Portada de la novela La luna del capo: Contrato de Sangre

La luna del capo: Contrato de Sangre

8.8 / 10.0
En La luna del capo: Contrato de Sangre, Valeria suplanta a su hermana en una boda pactada con un CEO mafioso. Atada por un heredero en este romance novel, descubre la naturaleza de su esposo. Vive esta werewolf romance novel donde escapar del Alfa es imposible en nuestra webnovel.
Resumen de La luna del capo: Contrato de Sangre
Valeria asume la identidad de su hermana para casarse con Lucio Vane, un despiadado magnate y líder mafioso. Bajo un contrato que exige un heredero para proteger a su familia, ella descubre la verdadera esencia licántropa de su esposo tras su primer encuentro íntimo. Ahora, encinta y rodeada de peligros criminales, Valeria intenta huir de la bestia que Lucio oculta. Sin embargo, el implacable Alfa no permitirá que su compañera escape de su destino.
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La luna del capo: Contrato de Sangre Capítulo 1

El aire olía a incienso quemado y a desesperación. Y a perfume costoso.

Me llamo Valeria, y mi vida terminó con un telegrama a medianoche. Hoy, mi padre me estaba vistiendo con un encaje blanco que no me pertenecía, para entregarme a un hombre que no me quería.

—¡No llores, Valeria! —siseó mi padre, Giovanni Russo, mientras mis lágrimas amenazaban con arruinar el maquillaje de porcelana. Sus manos temblaban, no por emoción, sino por el miedo profundo que rara vez abandonaba su rostro desde que se endeudó con la persona equivocada.

—¿Cómo quieres que no llore? —repliqué en un susurro amargo—. Me estoy casando con un fantasma de la Mafia para pagar tus deudas, papá. Y ni siquiera soy la prometida correcta.

Elena, mi hermana, la verdadera joya de la familia, había huido a primera hora de la mañana. Su nota, breve y egoísta, simplemente decía: “Él es un monstruo. Me voy.” Elena había visto el peligro. Yo me quedé con la sentencia.

Mi padre me agarró por los hombros, clavándome los dedos. —Escúchame, Elena o Valeria, no importa. El contrato pide una hija de los Russo. Vane no puede perder la cara frente a la Omertà. Si hoy no hay novia, él nos matará a todos. Pero si te pones el anillo, él nos protegerá. Tú eres mi póliza de seguro, Valeria.

Me obligó a mirar hacia la ventana. La cortina de terciopelo estaba corrida, pero yo podía sentirlo.

—La luna —murmuró mi padre, con un escalofrío que le recorrió el cuerpo—. ¿Ves la luna, Valeria?

Me acerqué a la ventana. El cielo nocturno estaba despejado, y la Luna Llena colgaba en lo alto, inmensa, blanca y brutal. No era una luna romántica; era una luz de advertencia. Era tan brillante que iluminaba el pasillo exterior con una claridad espectral.

—¿Qué tiene de malo la luna? —pregunté, sintiendo un nudo de ansiedad.

—Lucio Vane... él es... un hombre de instinto, Valeria. Sus negocios son oscuros, sus métodos son antiguos. Todos dicen que es el Diablo de Wall Street, pero su poder no reside en las acciones, sino en lo que es. Mi acuerdo era que la boda fuera después de que se calmara. Él insistió en que tenía que ser hoy. ¡Hoy!

Mi padre estaba al borde de la histeria. Nunca lo había visto así, tan expuesto, tan descompuesto.

—¿Calmarse de qué? —exigí, sintiendo que me faltaba el aliento.

—De la Luna Llena.

El miedo, que hasta entonces había sido solo una abstracción, se hizo tangible. No se trataba solo de la Mafia. Se trataba de algo más. Algo primordial, antiguo y biológico.

—Lucio es un hombre de la vieja sangre —siseó mi padre—. Es un Alfa. Hoy tiene menos control. Sus emociones, su ira... son incontrolables. Si él descubre el engaño de tu hermana, te castigará con la violencia. Por Dios, Valeria, no lo mires a los ojos. No le muestres miedo.

El tiempo se agotó. Mi padre, recompuesto en su traje de gala, me arrastró por el pasillo de la casa hacia la limusina. Sentía el peso del vestido de Elena sobre mis hombros, una armadura de seda que apenas contenía mi pánico.

Llegamos a la Catedral de San Patricio. El ambiente era eléctrico. No era una boda, sino un rito solemne. El aire, en lugar de oler a flores, tenía un toque terroso, almizclado y extraño.

Mi padre me dio la última orden, susurrada con desesperación: —Ya empezó. Tenemos que ser rápidos.

Las puertas de la catedral se abrieron. El órgano sonó con una potencia atronadora, y comencé a caminar por el pasillo.

La multitud era un mar de caras tensas y silenciosas. Hombres duros y mujeres con ojos de hielo, todos mirando la escena con una expectativa oscura.

Y al final del pasillo, bajo la luz del vitral principal, estaba él.

Lucio Vane.

Era incluso más imponente que en las fotos. Un hombre alto, de hombros anchos que el traje negro parecía luchar por contener. Su cabello oscuro caía ligeramente sobre su frente, sudoroso. Su mandíbula estaba tensa hasta el punto de la rigidez.

Pero lo más inquietante era su atuendo. Su traje era impecable, pero la camisa blanca de su cuello estaba ligeramente rasgada en el hombro, con un corte irregular que no parecía hecho por una costura rota. Y en su mano, la que sostenía con fuerza la empuñadura de plata de un bastón de caoba, había un rasguño profundo que no había dejado de sangrar, manchando la seda del guante que llevaba.

Había luchado. Y no contra un hombre.

Mi padre me entregó en el altar, el alivio corriendo por su rostro.

—Lucio, te entrego a mi hija...

Lucio no miró a mi padre. Su mirada, ardiente y febril, se clavó en mí a través del tul del velo. Era una mirada que me desnudaba hasta los huesos. Sus ojos eran de un oro puro y líquido, brillando con una intensidad que no era humana. Eran los ojos de un depredador que acababa de terminar su cacería y ahora reclamaba su premio.

Tomó mi mano. Su piel estaba hirviendo, como si tuviera una fiebre que lo consumiría. El calor viajó por mi brazo hasta mi pecho. Me quedé petrificada.

Lucio se inclinó, su aliento caliente y almizclado rozando mi oreja. Inspiró profundamente, absorbiendo mi olor. Y luego, un gruñido sordo vibró en su garganta.

—Hueles a miedo —murmuró, su voz profunda y áspera. Se enderezó, sus ojos dorados fijos en los míos, analizando mi pánico—. Pero hueles a Mate. No eres la que esperaba, pequeña mentirosa. Pero no eres inútil.

Su susurro no fue una pregunta. Fue la declaración de posesión forzada de un Alfa. Yo no era su esposa. Yo era su compañera. Y esa verdad era más aterradora que cualquier contrato de la Mafia. Me había casado con un hombre que había llegado a su propia boda luchando contra su propia naturaleza.

Lucio me apretó la mano con una fuerza que me dolió, pero sus ojos permanecieron fijos en el sacerdote.

—Acepto —dijo, y su voz sonó como un juramento de sangre—. El contrato se cumple. Que empiece la ceremonia.

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