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Portada de la novela Juego de ambición

Juego de ambición

El anuncio del embarazo de Lya desata una tormenta frente a Alexander y Katherine. Al revelar que espera al hijo varón que el matrimonio no pudo tener, la hostilidad de la esposa se vuelve letal. Lejos de protegerla, Alexander reacciona con una indiferencia gélida, rechazando cualquier vínculo con ella. Sola y vulnerable ante el desprecio del hombre que amaba, Lya es obligada a marcharse, enfrentando un destino incierto mientras Katherine planea su caída.
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Capítulo 3

Lya apenas había dormido. La noche había sido un torbellino de pensamientos oscuros, cada uno más desesperanzador que el anterior. Su futuro se sentía como un túnel sin salida.

El crujir de unos pasos tras la puerta la hizo tensarse. Su pulso martilleó en su pecho. El miedo y la locura se mezclaron como veneno en su sangre.

La puerta se abrió con un chirrido lento y siniestro.

Tristán apareció en el umbral.

Lya saltó de la cama, retrocediendo como si él fuera una bestia.

-¡Estás loco! -gritó, retrocediendo hasta la pared- ¡Solo déjame salir!

Tristán la miró, impasible.

-No puedes salir. No así.

-¡Déjame ir!

La desesperación se transformó en acción. Se lanzó hacia la puerta, pero Tristán fue más rápido. Su mano se cerró alrededor de su muñeca como un grillete de acero.

-¡Suéltame! -forcejeó, pero él no la soltó.

-¡Lya, escúchame! -rugió, su voz cortante como un cuchillo-. ¡Katherine quiere matarte!

Las palabras la congelaron.

-¿Qué... qué dijiste?

Tristán la miró con una mezcla de ira y urgencia.

-Desde que supo lo del bebé, ha estado buscando formas de hacerte abortar. No quiere que nazca. Seria reconocer que ella es el problema y no Alexander.

El estómago de Lya se revolvió.

-Eso es mentira...

-No lo es -su tono era grave-. He visto los mensajes, las llamadas que ha hecho a ciertas personas. Y ahora intentaran desaparecerte.

Lya sintió que la habitación giraba.

-No... no puede ser...

-Por eso te traje aquí. No para encerrarte, sino para protegerte.

Su corazón latía desbocado. Todo en ella gritaba que no confiara en él. Pero el miedo la tenía atrapada.

Tristán aflojó su agarre, su voz se volvió un susurro áspero.

-Te llevaré a un médico para una revisión por el desmayo de ayer. Quiero saber si estás bien.

Lya vaciló.

-¿Por qué harías eso?

Él la miró, serio.

-Porque este bebé es importante.

No supo qué responder.

Minutos después, en el consultorio, Lya observó a la doctora con el corazón latiéndole en los oídos. No estaba segura aun si podía confiar o no en ese hombre.

-Tu embarazo es de alto riesgo -dijo la doctora con calma-. El líquido amniótico ha disminuido.

Un escalofrío la recorrió.

-¿Eso significa que...?

-Debes tener reposo absoluto. No puedes correr riesgos.

Lya sintió un temblor en sus manos. Tristán, sin decir una palabra, se las tomó con suavidad.

-Vamos a solucionarlo -susurró.

Ella no apartó la mano. Tal vez porque, en ese momento, lo necesitaba. Tomaría lo que pudiera de esta situación y lo haría lo mejor que pudiera. Salieron del consultorio bajo la lluvia. Lya aún estaba en shock cuando un ruido la hizo voltear.

Luces. Un coche acelerando directo hacia ella.

No tuvo tiempo de reaccionar.

Pero Tristán sí.

La sujetó con fuerza y la empujó fuera del camino. El giro para protegerla con su cuerpo, cubriéndola con su cuerpo mientras el auto pasaba rugiendo a centímetros.

El corazón de Lya martilleaba en su pecho.

Tristán la miró, sus ojos encendidos por una furia peligrosa.

-Te lo dije -susurró con voz oscura-. Quieren matarte.

Lya tragó saliva.

Y por primera vez, supo que no podía escapar.

La lluvia golpeaba el parabrisas con furia mientras Tristán conducía en dirección a su apartamento. Lya estaba en shock, su cuerpo temblaba sin control. Acababan de intentar matarla. Su mente giraba en espiral. Su embarazo estaba en peligro. Katherine quería verla muerta. Y ahora... ahora dependía de Tristán para seguir con vida.

El auto se detuvo bruscamente frente a la casa. Tristán apagó el motor y giró hacia ella.

-Debemos ser más cuidadosos -dijo con voz tensa-. Esto es solo el comienzo.

Lya asintió sin decir palabra. Sus pensamientos eran un caos.

Tristán empujo el celular de ella en su dirección.

-Lamento dejarte incomunicada ayer, pero no sabía lo que podrías hacer- hubo un silencio de parte de el -me refiero a que podrías llamarlo o buscarlo y eso podría lastimarte.

-Yo...- Lya no fue capaz de responder.

-Mira se que haces con tu vida lo que quieras, pero te vi desmayarte, estas embarazada y acabas de escuchar a la doctora, necesitas estabilidad y no sé, si las redes sociales, puedan hacer eso por ti.

-Gracias- Fue todo lo que Lya pudo decir.

Apenas puso un pie en la casa, su celular vibró en su bolsillo. Lo sacó con dedos entumecidos. Era su hermana menor.

-¿Sofía? -su voz sonó más frágil de lo que esperaba.

Al otro lado de la línea, solo escuchó una respiración agitada.

-Lya... -la voz de su hermana estaba al borde de la histeria-. Mamá y papá lo saben.

El corazón de Lya se detuvo un segundo.

-¿Qué...? ¿De qué hablas?

-Las fotos. Alguien dejó un sobre en la puerta. Lo abrí yo, pero mamá y papá lo vieron antes de que pudiera hacer algo. Eran fotos tuyas con Alexander.

El aire se le atoró en la garganta.

-No...

-Lya, están furiosos. Desesperados. Mamá lloraba sin parar, papá... nunca lo había visto así. Dicen que eres una vergüenza. Que fuiste la amante de un hombre casado.

El suelo pareció abrirse bajo sus pies.

-Sofía... dime que no es verdad...

Pero su hermana sollozó al otro lado del teléfono.

-Dicen que no quieren volver a verte. Que ojalá nunca hubieras nacido.

Un puñal le atravesó el pecho.

El celular resbaló de su mano y golpeó el suelo. Lya sintió las piernas ceder y cayó sobre el sofá, abrazándose a sí misma, intentando contener el dolor que la desgarraba desde adentro.

No era posible. Sus padres... su familia... No podían rechazarla así.

Pero lo habían hecho.

Un nudo ardiente se instaló en su garganta, su respiración se volvió errática. Lágrimas calientes cayeron por su rostro.

Tristán se agachó frente a ella, recogió el celular del suelo y lo colocó sobre la mesa.

-Lya...

Ella negó con la cabeza, con los ojos anegados de dolor.

-No... no puedo... -susurró, con la voz rota.

Tristán la observó en silencio. No había burla en su rostro. Ni frialdad. Solo algo que se parecía demasiado a la comprensión.

Se sentó a su lado, sin tocarla, sin forzarla.

Pero Lya sintió su presencia. Firme. Presente.

Y en ese instante, se dio cuenta de que estaba verdaderamente sola.

No tenía a sus padres.

No tenía a Alexander.

No tenía a nadie.

Excepto, tal vez... a él.

Y eso la aterraba aún más.

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