pues sí, estaba apestosa.

-¡Ay ya! No sé a qué vienes, pero lo mejor es que te vayas -dije, tratando de sonar firme, aunque mi voz salió de lo más chillona-. No olvides dejar la copia de mi llave en la mesita.

Pero ella no iba a rendirse.

-¡No me voy! -chilló como una niña malcriada. Se dejó caer en el sofá con un desplante que habría sido divertido en otra situación-. ¡Es tu cumpleaños, por el amor de Dios!

"¿Mi qué?" Me quedé mirándola, parpadeando, mi cerebro trataba de procesar esa palabra como si fuera un concepto nuevo.

Cumpleaños.

"¡Ay, no!" Yo ni siquiera sabía en qué día estaba.

Fernanda exhaló con fuerza, dejando caer la cabeza contra el respaldo del sofá. Pero al segundo la retiro sintiendo asco.

-¡Esto huele a mierda! De verdad no te reconozco, Cordelia. El imbécil de Juan te volvió una pordiosera mal oliente.

Solo escuchar su nombre me revolvió el estómago. Literalmente. Tuve que tragar saliva para no vomitar ahí mismo.

Cerré los ojos y, por un momento, su cara apareció en mi mente. Esa cara que alguna vez me hacía sonreír y que ahora me daba ganas de acabar con todo.

-¡Lo encontré con otro tipo en la cama! -escupí de golpe, como si las palabras fueran veneno que necesitaba sacar de mi cuerpo-. ¡Con mi propio hermano! ¿Te lo puedes creer?

Recordar cómo los había encontrado me hacía sentir como si me hubieran llenado de estiércol la garganta. No era solo la traición de Juan. Era Diego, mi hermano gemelo, mi otra mitad. La única persona que se suponía que nunca me haría algo así.

Pero los encontré a los dos, en mi casa, en mi habitación, cogiendo como perros, ensuciando mis sabanas nuevas...

El solo hecho de pensar en cuántas veces me lo metió después o antes de metérselo a mi hermano por el trasero, me llenaba de asco. De ganas de querer arrancarle ese pedazo de carne podrida.

Fernanda ni se inmutó.

-¡Claro que sí! Te lo vengo diciendo hace una vida... -respondió con una tranquilidad irritante, mirándose las uñas esculpidas.

"¿Cuándo se hizo eso?"

-¿Qué? ¿Desde cuándo? -bufé, llevándome las manos a la cabeza.

-Desde siempre. Pero no escuchas -respondió, levantando un dedo acusador-. Te dije que Juan era demasiado... ¿cómo decirlo? Flexible.

Me quedé mirándola, sin saber si reír, llorar o aventarle un almohadón. Opté por lo último y se lo lancé directo a la cara. Ella lo esquivó como si lo hubiera esperado, riéndose como si todo esto fuera un juego.

Pero no lo era. Para mí no.

-¿Sabes qué es lo bueno de estar muerta, Cor? -dijo de pronto, con su tono casual-. Que ya no tienes que lidiar con cosas como... eso.

Me congelé. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

Lo decía con una naturalidad que a veces me ponía los pelos de punta. Aunque, claro, después de años de hablar con ellos, debería haberme acostumbrado. Pero no lo hacía. Nunca lo hacía.

-Estás insoportable, ¿sabías? -continuó Fernanda mientras señalaba el desorden a mi alrededor-. Y encima de todo, tu casa es un desastre. Si algún día decides dejarme cruzar al otro lado, espero que lo hagas después de limpiar un poco.

No pude evitar soltar una risa seca, a medio camino entre la incredulidad y la resignación.

-Qué considerada eres -murmuré, dejándome caer de nuevo en el sofá. Ella sonrió y, por un momento, parecía tan... viva.

Se levantó, agarró un calcetín del suelo con dos dedos y lo levantó como si fuera tóxico.

-Además, tu licencia ya terminó. Vamos, hay que ir a trabajar -dijo con un tono autoritario, tirando el calcetín al bote de la basura.

La miré como si me hubiera hablado en otro idioma.

-¿Qué? -solté con incredulidad-. Estoy en medio de una crisis existencial, Fernanda. ¿Y tú me sales con que mi licencia terminó?

Ella rodó los ojos.

-Creo que es tu estado natural, ¡querida! Recuerda que los muertos no van a embalsamarse solos. Ahora, súbete al regazo de la dignidad y ve a bañarte.

-¿Qué? No. Estoy bien así. Podemos irnos ya -intenté, pero hasta yo sabía que no era convincente.

Fernanda levantó una ceja, esa mirada que decía: "ni lo intentes". Dio un paso hacia mí y me apuntó con un dedo.

-Cordelia, llevo años aguantando tus crisis y tus excusas, pero esta vez no voy a tolerarlo. No voy a dejar que arrastres tu olor a pecueca, macueca y sudor, peor que cadáver rancio por toda la ciudad.

-¡No es para tanto! -protesté, aunque el rubor en mis mejillas me delató.

-¡Sí lo es! -gritó, me agarró por los hombros y me dio la vuelta, empujándome hacia la puerta del baño-. Anda, métete a la ducha. No voy a moverme de aquí hasta que salgas oliendo a algo que no sea mierda fermentada.

Bufé y me giré para mirarla por encima del hombro.

-¿Sabes qué? Eres la peor amiga que he tenido.

Fernanda sonrió con una dulzura que sabía perfectamente que me irritaba.

-Y tú eres la más apestosa que he tenido. Ahora, quita ese olor.

Suspiré con dramatismo y me metí al baño, cerrando la puerta con un golpe que sabía que ella iba a ignorar.

***

Salí del baño con el cabello mojado y el ánimo un poco menos pesado, aunque no estaba dispuesta a admitirlo. Fernanda me esperaba junto a la puerta, inspeccionándome como si fuera un producto en un estante.

-Mucho mejor -dijo, satisfecha-. Ahora pareces casi humana.

-Y tú casi una persona funcional -repliqué, empujándola suavemente para que se moviera de la puerta.

-Ay, Cor, si no fueras tan insoportable, casi me caerías bien -respondió ella, siguiéndome mientras agarraba mi bolso.

El aire denso de la Metrópolis nos envolvió al salir. La neblina se arremolinaba perezosamente bajo las luces de neón, como si formara parte del bullicio eterno. La calle vibraba con vida. El transporte aéreo zumbaba por encima de nuestras cabezas.

Los anuncios holográficos proyectaban colores brillantes en cada esquina, parpadeando sin cesar. La cacofonía incesante de voces, pasos y música se fusionaba en un ritmo que nunca desaparecía, ni siquiera en las horas más oscuras.

-Vamos rápido, que Doña María ya debe estar esperando con los chismes del día.

-Sí, seguro trae algo sobre conspiraciones de vampiros o demonios esta vez -repliqué mientras revisaba que mi bata estuviera doblada en el bolso-. Un día de estos, alguien va a decirle a Doña María que tiene demasiada imaginación.

-O demasiada información -respondió Fernanda con una sonrisa traviesa-. Por algo está muerta, ¿no crees? -soltó, como si nada.

Me detuve un momento, mirándola. Fernanda hizo un gesto de "¿qué?" y siguió caminando como si no hubiera dicho nada importante.

-Vamos, muerta o no, apúrate -dije, adelantándome con pasos rápidos.

-Ay, tranquila, que las almas en pena pueden esperar un ratito más -respondió, con una risa ligera que me arrancó una sonrisa a pesar de mí misma.

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Tabla de contenidos de Eloah: entre la vida y la muerte

Ch. 1 Ch. 2 Ch. 3
Ch. 4
Ch. 5
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Ch. 9
Ch. 10
Ch. 11
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