Portada de la novela Atada al Alfa por contrato

Atada al Alfa por contrato

8.0 / 10.0
La ruina financiera de su familia empuja a Luna a un acuerdo con Silas Blackwood, un magnate implacable que lidera en secreto a los hombres lobo. El pacto los obliga a un matrimonio fingido de un año por intereses políticos. Pese al desprecio de Silas por la humanidad, surge una química irresistible entre ambos. El hallazgo de poderes ancestrales en Luna revela que no es humana, forzando al Alfa a decidir entre su manada o el amor de su verdadera compañera.

Atada al Alfa por contrato Capítulo 1

El sonido de la lluvia golpeando los inmensos ventanales de la mansión familiar siempre me había parecido relajante. Era una melodía constante que me recordaba que, sin importar la tormenta que azotara afuera, los muros de piedra de los Sterling siempre nos mantendrían a salvo.

Qué equivocada estaba.

Esa tarde de martes, el mármol del vestíbulo se sentía más frío de lo normal bajo las suelas de mis zapatos. Al cruzar la puerta principal, no me recibió el habitual saludo cálido de nuestra ama de llaves, Martha, ni el aroma a café recién hecho que solía inundar la planta baja. En su lugar, un silencio sepulcral, espeso y asfixiante, colgaba en el aire.

Dejé mi abrigo empapado sobre el respaldo de una silla y caminé hacia el despacho de mi padre. Las pesadas puertas de caoba estaban entreabiertas. Desde el pasillo, podía escuchar el murmullo tenso de voces masculinas y el sonido inconfundible del llanto ahogado de una mujer. Mi madre.

Mi corazón dio un vuelco. Aceleré el paso y empujé la puerta.

La escena que encontré me paralizó en el umbral. Mi padre, Arthur Sterling, un hombre que siempre se había erguido con el orgullo de pertenecer a una de las familias fundadoras más ricas de la ciudad, parecía haber envejecido diez años. Estaba hundido en su sillón de cuero, con el rostro grisáceo y las manos temblorosas ocultando sus ojos. Mi madre estaba sentada en el sofá frente a la chimenea apagada, apretando un pañuelo de seda contra sus labios, con el maquillaje corrido por las lágrimas.

De pie frente al escritorio, con un maletín abierto y una montaña de carpetas esparcidas, se encontraba el señor Vance, el abogado de la familia.

-Papá... Mamá... -Mi voz sonó frágil, rompiendo el silencio como un cristal al caer-. ¿Qué está pasando? ¿Alguien enfermó?

Mi padre levantó la mirada. Sus ojos, normalmente llenos de una autoridad inquebrantable, ahora solo reflejaban un vacío aterrador.

-Luna, cariño... -susurró mi madre, extendiendo una mano temblorosa hacia mí. Me acerqué corriendo y me arrodillé junto a ella, tomando sus manos frías-. Se acabó. Todo se acabó.

Fruncí el ceño, mi mente luchando por procesar sus palabras. Miré al abogado, buscando una explicación racional.

-Señorita Sterling -comenzó el señor Vance, ajustándose las gafas con un gesto nervioso-. Lamentablemente, la situación financiera de la Corporación Sterling ha llegado a un punto... irreversible.

Me puse de pie lentamente, sintiendo que el aire empezaba a faltar en la habitación.

-¿Irreversible? ¿De qué está hablando? Papá cerró un trato millonario hace apenas un mes. Nuestras acciones estaban estables.

-Fue un fraude, Luna -la voz de mi padre sonó ronca, cargada de una derrota absoluta-. Mi socio... Marcus. Desvió los fondos de inversión a cuentas en paraísos fiscales. Falsificó los informes financieros durante los últimos tres años. Cuando la junta directiva lo descubrió esta mañana, él ya había abandonado el país. Nos dejó con una deuda que supera nuestro patrimonio líquido por diez.

El suelo pareció desaparecer bajo mis pies. ¿Fraude? ¿Deuda? Era imposible. Los Sterling éramos sinónimo de poder, de estabilidad. Yo había crecido rodeada de un lujo silencioso, educada para heredar un imperio, no para verlo desmoronarse en una sola tarde de lluvia.

-Pero... los seguros -balbuceé, desesperada por encontrar una salida lógica-. Los fondos fiduciarios. La mansión. Tenemos propiedades, tenemos inversiones...

El señor Vance negó con la cabeza, su expresión cargada de lástima.

-Los acreedores ya han iniciado las demandas, señorita Luna. Las cuentas bancarias han sido congeladas. La mansión, los autos, el fideicomiso que sus padres abrieron para usted... todo ha sido puesto como garantía contra las deudas de la empresa. En menos de cuarenta y ocho horas, el banco comenzará el proceso de embargo. Lo perderán todo. Absolutamente todo.

Las palabras cayeron sobre mí como piedras. Cientos de imágenes cruzaron por mi mente: mi padre enfrentando la cárcel por negligencia, mi madre perdiendo su hogar de toda la vida, el apellido Sterling arrastrado por el lodo en las portadas de todos los periódicos de chismes financieros.

De repente, un pensamiento me golpeó con la fuerza de un relámpago.

-¿Y los terrenos del norte? -pregunté, acercándome al escritorio con urgencia-. Las tierras forestales cerca del valle de Blackwood. Esas tierras han pertenecido a la familia de mi madre durante generaciones. No están a nombre de la empresa, son un bien privado. ¡Podemos venderlas! Es una propiedad inmensa, los desarrolladores inmobiliarios llevan años queriendo comprarla.

Mi padre soltó una risa amarga y sin humor.

-El banco las incluyó en la demanda de embargo esta tarde. Saben cuánto valen. Serán subastadas al mejor postor la próxima semana. Esas tierras son lo único que garantiza que no termine en una prisión federal, Luna.

Sentí que el estómago se me revolvía. Esas tierras eran intocables. Mi bisabuelo siempre decía que había un acuerdo antiguo de mantenerlas sin civilizar, un pacto cuyas razones se perdieron en el tiempo, pero que nuestra familia había jurado proteger. Venderlas ya era una traición a nuestra historia; perderlas a manos del banco para que fueran destruidas era impensable.

-Tiene que haber una solución -dije, mi voz endureciéndose, negándome a aceptar que esta era la escena final-. Señor Vance, usted es el mejor abogado de la ciudad. Debe haber una laguna legal, un inversor dispuesto a absorber la deuda, un préstamo de emergencia... ¡Algo!

El abogado cerró su maletín con un clic seco. El sonido resonó en la habitación, marcando el fin de nuestra antigua vida.

-De hecho... -El señor Vance dudó, intercambiando una mirada sombría con mi padre antes de volver a mirarme a mí-. Existe una opción. Un inversor privado se contactó con mi bufete hace apenas una hora, poco después de que la noticia del fraude se filtrara en los círculos internos.

-¿Quién? -exigí saber, sintiendo una chispa de esperanza encenderse en mi pecho-. ¿Quién está dispuesto a cubrir un agujero financiero de esta magnitud?

-Silas Blackwood.

El nombre heló la sangre en mis venas. Incluso en mi burbuja de privilegios, conocía ese nombre. Silas Blackwood no era solo un multimillonario; era una fuerza de la naturaleza implacable. Un hombre de negocios despiadado, conocido por despedazar empresas rivales y por su aura gélida e intimidante. Nunca aparecía en revistas de la alta sociedad y rara vez se le veía en público, pero su influencia controlaba la mitad de la ciudad desde las sombras.

-¿Blackwood? -susurré, la esperanza convirtiéndose rápidamente en desconfianza-. ¿Por qué alguien como él querría salvarnos? ¿Qué quiere a cambio? ¿Las tierras del norte?

Mi padre cerró los ojos y dejó caer la cabeza contra el respaldo de su sillón. Una lágrima solitaria trazó un camino por su mejilla envejecida.

-Él pagará cada centavo de la deuda, limpiará mi nombre y evitará el embargo de las propiedades -dijo mi padre con un hilo de voz-. Pero a cambio... pide el título de propiedad de las tierras del norte, y algo más.

-¿Qué más? -Mi respiración se agitó. El pánico empezó a trepar por mi garganta al ver la mirada destrozada de mis padres.

El señor Vance me miró fijamente, ajustando sus gafas una vez más.

-A usted, señorita Luna. El señor Blackwood exige un matrimonio legal con usted. Si no firma el contrato nupcial mañana a primera hora, dejará que la familia Sterling arda hasta los cimientos.

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