Portada de la novela Engañada, repudiada y de repente rica

Engañada, repudiada y de repente rica

8.9 / 10.0
Tras ser repudiada, Eleanor usa sus identidades secretas para salvar a su familia y volverse la mujer más rica en Engañada, repudiada y de repente rica. En esta mafia novel de acción, ella enfrenta a sus rivales mientras huye de un jefe obsesionado. Lee este free online novel ahora.
Resumen de Engañada, repudiada y de repente rica
Eleanor queda en la ruina y cargada de deudas tras ser suplantada por la verdadera heredera. Sin rendirse, emplea sus identidades ocultas para cambiar su destino: entrega un imperio a su hermano mayor, salva la trayectoria de su hermano actor y defiende el prestigio de su hermano diseñador. Pese a las constantes agresiones de su enemiga, Eleanor se consagra como la mujer más rica del planeta mientras huye de un jefe mafioso que vive obsesionado con ella.
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Engañada, repudiada y de repente rica Capítulo 1

La noche era hipnótica. El suave resplandor de la luna se filtraba por los amplios ventanales, bañando con una luz etérea las dos figuras entrelazadas sobre la cama. Sus besos eran ardientes, desesperados, cargados de un anhelo profundo, casi palpable, que parecía impregnar el aire de la habitación con una tensión carnal.

Por un instante, los movimientos del hombre vacilaron. Se apartó ligeramente, y la sorpresa se reflejó en su mirada al descubrir que la mujer bajo él aún era virgen.

Pero antes de que pudiera asimilar la revelación, unos brazos delgados le rodearon el cuello y lo atrajeron de nuevo hacia ella. Su mirada, nublada por el alcohol y el deseo, lo cautivó como un canto de sirena. La resistencia fue inútil ante el efecto del afrodisíaco y un deseo abrumador. Con un gruñido gutural, se rindió al embriagador hechizo de la noche.

La luz del alba se deslizó sobre las sábanas arrugadas y despertó a Eleanor Marsh. Se giró hacia la figura dormida a su lado, observando cómo la luz doraba sus facciones esculpidas, confiriéndoles una perfección casi sobrenatural.

Los recuerdos de su imprudente pasión regresaron con una claridad punzante. Había pasado años protegiendo su virginidad solo para perderla de una forma tan temeraria y, nada menos, que con un acompañante.

Sus labios esbozaron una sonrisa amarga. Cuando su mejor amiga le mencionó que le conseguiría un acompañante, Eleanor asumió que era una broma; jamás imaginó que se haría realidad.

Sin embargo, entre la neblina del alcohol y el dolor de haber sido expulsada de su hogar, había actuado por impulso, entregándose sin dudarlo.

"Considerando lo apuesto que eres, supongo que la noche valió la pena", susurró Eleanor, mientras la yema de sus dedos recorría con aprecio la mandíbula cincelada del hombre.

Tras contemplarlo un momento más, retiró la mano y se levantó de la cama. Su mirada se detuvo en las marcas carmesí que salpicaban la piel de ambos, mudos testimonios de su febril pasión.

Sin perturbar su sueño, Eleanor se vistió con metódica calma y dejó una elegante tarjeta de crédito negra sobre la mesita de noche. La puerta se cerró tras ella con un clic definitivo.

Solo entonces el hombre se movió. Abrió los ojos de golpe, y en ellos brilló un destello de agudeza. Lentamente, se incorporó mientras la luz del sol se deslizaba sobre su pecho y sus abdominales definidos.

"¿Así que te vas sin decir nada? Qué mujer tan astuta", murmuró con media sonrisa, y su mirada se posó en la tarjeta de crédito que ella había dejado. "Con que pensó que estaba con ella por dinero… Interesante".

El hombre tomó su teléfono y se levantó con la gracia felina de una pantera. La luz matutina bañaba su figura escultural, una obra de arte tallada por los mismos dioses.

Apoyado en el marco de la ventana, marcó un número con dedos firmes. "Soy yo", dijo en cuanto contestaron, con una voz resuelta y cargada de autoridad. "Necesito información sobre una mujer".

Mientras tanto, Eleanor ya estaba en su elegante convertible. Con unas gafas de sol y el largo cabello ondeando libremente al viento, proyectaba una imagen de calma y despreocupación. Era como si la imprudencia de la noche anterior la hubiese liberado de una carga invisible, otorgándole una rara sensación de libertad.

Mientras conducía, una pregunta rondaba su mente: ¿se arrepentía de lo que había hecho? La respuesta era clara: no. Nunca se había arrepentido de una sola de sus decisiones, aunque el peso de su pasado persistía.

Su único lamento era haber pasado años intentando cumplir las expectativas de sus padres, soportando sus estrictas exigencias sin cuestionarlas jamás.

Ellos no aceptaban nada menos que la perfección, y ella siempre había cumplido. Sus logros académicos eran impecables; siempre obtenía el primer lugar en cada examen. Cuando le exigieron que no se distrajera con romances, ella obedeció: rechazó a cada pretendiente y no conoció la intimidad hasta la noche anterior.

Trabajó incansablemente para ganarse su aprobación, esperando recibir aunque fuera el más mínimo elogio, pero todo lo que obtuvo a cambio fue una fría indiferencia y un trato aún más severo.

Durante años, se aferró a la creencia de que la severidad de sus padres nacía del cariño. Esa frágil ilusión se hizo añicos días atrás, con la aparición de la hija biológica de ellos, a quien daban por perdida.

El afecto que Eleanor siempre había anhelado se volcó con generosidad sobre aquella joven, a quien le bastaba un simple parpadeo para obtener lo que años de perfección no le habían conseguido a ella.

Sin embargo, lo más indignante fue lo que sucedió la noche anterior. La hija biológica de ellos la culpó de haber roto un jarrón, lo que provocó que la echaran de la casa sin la menor contemplación.

Sumergida en sus amargos pensamientos, Eleanor no se dio cuenta de que había conducido por instinto de vuelta a la mansión Marsh, hasta que el chirrido de los neumáticos sobre los adoquines la sacó de su ensimismamiento.

Al bajar del auto, sus ojos se posaron de inmediato en su equipaje, arrojado sin cuidado junto a la entrada.

Allí estaba ella, de pie, con los brazos cruzados y la barbilla en alto en un gesto de arrogante desafío. Era Camila Marsh, la verdadera heredera, quien miraba a Eleanor con una mezcla de desdén y satisfacción. "Has sido expulsada de la familia Marsh, Eleanor Harris", dijo Camila, saboreando la incomodidad de Eleanor con una voz que destilaba superioridad.

El rostro de Eleanor se mantuvo frío e imperturbable mientras señalaba el montón de sus pertenencias. "¿De verdad tienes tantas ganas de verme fuera de esta casa?".

"Por supuesto", escupió Camila, con la voz cargada de desprecio. "Solo verte me da asco. La idea de que tú, una impostora, vivieras la vida que me correspondía… es repugnante. ¿Con qué derecho disfrutas de todo lo que esta familia posee?". El rostro de Camila se contrajo por la furia, y sus palabras estaban impregnadas de veneno. "Ahora que yo he vuelto, es hora de que te largues. La impostora no tiene lugar aquí".

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