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Portada de la novela Juego de ambición

Juego de ambición

El anuncio del embarazo de Lya desata una tormenta frente a Alexander y Katherine. Al revelar que espera al hijo varón que el matrimonio no pudo tener, la hostilidad de la esposa se vuelve letal. Lejos de protegerla, Alexander reacciona con una indiferencia gélida, rechazando cualquier vínculo con ella. Sola y vulnerable ante el desprecio del hombre que amaba, Lya es obligada a marcharse, enfrentando un destino incierto mientras Katherine planea su caída.
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Capítulo 2

Tristan entrecerró los ojos, estudiándola con el mismo interés con el que un jugador de ajedrez analiza una pieza clave antes de un jaque mate.

-Perdiste todo en una jugada sucia. Eso me irrita.

Lya frunció el ceño, la desconfianza tiñendo su mirada.

-¿Por qué te importa?

Tristan sonrió. No una sonrisa amable, sino la de un lobo que ha encontrado a su próxima presa.

-Porque odio a los hombres como Alexander.

Lya levantó una ceja, incrédula.

-He oído cosas sobre usted. Que nunca da algo sin esperar el triple a cambio.

Él soltó una carcajada baja, oscura.

-Eres lista. Me gusta. No es difícil ver lo que él vio en ti.

Las palabras la golpearon como un bofetón.

-¿Soy... un juguete para ti?

Tristan inclinó la cabeza, como si la idea lo divirtiera.

-Depende. Si aceptas mi oferta... puedes ser una reina.

Un escalofrío le recorrió la espalda, y no tenía nada que ver con la lluvia que empapaba su piel.

-¿Qué oferta?

Él deslizó una tarjeta negra entre sus dedos y se la entregó, su mirada ardiendo con una promesa peligrosa.

-Quiero que trabajes para mí. Pero no como abogada. Como un arma.

Lya sintió que el mundo giraba a su alrededor.

-¿Quieres que me vengue?

Tristan se encogió de hombros con elegancia.

-Quiero que te recuperes. Y si en el camino destruyes a Alexander y a su encantadora esposa... bueno, eso será un hermoso bonus.

El corazón de Lya latía con fuerza.

-¿Cómo puedo confiar en usted?

Tristan sonrió de nuevo, su voz como un veneno dulce.

-No puedes. Pero eso es lo interesante.

Se inclinó más cerca, su aliento cálido a pesar de la lluvia.

-Piensa en tu hijo, Lya. No se merece nacer como un bastardo abandonado.

Lya apretó los labios, sintiendo el peso de la tarjeta en su mano.

¿Era una locura?

¿O la única manera de sobrevivir?

-¿Y si acepto? -susurró, su voz apenas audible.

Tristan sonrió, como si ya supiera su respuesta. Se inclinó sobre la mesa y deslizó un documento frente a ella.

-Entonces firmamos un contrato.

Lya parpadeó, aturdida.

-¿Un contrato?

-Reglas claras, beneficios mutuos -dijo él con calma, girando la hoja hacia ella-. Protección, dinero, un techo para ti y tu hijo. A cambio... lealtad absoluta.

-Quiero que sepas que no dormiré contigo, no quiero nada sexual- se atrevió ella a exigir.

El le dio una larga mirada.

-Cariño, las mujeres saltan a mi cama, nunca esta vacía.

Unas horas después, en casa de Tristán. Lya recorrió el papel con la mirada. Todo estaba detallado: su estadía, su manutención, la seguridad para ella y su bebé. No le pedía nada más que lealtad y obediencia.

Lealtad.

Era un concepto extraño, pensando en lo que había pasado horas antes, al menos ahora él no podría solo darle la espalda.

Sus manos temblaban cuando tomó la pluma. Con un nudo en la garganta, firmó.

La tinta apenas se había secado cuando todo a su alrededor se tornó borroso. Su cabeza zumbó, sus extremidades se sintieron pesadas.

-Lya.

La voz de Tristan sonó distante. Un mareo la envolvió, y antes de poder aferrarse a algo, su mundo se oscureció.

Cuando despertó, la luz era tenue. No estaba en el suelo ni en un hospital. Estaba sobre una cama cálida, con sábanas suaves rodeándola.

Se incorporó lentamente, sintiendo un paño húmedo en su frente. Tristan estaba a su lado, sosteniéndolo.

-Al fin despiertas -murmuró él, con una sombra de preocupación en su mirada.

Lya entreabrió los labios, sorprendida.

-¿Qué... qué pasó?

-Debió ser el estrés de las ultimas horas. Tu cuerpo decidió apagarse.

Antes de que pudiera responder, Tristan se levantó y regresó con una bandeja de comida. Sopa caliente, pan recién horneado, jugo de naranja.

Lya se quedó paralizada. No era el tipo de gesto que esperaba de él.

-Come -dijo con firmeza-. No te quiero cayéndote por ahí.

Ella tomó la cuchara, sintiéndose extrañamente vulnerable. Tristan no parecía un hombre que cuidara a nadie. Y, sin embargo, ahí estaba. El celular del hombre sonó en su bolsillo e hizo un gesto para salir de la habitación, aunque dejo la puerta un poco abierta, dejando que su voz se filtrara.

Pero la calidez del momento se rompió cuando escuchó su voz en el pasillo.

-Mantén todo listo. La quiero controlada.

Lya se quedó helada. Se puso de pie con cuidado, avanzando sin hacer ruido hasta la puerta.

-No, aún no lo sabe -continuó Tristan, su tono bajo y calculador-. Pero lo hará... cuando sea el momento adecuado.

Lya sintió un escalofrío recorrerle la espalda. ¿Qué demonios estaba planeando Tristan?

Se deslizó de vuelta a la cama justo cuando Tristan entró. Su expresión era la de siempre: impenetrable, calculadora. Pero ahora Lya veía más allá.

-¿Todo bien? -preguntó él con una sonrisa ladeada.

Ella asintió lentamente, obligándose a aparentar calma.

-Sí... Solo cansada.

Tristan la observó por un momento, como si evaluara si decirle algo más. Luego dejó el teléfono en la mesa y se inclinó hacia ella.

-Descansa. A partir de mañana, el mundo ya no será el mismo para ti.

Le acarició la mejilla con el dorso de los dedos. Su toque era suave, casi tierno... Demasiado perfecto.

Cuando salió de la habitación, Lya supo que no podía quedarse de brazos cruzados. Algo estaba muy mal.

Esperó unos minutos hasta asegurarse de que Tristan se había ido. Luego tomó su teléfono. Tenía que salir de allí. Tenía que encontrar una salida.

Pero antes de que pudiera hacer algo, la pantalla se apagó de golpe.

Lya frunció el ceño y presionó el botón de encendido. Nada.

De repente, el sonido de la cerradura resonó en la habitación.

Lya corrió hacia la puerta y giró la perilla. No se movió.

Estaba encerrada.

El pánico se apoderó de ella mientras golpeaba la puerta.

-¡Tristan! ¡Ábreme ahora mismo!

El sonido de unos pasos lentos y calculados la hizo contener la respiración.

-Oh, Lya... -La voz de Tristan sonó desde el otro lado, con una calma aterradora-. Pensé que ya habíamos hablado de esto.

-¡¿De qué demonios hablas?! ¡Ábreme esta puerta!

Un silencio. Luego, una carcajada baja y oscura.

-No puedo arriesgarme a que tomes decisiones equivocadas. No después de que firmaste el contrato.

Lya sintió su estómago hundirse.

-¿Qué hiciste?

-Lo mismo que tú, cariño. Asegurarme de que no haya forma de perder.

El sonido de su risa se desvaneció mientras sus pasos se alejaban.

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