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Portada de la novela La hija que no sabías que era tuya

La hija que no sabías que era tuya

El poderoso Alexander Blake oculta a su pequeña hija para protegerla, entregando su cuidado a Isabella, una niñera humilde que desconoce el origen de la menor. Bajo una identidad falsa, Isabella ignora que la niña es en realidad su propia hija biológica, arrebatada tiempo atrás. Mientras el magnate enfrenta amenazas letales, ambas forjan un lazo inquebrantable, sin sospechar que el secreto de su pasado está a punto de salir a la luz.
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Capítulo 3

La conciencia regresó lentamente, como si emergiera de las profundidades de un océano oscuro y viscoso. Isabella no sabía cuánto tiempo había pasado. No sabía si era de día o de noche, si era invierno o verano. Solo sabía que estaba viva... y vacía.

Despertó sobre un colchón fino, cubierto con una sábana gris áspera y mal tendida. La habitación no era la misma en la que había estado antes del parto. Esta era aún más pequeña, más fría, más inhumana. No había ventanas, ni relojes, ni sonidos que indicaran que el mundo seguía girando. Solo el zumbido de una lámpara fluorescente sobre su cabeza, parpadeando con una cadencia casi burlona.

Trató de incorporarse, pero el dolor la traicionó. El vientre aún inflamado, los músculos resentidos, la piel quebrada. Y un vacío indescriptible entre sus brazos. Un hueco que no se llenaría nunca.

-Mi hija... -susurró, con la voz rasgada, seca-. ¿Dónde está mi hija?

No hubo respuesta.

El único sonido fue el chasquido metálico de una cerradura girando. La puerta se abrió con lentitud, y un hombre alto, de rostro severo y cabello cuidadosamente peinado, entró con pasos contenidos. Llevaba un portapapeles en la mano y un maletín colgado del hombro. No era un médico. No era un guardia. Era algo peor. Un rostro que representa órdenes inamovibles.

-Señora Varela -dijo con tono neutro, sin rastro de compasión-. Ha sido estabilizada. El procedimiento fue exitoso. La niña está sana. Ya no hay motivo para su permanencia en esta instalación.

Isabella intentó hablar, pero su garganta se cerró. El miedo, el dolor, la desesperación... todo se agolpaba como un grito que no podía salir.

-¿Dónde... está... ella?

El hombre no respondió. Abrió su maletín, sacó un pasaporte, unos papeles, y lo colocó todo sobre la pequeña mesa junto a la cama.

-Su nuevo nombre es Elena Duarte. Tiene residencia temporal en un país neutral. Su salida está programada en menos de dos horas. Será escoltada al aeropuerto. No puede contactar a nadie. No puede regresar.

Isabella lo miró con incredulidad.

-¿Qué...? No. No. ¡No pueden hacer esto! ¡Ella me necesita! ¡Es una recién nacida!

-Ella está bajo resguardo -replicó él, con esa calma que solo tienen los verdugos entrenados-. A salvo. Lejos de la vida que usted conoce. Esa fue la condición.

-¡¿Condición de quién?! -escupió Isabella, obligándose a sentarse a pesar del ardor en todo el cuerpo-. ¡Quiero hablar con Alexander! ¡Él no permitiría esto!

El hombre por fin alzó la mirada, con una mueca casi imperceptible.

-Alexander fue quien dio la orden.

La habitación se congeló.

Isabella sintió que el mundo se detenía. Su mente rechazaba esas palabras. Su cuerpo temblaba. Su corazón... su corazón simplemente se rompió.

-Eso no es cierto -susurró, casi sin aire-. Él... me ama. Él prometió... que estaríamos juntos... que protegeríamos a nuestra hija...

-Y lo está haciendo. Está protegiéndola de usted.

El silencio que siguió fue tan brutal como la frase misma.

Isabella apretó los puños. Lágrimas calientes descendieron por su rostro, ardiendo como ácido. Cada una una puñalada.

¿Cómo podía ser eso verdad? ¿Cómo podía ese hombre, el mismo que le había susurrado promesas al oído, el que había acariciado su vientre en secreto, ser ahora quien la arrancaba del único lazo que aún le daba sentido a su existencia?

-No voy a irme -dijo con voz baja, firme-. Tendrán que matarme.

El hombre suspiró. Era como si esa respuesta la hubiese escuchado antes, como si formara parte de un libreto.

-La sedarán si es necesario. Pero usted se irá. Su presencia aquí representa un riesgo. Y él no está dispuesto a que esa niña crezca bajo la sombra del escándalo o el peligro.

-¿Y tú? -escupió Isabella con rabia-. ¿Qué eres? ¿Un perro al servicio de su reputación? ¿Un lacayo sin alma?

Él no se inmutó. Tomó los papeles y los volvió a revisar. Luego le extendió una bolsa con ropa sencilla: pantalones, una blusa, un abrigo.

-Vístase. El vehículo ya la espera.

Isabella no lo hizo. Permaneció allí, con la mirada clavada en el vacío, el cuerpo temblando de dolor, rabia y tristeza. Le habían arrebatado todo. No solo a su hija, sino también su identidad, su historia, su futuro.

Cuando los otros dos hombres entraron, esta vez sí la sujetaron. No como a una prisionera, sino como a una carga incómoda. Isabella no luchó. Había una parte de ella que ya no tenía fuerzas. Aun así, mientras la conducían por los pasillos, mientras salía por una puerta trasera hacia la noche helada, hizo una promesa:

Volveré.

Sea como sea... volveré por ti.

La llevaron al aeropuerto con rapidez. El viaje fue silencioso. El chofer no la miraba, los escoltas no la tocaban más de lo necesario. Una vez en la sala privada, le entregaron el boleto. Vuelo directo, sin escalas. La identidad falsa estaba completa. Todo estaba planeado. Iban a enterrarla en el anonimato.

Y cuando el avión despegó, cuando las luces de la ciudad quedaron atrás, Isabella comprendió que no solo le habían robado a su hija.

Le habían robado su guerra.

Y esa guerra... algún día la ganaría.

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