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Portada de la novela La doble prometida

La doble prometida

Mía es una actriz en la miseria que, presionada por la enfermedad de su hermano, accede a suplantar a la heredera Lara tras su huida. Lo que inició como un reemplazo nupcial rápido se transforma en una farsa prolongada frente a Héctor, su implacable marido. Entre chantajes y una vigilancia asfixiante, nace un deseo peligroso que amenaza su plan. Ahora, ella debe decidir si huir de la mentira o encarar una realidad que podría acabar con todo.
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Capítulo 1

El velo le rozaba las pestañas como una telaraña, suave y pegajosa, recordándole a Mía Castellanos que cada paso hacia el altar era un paso más lejos de su propia vida. Sintió un cosquilleo en la nuca, justo donde la pequeña prótesis de silicona moldeaba la línea de su mandíbula para hacerla idéntica a Lara Salazar.

Era una pieza diminuta -apenas unos milímetros de gel translúcido, pegado con un adhesivo que ardía en la piel- pero suficiente para estrecharle el rostro, alargarle la barbilla y dibujar la sombra exacta bajo los pómulos, igual que Lara. Con cada respiración, sentía el borde áspero rozar su piel real, recordándole que no era más que una máscara bien colocada.

Si sudaba demasiado, si se movía en falso, si él la besaba demasiado cerca... la mentira se desprendería.

Respiró hondo. El aroma de las orquídeas blancas que decoraban la antesala era tan fuerte que le dio náuseas. Tragó saliva. Miró su reflejo en el espejo de cuerpo entero: una diosa de marfil y encaje, con la sonrisa congelada de quien ya no puede retroceder.

-Tienes que mirarlo como lo haría Lara -susurró Beatriz, la asistente de Lara, inclinándose sobre su hombro-. Altiva. ¡Como si todos aquí te debieran algo! Especialmente él.

Beatriz ajustó una perla en la diadema. Su aliento sabía a café amargo y a prisas mal disimuladas. Detrás de ellas, dos maquillistas revisaban cada línea de sombra, cada pestaña postiza. Una mancha, una gota de sudor, y el teatro se vendría abajo.

-Recuerda -insistió Beatriz, sujetándola por los hombros para que no temblara-: eres Lara. Fuiste a la escuela de ballet en París. Te rompiste el tobillo a los diecisiete. Odias las gardenias. No soportas el chocolate con leche. ¿Qué más?

Mía parpadeó. La cabeza le daba vueltas, no solo por el peso de la peluca rubia, sino por el miedo.

-Me dan náuseas los perfumes muy dulces -recitó, con la voz apenas audible.

Beatriz sonrió, satisfecha.

-Perfecto. Dos días. Solo tienes que engañar a todos durante dos días. Luego te vas. La transferencia se hará de inmediato.

El cheque, pensó Mía. El cheque que saldará las deudas médicas de su hermano. El cheque que compraría un mes más de vida. El precio de su conciencia.

Las puertas dobles del salón se abrieron con un crujido solemne.

La música de violines brotó como un río de cristal. Al fondo, una alfombra blanca -no roja, blanca como una lápida recién pulida- la condujo directamente al hombre que la esperaba: Héctor Rivera.

Era más alto de lo que imaginaba. El traje negro, perfectamente entallado, resaltaba la tensión contenida en sus hombros anchos. Sus ojos oscuros -más oscuros que en las fotos de revista- la recorrieron de pies a cabeza, fijos, sin pestañear, como si desnudara la mentira capa por capa.

Mía sintió el pulso en la garganta. Quiso bajar la mirada, pero Lara no lo haría. Alzó el mentón un par de milímetros. Forzó una sonrisa pequeña, casi burlona, que practicó frente al espejo durante horas.

Un paso. Otro. Cada tacón golpeó la alfombra como un disparo. A cada lado, una multitud de rostros: familiares, políticos, empresarios. Caras sonrientes, bocas murmurando felicitaciones, ojos brillantes de curiosidad y envidia. Nadie sospechaba que bajo esa piel de porcelana se escondía una actriz de tercera, entrenada para no tartamudear ni llorar.

Beatriz, oculta entre los invitados, hizo un leve gesto con la mano: Lenta. Erguida.

Mía respiró hondo. La seda del vestido le rozó los tobillos. Sintió el roce húmedo de una gota de sudor bajándole por la espalda, mezclándose con la cinta adhesiva de la prótesis.

Héctor no sonrió. Ni se movió. Esperó a que ella llegara hasta el arco de flores, apenas inclinó la cabeza y extendió la mano. Mía colocó la suya sobre la de él: firme, fría, como el mármol. Por un segundo, su pulgar rozó la piel bajo el puño de la camisa; un detalle minúsculo, pero suficiente para sentir la corriente eléctrica que vibraba entre ellos.

-Lara. -Su voz era grave, metálica. Casi áspera-. Llegaste tarde.

Mía reprimió un escalofrío. No era una pregunta, ni un reproche. Era un reto. Una grieta.

Ella parpadeó despacio, como Lara. -Tuve... un contratiempo -respondió, modulando la voz con precisión quirúrgica. Ni demasiado dulce ni demasiado insegura.

Los labios de Héctor se crisparon apenas. En su mirada, algo se endureció. Sabe que algo no encaja, pensó Mía. No aún, pero pronto...

El sacerdote carraspeó. La música se apagó. Un murmullo expectante llenó el salón como una marea.

Los flashes de las cámaras estallaron. Mía sintió cada destello como un pinchazo en la sien.

Yo, Lara Salazar, te acepto...

Las palabras le sabían a sangre y a mentiras. Cada frase memorizada se mezclaba con la imagen de su hermano en la camilla del hospital. Resiste, se ordenó. Dos días. Dos días. Después, desaparecerás.

Cuando Héctor le colocó el anillo, sus dedos rozaron la piel interior de su muñeca. Un toque fugaz, casi accidental, pero Mía sintió la presión de su mirada, clavada en ella como un bisturí. Había calor allí, pero también peligro.

Aplausos. Brindis. Sonrisas. La música resurgió como un vendaval. Mía apenas escuchó a la multitud felicitarla. Cada beso en la mejilla era un alfiler que la mantenía despierta. Cada copa alzada era un recordatorio de que estaba sola. Rodeada de gente, pero más sola que nunca.

Cuando Héctor se inclinó para besarla frente a todos, sus labios rozaron los suyos apenas. Fríos. Su aliento sabía a menta, pero el beso fue una amenaza disfrazada de promesa.

-Bienvenida a la familia, Lara -susurró contra su oído. La forma en que pronunció su nombre hizo que la espalda se le helara bajo la seda.

Mía sonrió. Mantuvo la pose. Fingió felicidad.

Y en algún lugar, bajo el velo, una lágrima tibia se abrió paso hasta perderse entre el maquillaje. Nadie la vio. Ni siquiera Héctor.

Pero tarde o temprano, lo vería todo.

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