
La mascara del Deseeo
Capítulo 3
La música en la pista de baile era suave pero envolvente, y Sofía, aunque algo nerviosa, comenzó a dejarse llevar por el ritmo. Héctor la guiaba con una seguridad que solo él poseía, sus pasos firmes y decididos. Sofía intentaba seguirle el paso, pero algo dentro de ella, una especie de nerviosismo persistente, la mantenía alerta. No estaba acostumbrada a sentirse tan... expuesta, tan visible. Las luces sobre la pista de baile destacaban su figura, y a pesar de la máscara que cubría su rostro, Sofía sentía como si todo en ella estuviera al descubierto.
Pero mientras giraba en los brazos de Héctor, la atmósfera comenzó a cambiar. Su atención, antes centrada en los movimientos de su compañero de baile, se desvió hacia la periferia de la pista. Un hombre de pie cerca de la pared, apartado de la multitud, observaba la escena. Sofía no pudo evitar fijarse en él. Estaba vestido con un elegante traje de príncipe oscuro, su capa de terciopelo negro caía con gracia sobre su espalda, y la máscara que cubría su rostro era sofisticada, misteriosa. Los ojos del hombre, oscuros y penetrantes, la miraban desde la distancia, como si hubiera sentido su mirada.
Por un momento, el mundo a su alrededor pareció desvanecerse. La música, los murmullos, las risas… todo se desdibujó mientras sus ojos se encontraban con los de él. Sofía no sabía por qué, pero algo en esa mirada la cautivó al instante. Era como si una corriente invisible la hubiera atraído hacia él, una conexión inexplicable que la hizo sentir un remolino de sensaciones desconocidas.
Héctor, ajeno a lo que sucedía, continuaba guiándola por la pista, pero Sofía no podía dejar de mirar al hombre en la distancia. Él, al parecer, notó su mirada y, en lugar de alejarse, se acercó, caminando con una elegancia que parecía encajar perfectamente con su atuendo. Los ojos de Sofía lo siguieron hasta que él se detuvo al borde de la pista, justo cuando Héctor y ella giraron nuevamente. La química entre ellos, aunque en silencio, era palpable.
Al ver que el hombre no se movía, Sofía rompió el contacto visual, como si hubiese sido sorprendida por algo prohibido. El malestar que sentía en su interior aumentó, pero era una sensación difícil de explicar. Algo en él, algo en esa mirada tan intensa y directa, la había trastornado de manera que ni siquiera entendía.
De repente, Sofía sintió que Héctor la miraba con una ligera curiosidad, como si hubiera notado su distracción. Él la observó brevemente antes de sonreír con esa típica sonrisa confiada que siempre tenía, pero no dijo nada. Sofía trató de ocultar su incomodidad, pero había algo en esa sonrisa que le hizo sentirse aún más vulnerable. No estaba acostumbrada a sentirse observada de esa manera por él. Como si estuviera bajo una lupa.
Sin embargo, su atención pronto fue desviada nuevamente por una presencia cercana. La música cambió y una suave brisa se coló por las ventanas abiertas de la mansión, trayendo consigo un aire fresco y renovador. Fue entonces cuando el hombre del traje oscuro se acercó finalmente a la pista, como si su presencia hubiera sido inevitable.
Él caminó con paso firme, su capa ondeando ligeramente detrás de él. Su rostro estaba parcialmente cubierto por la máscara, pero lo que no podía ocultarse era la postura erguida, el aire de misterio y poder que emanaba de él. Sofía no podía evitar observarlo. No sabía por qué, pero su corazón latía con fuerza, y sus piernas parecían como si quisieran moverse hacia él sin que ella pudiera detenerlo.
El hombre se detuvo frente a ella, lo suficientemente cerca para que Sofía pudiera sentir su presencia, pero sin cruzar la línea del espacio personal. La mirada de él era fija y penetrante, como si la estuviera evaluando, como si todo lo que ella pensara o hiciera fuera de su interés absoluto. Sofía, confundida y un poco intimidada, dio un paso atrás, aunque su cuerpo se movió casi involuntariamente en su dirección. Era como si hubiera algo en él, algo irresistible.
La música siguió sonando, pero en ese instante, todo parecía detenerse. Los dos se miraron en silencio durante lo que pareció una eternidad, pero que en realidad no fue más que un par de segundos. Nadie más parecía notar lo que estaba ocurriendo entre ellos. Era como si se hubieran aislado de todo lo demás.
Finalmente, el hombre rompió el silencio con una voz profunda, suave, pero cargada de una tensión que Sofía sintió en cada fibra de su ser.
— ¿Te gustaría bailar? —preguntó, su tono bajo y seductor, como si no estuviera haciendo más que una simple propuesta, pero sus palabras parecían tener un peso mayor.
Sofía lo miró, incapaz de articular una respuesta inmediata. Su mente estaba llena de preguntas, pero lo único que realmente podía sentir era el deseo de decir sí. En sus ojos, pudo ver una chispa de desafío, como si deseara ver si ella se atrevería a aceptarlo. Y, por alguna razón inexplicable, Sofía no pudo resistirse.
Antes de que pudiera responder, la mano del hombre se extendió hacia ella, invitándola a tomarla. Sofía dudó un momento, pero algo dentro de ella la empujó a acercarse y colocar su mano suavemente en la suya. Al hacerlo, una corriente de electricidad recorrió su cuerpo, y se sintió como si una capa invisible se hubiera levantado, dejándola vulnerable ante él.
El hombre la condujo hacia la pista de baile, moviéndose con una elegancia felina, casi como si flotara sobre el suelo. Sofía lo siguió, su respiración un poco acelerada, aunque no podía entender exactamente por qué. Una parte de ella quería detenerse, correr, hacer algo para poner fin a esa extraña conexión que parecía estar formándose entre los dos, pero otra parte de ella, la más profunda y salvaje, quería ver hasta dónde llegaría esa química inexplicable.
Al llegar al centro de la pista, él la giró hacia sí mismo con una precisión asombrosa. Sofía se vio rodeada por la oscuridad suave del ambiente, y en ese instante, solo existían él y ella. La música se desvaneció en el fondo, como si todo lo que importara ahora fuera el ritmo de sus propios cuerpos. La forma en que él la sostenía, con una firmeza que no era invasiva, pero que a la vez le otorgaba una sensación de protección, la hizo sentirse como una extraña mezcla de ansiedad y fascinación.
Sus cuerpos se movían al ritmo de la música, sin palabras, solo con esa mirada profunda que se entrelazaba entre ellos. Sofía no podía dejar de pensar en lo poco que sabía de él, y aún así, no podía negar que algo en su presencia la hacía sentirse más viva que nunca.
— ¿Cómo te llamas? —preguntó él, rompiendo el silencio que se había instalado entre ellos.
Sofía, sorprendida por la pregunta directa, levantó la vista, encontrándose de nuevo con esos ojos tan oscuros como la noche. No podía verle la expresión completa, pero algo en su mirada la hizo sentir como si hubiera llegado a un punto de no retorno.
— Sofía —respondió con suavidad, sin saber si debía decir más. No sabía por qué, pero en ese momento, no sentía que debiera revelar mucho más sobre sí misma.
El hombre sonrió, un gesto enigmático que le hizo sentir un escalofrío recorrer su espalda.
— Un nombre perfecto para alguien como tú —dijo, su tono cargado de un significado que Sofía no entendió completamente.
Sofía intentó concentrarse en el momento, en la música, en el baile, pero algo en la atmósfera, en la cercanía de él, la mantenía inquieta. No sabía quién era ese hombre, ni por qué sentía que todo lo que sucedía a su alrededor había perdido sentido. Solo sabía que estaba en medio de algo que la desbordaba.
La química era instantánea, innegable. Pero, como todo en ese momento, también era un misterio. Y en ese misterio, Sofía no podía evitar preguntarse: ¿quién era realmente este hombre que la había atrapado sin saber quién era ella?
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