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Portada de la novela La hija que no sabías que era tuya

La hija que no sabías que era tuya

El poderoso Alexander Blake oculta a su pequeña hija para protegerla, entregando su cuidado a Isabella, una niñera humilde que desconoce el origen de la menor. Bajo una identidad falsa, Isabella ignora que la niña es en realidad su propia hija biológica, arrebatada tiempo atrás. Mientras el magnate enfrenta amenazas letales, ambas forjan un lazo inquebrantable, sin sospechar que el secreto de su pasado está a punto de salir a la luz.
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Capítulo 2

Pero por dentro, algo le decía que ya era tarde.

El dolor llegó sin avisar.

No fue un comienzo lento, progresivo, como lo describen en los libros o en las clases de preparación que ella nunca pudo tomar. Fue brutal, como si su cuerpo gritara por todo lo que su alma había callado durante meses. Una contracción la dobló en dos mientras caminaba en círculos por la habitación, tratando de calmar la ansiedad. El aire se volvió espeso, el sudor le cubrió la frente y sintió cómo sus piernas temblaban bajo el peso de un cuerpo que ya no le pertenecía.

-¡Ayuda! -gritó, aferrándose al borde de la cama-. ¡Por favor... me duele!

Por primera vez en mucho tiempo, la puerta se abrió sin previo aviso. Dos figuras entraron: una mujer con uniforme blanco, delgada y sin expresión, y un hombre que arrastraba una camilla metálica. Isabella quiso resistirse, pero su cuerpo no le respondió. La contracción siguiente la obligó a caer de rodillas. Gritó, no por miedo, sino por impotencia.

-Está comenzando -dijo la mujer sin emoción-. Llévenla.

La sujetaron sin delicadeza. No le hablaron. No la consolaron. Solo la transportaron como a una carga urgente, sin dignidad ni cuidado. El pasillo al que la sacaron era largo, con luces fluorescentes que parpadeaban. No alcanzó a ver ventanas, ni rostros conocidos. Nadie respondió cuando preguntó dónde estaba, si Alexander lo sabía, si su hija estaría bien.

Fue entonces cuando entendió: ese parto no le pertenecía. No era suyo. Era de ellos.

La llevaron a una sala clínica improvisada. Había equipos, pero no ambiente de hospital. Todo era funcional, práctico, sin humanidad. La recostaron en una camilla dura, le abrieron las piernas, le colocaron una vía intravenosa y comenzaron a hablar entre ellos como si ella no existiera.

-Cinco centímetros. Avanza rápido.

-¿La anestesia?

-No autorizada. Sin intervenciones innecesarias. Solo lo justo para que sobreviva.

Isabella los escuchaba como si estuviera bajo el agua. Sentía el sudor empaparle la espalda, el cabello pegado al cuello, las lágrimas ardiendo en sus mejillas. Cada contracción era un castigo, un recordatorio cruel de que estaba trayendo al mundo a su hija... sola. Completamente sola.

Gritó. Maldijo. Suplicó.

-¡Déjenme verla! ¡Déjenme verla cuando nazca! ¡Solo un segundo... uno!

Nadie respondió.

El médico, un hombre de unos cincuenta años, con manos firmes y rostro imperturbable, se colocó entre sus piernas. Le pidió que empujara. Otra enfermera le sujetó los brazos cuando se resistió. Y entonces, entre el caos de su cuerpo roto, entre la sangre y el dolor, entre la desesperación y la furia... escuchó el llanto.

El llanto agudo, fuerte, vivo.

El primer sonido de su hija.

Un grito que partió el aire como una grieta en la oscuridad.

-¿Dónde está? -jadeó Isabella, alzando el cuello, buscando con la mirada-. ¡Déjenme verla! ¡Por favor, se los suplico, soy su madre!

La enfermera que sostenía a la bebé la envolvió en una manta blanca con rapidez. Ni siquiera se giró hacia Isabella. El médico hizo una señal con la mano. Un tercero, un hombre vestido de traje oscuro, se acercó a la cuna portátil que acababan de ingresar.

-No... no... no, por favor, ¡no se la lleven! -gritó Isabella, con una fuerza que no sabía que aún tenía-. ¡Esa es mi hija! ¡Esa es mía!

Intentó levantarse, pero el dolor la traicionó. Sangraba. Estaba débil. Su cuerpo no respondía. Aun así, se arrastró hasta el borde de la camilla, extendiendo los brazos con desesperación, hasta que unas manos firmes la sujetaron por los hombros.

-Va a estar bien. No se preocupe más por ella -le dijo el hombre de traje, sin mirarla a los ojos.

-¿A dónde se la llevan? ¡Dígamelo! ¡Por el amor de Dios, dígamelo!

Pero en lugar de palabras, lo que recibió fue el pinchazo de una aguja. La enfermera, con una frialdad escalofriante, le inyectó un líquido transparente en el brazo. Isabella intentó resistirse, pero ya era tarde. El mundo comenzó a inclinarse, a oscurecerse. La habitación se llenó de ecos y formas difusas. Lo último que vio fue una pequeña manita asomando de la manta blanca... y luego, nada.

El silencio volvió.

Uno distinto. Más cruel. Más absoluto.

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