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La mas consentida de la mafia

La apacible vida de Sandra en una localidad italiana se desmorona tras la traición de Peter, un allegado de su hermana. Engañadas con un falso viaje, las jóvenes caen en una red de trata de personas. Al ser separadas, ambas se prometen resistir para volver a verse. El destino de Sandra da un giro inesperado cuando el jefe más poderoso de la mafia la rescata, marcando el inicio de una nueva realidad que cambiará su oscuro porvenir para siempre.
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Capítulo 2

La casa había sido decorada por la madre de sandra junto con sus amigas, quienes eran hábiles para la decoración. La mayoría de los adornos estaban hechos con materiales muy económicos, pues la situación económica de los Hill no era la mejor.

Por un lado, el padre de Sandra y Amanda, Tomás Hill, no tenía profesión ni un oficio que le generara dinero estable; trabajaba en una bodega cargando y descargando materiales de venta. En cambio, la madre, Bianca Hill, por su edad de 45 años, no conseguía mucho trabajo, menos en un pueblo tan pequeño como Sorano, así que se dedicaba a vender almuerzos y a atender a su esposo e hijas.

En un principio, habían planeado hacer una fiesta vistosa en honor al salto a la adultez de Sandra. Sin embargo, ella se negó, pues le incomodaba estar rodeada de tanta gente. Como este era un rasgo característico de su personalidad, sus padres decidieron invitar solo a familiares.

No obstante, la hija mayor, Amanda, no prestó atención a la petición de su hermana menor y, sin decir nada, invitó a muchas personas. Esto tomó por sorpresa no solo a Sandra, sino también a sus padres.

Ante tanta muchedumbre, ya era tarde para correr a los invitados, así que solo les dejaron unirse a la celebración. Tanto el patio como el interior de la casa (sin incluir el segundo piso) estaban repletos de personas.

Había música para adolescentes, y el alcohol fue un obsequio de muchos de los invitados de Amanda.

Sandra seguía en su habitación, indecisa sobre si debía salir. La presión que le generaban las personas le resultaba sofocante, así que solo se asomó desde el segundo piso, por las escaleras.

Después de varios minutos, se calmó un poco y decidió bajar. El vestido que llevaba ese día no era cualquiera, sino uno muy especial, mandado a coser por sus padres con la mejor costurera del pueblo.

Italia siempre ha sobresalido en sus costuras, y el pueblo de Sorano no se quedaba atrás. Su trabajo textil tenía reconocimiento, aunque se tratara de un pequeño pueblo dentro de la extensa Italia, país en el que nacieron sus padres y sus hijos: Amanda, Sandra y Dante.

La escalera quedaba frente a la sala, donde ahora se encontraban los invitados, así que todas las miradas recayeron sobre la única persona que descendía desde el segundo piso.

Y, por supuesto, cada mirada llamaba a otra, en especial entre los hombres, pues era algo que no querían ver ellos solos nada más.

Sandra bajaba con gran confianza aparente, vestida con un deslumbrante vestido de gala rojo vino. Su corte midi le otorgaba una elegancia atemporal, mientras que el escote cruzado y los delicados tirantes realzaban su feminidad con un toque de sensualidad.

La silueta de corte en A abrazaba sus curvas de forma favorecedora, y la tela satinada fluía con cada movimiento, capturando la luz y las miradas. El contraste entre la parte superior ajustada y la falda amplia creaba un equilibrio perfecto. Todo esto, combinado con accesorios plateados y zapatos transparentes con destellos, la hacía lucir como la reina y la mujer más hermosa del pueblo.

Por supuesto, tanta atención también levantó envidia. Muchas mujeres la detestaron sin siquiera conocerla, simplemente por su apariencia.

Rápidamente, su padre, Tomás Hill, le ofreció su brazo, el cual ella abrazó para que él la presentara con gran orgullo ante todos.

La música se apagó en ese momento.

-Hoy es uno de los días más especiales, pues mi hija da un paso hacia la adultez -dijo con emoción.

Mientras era presentada con un gran discurso, Sandra buscaba con la mirada a su hermana mayor, tratando de disimular un poco.

Amanda, aún disfrutando de su broma pesada, se había quedado en casa de un vecino hasta la tarde. Cuando regresó, Sandra, por supuesto, le exigió que borrara el video, pero ella respondió sin escrúpulos y con una sonrisa:

-¡Mi teléfono, mis videos!

No era la primera vez que le hacía una broma pesada; anteriormente, ya la había avergonzado en muchas ocasiones.

-Pero esto fue demasiado... -le reclamó Sandra.

-No lo mostraré a nadie sin tu permiso, pero tampoco lo borraré -fue lo último que dijo antes de ignorarla e irse.

Pasada gran parte de la noche, muchos invitados ya estaban muy borrachos. La situación comenzó a ponerse más caliente, pues dondequiera que Sandra voltease, veía parejas besándose e incluso subidas unas sobre otras, meneándose como parte de la diversión.

A la hija menor de los Hill nunca le gustaron las salidas, así que este tipo de escenas le resultaban bastante extrañas. Poco a poco, comenzó a sentirse fuera de lugar.

Sus padres estaban dentro de la casa y ya se habían quedado dormidos en el sofá... ¡Quizás la edad influyó!

Amanda siempre hacía sus cosas frente a ellos, pero con Sandra era diferente, pues sabían que no permitirían que la influenciara.

Amanda tomó el hombro de su hermana pequeña y luego se acercó a su oído:

-Mira lo que solo las mujeres hermosas como nosotras podemos hacer.

Amanda se dirigió a Peter Gambino, el chico más guapo y adinerado del pueblo.

Con una canción de fondo sensual, se acercó a él, capturando enseguida su atención. Después de bailarle, se sentó en sus piernas.

El chico, de buen perfil y ojos marrón claro, le hizo un gesto con la mirada, insinuando un beso. Amanda lo captó enseguida y lo besó lentamente, prolongando el momento. Fue un beso largo, que terminó en un intercambio de lenguas algo desenfrenado.

Sandra no podía creer lo que su hermana era capaz de hacer. A algunas chicas les parecería una cualquiera, pero no a ella. Por el contrario, ese era un rasgo de Amanda que siempre admiró: podía hacer lo que quisiera sin un ápice de vergüenza.

Aunque lo admirara, sabía muy bien que ese tipo de cosas no iban con ella.

Así que, con su mirada perdida, buscaba con qué entretenerse, pero no había sino lujuria a su alrededor. ¿Qué se suponía que podía ella aprender de esto? Se preguntó a sí misma, pero la respuesta fue clara para una estudiante tan brillante como ella: nada podía aprender.

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