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Portada de la novela La debilidad de Santori

La debilidad de Santori

Martha disfrutaba de un matrimonio estable hasta que su marido se desvanece en el océano durante su luna de miel. Convertida en la principal sospechosa, su destino se complica con la llegada de Gio Santori. Este implacable mafioso italiano le reclama una suma millonaria que ella desconoce por completo. Entre el asedio criminal y la sospecha policial, Martha luchará por demostrar su inocencia o revelar si realmente ocultaba un oscuro secreto con su esposo.
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Capítulo 1

1-Martha

Tengo tres meses sin dirección, me siento como lanzada en una balsa en mar abierto a la deriva, sin agua, ni comida, sin salvavidas, me siento morir mientras nadie cree en mi inocencia.

Me culpan por algo que no hice.

Me culpan a mí, que no mataba a una cucaracha porque me parecía despreciable ver morir a alguien. Si tan solo recordará esa noche en la que mi vida se derrumbó como un castillo de naipes.

—Pónganse de pie para recibir al honorable, juez Carter— habla en voz alta y clara un oficial del juzgado, mis piernas tiemblan, aun así, me pongo de pie

Aún no puedo creer que esto me estaba pasando parezco disco rayado, pero, esto debía de ser un error una broma de cámara escondida, ¡que por favor griten corte! y todos se rían, pensé en mi fuero interno, pero nadie dijo nada, nadie interrumpió al juez y me sacó de aquí corriendo.

—Buenos tardes— saluda educadamente —soy el juez James Carter, de la corte principal de Washington —expresa como cada vez que entra —estamos aquí para escuchar el veredicto al que llegó el jurado presente —los señala y trago saliva —¿es verdad que llegaron a una decisión unánime? —preguntó muy serio.

Todos los jurados asienten en acuerdo y comienzo a sudar, le pasan el sobre al juez y cuando termina de leer lo devuelve al jurado.

—Contra el caso del estado contra Martha Winkeljohann, por la muerte y desaparición de Miguel Hidalgo —habla la vocera del jurado.

Y me desconecté...

¿Has pensado a veces que si te pellizcas despiertas de un mal sueño?

Me pasaba mucho de pequeña, cuando veía una mala película que me producía pesadillas por semanas era una niña tonta que no quería hacerle caso a su mamá cuando le decía que no viera esas películas de adultos, para calmar mi mente mi madre me decía que si me pellizcaba podía despertar y me vería en mi cuarto y todo estaría bien. Los monstruos existen sólo en tu mente Martha, me repetía una y otra vez para poder conciliar de nuevo el sueño.

Pero este monstruo está en la vida real y me arrebato mi vida entera.

¿Soy yo ese monstruo del que hablan?

Esta vez no me funcionó lastimarme para despertar, no era un sueño, mi pesadilla era de la vida real.

Cada noche en mi celda me pellizqué en el brazo, golpeaba mi mejilla frente al espejo, me miraba y le pregunté a mi reflejo:

— ¿Qué hice? —me preguntaba mi yo del espejo.

— ¿Fuiste tú? —me devolvía la pregunta mientras tanto me veía extrañada.

— ¿Eres culpable de lo que te acusan, Martha?

No me reconocía, ya no era yo la que me devolvía el reflejo del espejo.

Todos me dicen lo culpable que soy y siento vértigo al oír sus reclamos y exigencias, pero yo no fui. Ya no sé cómo repetirlo, las únicas personas que me creen es Julio y Sofía.

No pude haberlo hecho.

No soy así, no soy esa clase de persona.

Yo amé a mi esposo, aun lo amo.

No sé qué pasó esa noche. Esa fatídica noche.

Comienzo a dudar de mí, de mi cordura, el no saber que pasó me tiene totalmente tambaleante psicológicamente por todo lo que ha pasado en poco tiempo.

Estoy viviendo una verdadera pesadilla desde hace tres meses, tengo que despertarme, debo despertarme, no quiero más esto. Esto tiene que ser un mal sueño, mi esposo está vivo y a mi lado cuando me despierte y me dirá lo tonta que fui por soñar algo así, me abrazara y me besara como otras veces, como siempre.

—En el cargo de homicidio culposo se declara a la acusada culpable —retumbó la voz de la vocera trayéndome al presente y mi inminente desgracia.

—Soy inocente, su señoría —hablé en un hilo de voz.

Es lo que soy. Soy inocente.

Estaba nerviosa, mi jefe Julio se veía nervioso, habías dos personas del periódico que yo conocía personalmente tomando notas y me miraban angustiados y con pena, pero anotando todo para la cuantiosa noticia que le producía mí caso.

Tengo unas terribles ganas de gritar como una desquiciada por mi libertad y mi inocencia.

Me siento mareada y a punto de vomitar, aunque no he desayunado nada.

Estábamos todos de pie en este juzgado frío e impersonal, el aire acondicionado estaba funcionando bastante bien y aun así una película de sudor cubría mi frente, apreté mi mono naranja para mantener mis nervios a raya, sentía la mirada pesada de alguien, pero no me atreví a voltear y mirar a nadie.

—Oficial tome en custodia a la acusada, esperara en la cárcel hasta dictar su sentencia— el juez se toma su tiempo para leer mientras quiero comerme mis uñas.

Su martillo es lo último que escuché porque mis oídos comenzaron a zumbar con un pitido molesto, puntos negros aparecieron en mi visión, perdiendo el control de mi cuerpo, no sentí dolor al caer al piso, las personas a mi alrededor dicen que gritaba de angustia y no lo recuerdo.

—Martha, apelaré tu caso, los abogados van a trabajar en eso —me decía mi jefe sumamente impotente por no poder ayudarme.

Pero no más impotente que yo.

Mi hijo.

¡Dios, mío!

¡Mi Dieguito!

—¡Soy inocente! —grité y grité mi verdad desde mi celda mientras lloraba desconsolada— mi hijo me necesita.

Siento que me necesita, siento que mi hijo me extraña igual o más de lo que yo lo extraño.

Ya habían apagado las luces y las presas gruñían molestas por mis gritos desesperados.

—Dile eso a otra —rechina molesta mi compañera de celda, Isolda.

—¡Soy inocente! —repetí con vehemencia —no maté a mi esposo, debes creerme.

—Yo no debo hacer nada— alegó casi aburrida —las que están aquí son culpables de algo —argumentó molesta —son culpables porque cometieron un crimen o por confiar en quienes no debían.

—Mi esposo me amaba, yo lo sé —murmuré — y, soy inocente.

—Ahora cuéntame una de vaquero —se burló y bufó perdiendo su paciencia conmigo.

Mi compañera de celda era una mulata alta de casi metro noventa, de huesos grandes, tenía trenzas en su cabello oscuro, ojos también oscuros y enigmáticos, una boca voluptuosa y de nariz grande. Seguramente buscaba que me matarán por desafiarla con ella.

—No es un cuento— le aseguré —, no me pegaba, no peleaba y en ocho años de matrimonio todo fue perfecto entre nosotros.

—¿Tanta perfección no te asustaba? — añadió seriamente curiosa —entonces... —ladeo la cabeza y me vio de forma extraña— ¿qué fue lo que te pasó?

—Es una larga historia —balbucee al punto del llanto nuevamente sólo de recordarlo.

—Tendrás mucho tiempo metida en esta celda conmigo, cuando quieras, habla... — suavizó su rostro y su tono de voz.

—Hace tres meses mi esposo y yo...

Y comencé a contarle a una perfecta extraña mi vida entera, porque por los próximos años no tendría más nada que hacer.

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