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Portada de la novela La luna del capo: Contrato de Sangre

La luna del capo: Contrato de Sangre

Valeria asume la identidad de su hermana para casarse con Lucio Vane, un despiadado magnate y líder mafioso. Bajo un contrato que exige un heredero para proteger a su familia, ella descubre la verdadera esencia licántropa de su esposo tras su primer encuentro íntimo. Ahora, encinta y rodeada de peligros criminales, Valeria intenta huir de la bestia que Lucio oculta. Sin embargo, el implacable Alfa no permitirá que su compañera escape de su destino.
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Capítulo 2

El "Acepto" de Lucio Vane fue menos una promesa matrimonial y más una declaración de guerra. La ceremonia pasó en una bruma de incienso y pánico. Sentía su mano febril aprisionando la mía, y su mirada dorada, fija y hambrienta, no se apartó ni un instante del sacerdote.

En cuanto el ritual terminó, no hubo besos ni abrazos. No hubo vítores. Hubo una tensa, silenciosa retirada. Lucio me arrastró fuera del altar con una urgencia brutal, ignorando a la multitud. Su gente formó una barrera impenetrable, protegiéndonos de las luces de los fotógrafos y de las miradas de los curiosos.

Nos metieron en la limusina. El interior era oscuro, silencioso y olía a cuero nuevo, pero un rastro del olor almizclado y terroso de Lucio—el olor a peligro—permanecía en el aire. Él no se sentó a mi lado. Se colocó frente a mí en el asiento auxiliar, como un carcelero examinando a su nueva prisionera.

—Quítate esa cosa —ordenó, señalando mi velo. Su voz era baja y rasposa, todavía afectada por la tensión de la transformación que había contenido.

Mis manos temblaron mientras me liberaba del tul y la tiara. Cuando el velo cayó, la luz del interior del coche reveló mi rostro sin adornos, y el engaño se hizo total. No tenía la sofisticada belleza de Elena, sino la mirada analítica y el perfil más duro de la economista.

Lucio no mostró sorpresa. Solo una decepción fría y momentánea.

—Valeria —dijo, pronunciando mi nombre como si saboreara un nuevo tipo de veneno—. No Elena.

—Mi hermana se fue —repliqué, mi voz firme a pesar del nudo en mi estómago—. No tuve elección. El contrato pedía una hija Russo.

Él sonrió, una mueca que apenas llegaba a sus ojos dorados.

—El contrato se cumple. La familia Vane no pierde la cara por una traición tan estúpida. Pero escucha bien, pequeña mentirosa: el trato que hiciste con tu padre terminó hace diez minutos. Ahora estás bajo mis reglas.

Lucio se inclinó hacia mí, y el poco espacio en la limusina desapareció. Pude ver las finas venas rojas en el blanco de sus ojos, la tensión pulsante bajo su piel.

—No eres la que mi padre eligió para perpetuar mi línea. Eres la que mi lobo reconoció esta noche. Eso te hace un ancla, pero también te hace un objetivo. Si intentas huir, o si mi padre o el Consiglio descubren la sustitución antes de que yo lo autorice, tu familia pagará por la de Elena, y tú pagarás el doble. ¿Entendido?

Asentí, incapaz de hablar. La respiración era difícil con su proximidad.

—Bien. Ahora, las reglas de esta casa. No me importa lo que hicieras antes. Ahora eres mi esposa, y actuarás como tal. Tienes acceso a mis cuentas y la biblioteca de la mansión. Todo lo demás está prohibido. Especialmente el Ala Oeste.

La tensión en Lucio se disparó. El aire en el coche pareció enfriarse.

—El Ala Oeste —dijo con una voz plana, mortal— es donde se guarda el secreto de mi linaje. Es la única razón por la que tenemos el poder que tenemos. Si te acercas a esa ala, si escuchas algo y lo mencionas, o si despiertas lo que duerme, el contrato se anula. Y esta vez, no será mi mano la que te mate. Será la bestia que luché por encadenar. ¿Soy claro?

—Transparente —respondí, aferrándome a la única arma que tenía: la falta de miedo.

La limusina se detuvo frente a la Mansión Vane. No era una casa, sino una fortaleza de piedra oscura y elegancia brutal. El ambiente seguía sintiéndose cargado de la energía de la luna que acababa de pasar.

Lucio salió primero y me tendió la mano. La tomé, su calor todavía alarmante.

El vestíbulo era de un mármol blanco impoluto y brillante que reflejaba la luz de las lámparas de araña. Pero al subir los primeros escalones hacia la suite matrimonial, mi corazón dio un vuelco.

Allí, en el mármol reluciente, se extendía una serie de arañazos profundos, como surcos. No eran marcas de muebles, sino tres líneas paralelas y dentadas, increíblemente profundas, como si algo grande y muy fuerte hubiera intentado agarrarse o deslizarse desesperadamente por la piedra.

Lucio notó mi mirada y me tiró del brazo, obligándome a seguir caminando.

—El mármol es antiguo —dijo sin emoción, sin mirarme—. Los constructores hicieron un trabajo de mala calidad. Ignóralo.

Pero no eran viejas. Las marcas eran frescas.

Llegamos a la suite, un espacio monumental con techos altos y una cama King-size que parecía el campo de una batalla futura. Lucio se dirigió directamente a su vestidor y se quitó la chaqueta y el guante manchado de sangre, arrojándolo todo en un rincón.

—Regla número dos: Dormimos separados —dijo, señalando el borde de la cama—. Y no me molestes. Necesito descansar.

Se dirigió al baño anexo, cerrando la puerta con un golpe sordo.

Valeria se acercó al vestidor. El suelo estaba desordenado con la ropa descartada. Debajo del guante ensangrentado y el trozo de camisa rasgada, vi algo más, algo que confirmó todos mis peores temores.

Recogí el objeto. Era un trozo de tela muy resistente, casi cuero, arrancado con violencia. Y adherido a él, había una capa de pelo grueso, oscuro y duro, más parecido a la piel de un lobo que a cualquier otra cosa. Tenía un olor fuerte y almizclado.

Lucio Vane no era solo un hombre de instinto; era la bestia misma. Y yo acababa de casarme con él. Sostuve la evidencia en mi mano, y supe que mi vida no se había acabado: acababa de empezar, y sería una lucha por la supervivencia contra el Alfa.

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