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Portada de la novela La diosa de venganza

La diosa de venganza

La muerte de mi hermano Javier a manos de la élite Montenegro cambió mi vida para siempre. Por un simple percance con un vestido, la cruel Sofía ordenó su ejecución, confiando en que su fortuna la protegería. Sin embargo, mi luto se ha convertido en una fría sed de venganza. Bajo una identidad falsa, me he infiltrado como la asistente de su prometido, Mateo Rivas. Mi objetivo es claro: arrebatarle lo que más ama y destruir su imperio desde adentro.
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Capítulo 2

La fiesta en la hacienda Montenegro estaba en su apogeo.

Música, risas, el olor a agave y comida cara flotaban en el aire.

Javier Vargas, mi hermano, trabajaba como mesero.

Era su forma de conseguir dinero extra para mis estudios.

Yo lo observaba desde una esquina, sintiéndome un poco fuera de lugar entre tanta gente rica.

Javier me sonrió desde lejos.

De repente, un grito agudo.

Sofía Montenegro, la hija consentida de la familia, estaba empapada en mezcal.

"¡Mi vestido! ¡Es un diseñador exclusivo, imbécil!"

Javier, pálido, intentaba disculparse.

"Fue un accidente, señorita Sofía, yo..."

"¡Cállate! ¡Arruinaste mi noche!"

Sus ojos eran fríos, crueles.

Vi cómo hacía una seña a dos hombres corpulentos, sus guardaespaldas.

Se llevaron a Javier.

Mi corazón se encogió.

Algo malo iba a pasar.

Corrí tras ellos, pero me detuvieron en la puerta de un cuarto trasero.

Escuché golpes. Gritos ahogados.

Luego, silencio.

Cuando finalmente me dejaron pasar, encontré a Javier en el suelo.

Sangre. Mucha sangre.

Sus ojos estaban abiertos, sin vida.

"No..." susurré.

El mundo se detuvo.

Sofía Montenegro lo había matado. Por un estúpido vestido.

Un dolor desgarrador me atravesó.

Lloré sobre su cuerpo frío hasta que no me quedaron lágrimas.

En ese momento, juré venganza.

Sofía Montenegro pagaría por lo que hizo.

Destruiría todo lo que ella amaba.

Los días siguientes fueron una niebla de dolor y planificación.

Descubrí que la gran obsesión de Sofía era Mateo Rivas.

CEO de "Consorcio Rivas", una constructora enorme.

Carismático, poderoso. El prometido de Sofía.

Ese sería mi camino.

Con mi título recién obtenido y una fachada de inocencia, busqué trabajo.

Investigué a Mateo, sus gustos, sus necesidades.

Me presenté a la entrevista para ser su asistente personal.

Usé mi inteligencia, mi supuesta dulzura.

Y mi belleza, que siempre había sido una herramienta.

Conseguí el puesto.

Isa Vargas, la hermana de un mesero asesinado, ahora era la sombra de Mateo Rivas.

El primer paso de mi plan estaba en marcha.

La cena de gala benéfica en el "Hotel Emperador Azteca" era la oportunidad perfecta.

Sofía estaría allí, ostentando a Mateo.

Yo estaría allí, trabajando, invisible.

Durante la noche, me aseguré de que la copa de Mateo nunca estuviera vacía.

Un poco más de vino aquí, un trago de tequila allá.

Él era sociable, hablaba con todos. No notó mi estrategia.

Al final de la noche, estaba visiblemente afectado por el alcohol.

"Señor Rivas, ¿se siente bien?" pregunté con fingida preocupación.

"Un poco... mareado, Isa. Demasiada gente, supongo."

"Permítame ayudarlo a su suite. La suite presidencial, ¿verdad?"

Asintió, apoyándose ligeramente en mí.

Lo llevé a la suite. Era opulenta, enorme.

Lo ayudé a sentarse en un sofá.

"Gracias, Isa. Eres muy eficiente."

"Solo hago mi trabajo, señor."

Esperé a que su respiración se hiciera más profunda, casi roncando.

Tomé su teléfono de la mesa.

Busqué el contacto de Sofía. "Mi Princesa", decía.

Qué ridículo.

Llamé.

"¿Mateo, cariño? ¿Dónde estás? Te estoy esperando." Su voz era melosa y demandante.

No dije nada.

Acerqué el teléfono a Mateo, que murmuraba algo ininteligible en su sueño etílico.

Luego, simulé gemidos suaves, susurros entrecortados.

"Oh, Mateo..."

"Mmm, más..."

Ruidos de besos, el roce de tela.

Colgué antes de que Sofía pudiera decir nada más.

Dejé el teléfono de Mateo donde estaba.

Me desabroché los dos primeros botones de mi blusa. Lo justo.

Revolví un poco mi cabello.

Me senté en una silla, en un rincón discreto pero visible si alguien entraba.

Y esperé.

La venganza había comenzado a servirse.

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