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Portada de la novela Hasta que tus fobias nos separen

Hasta que tus fobias nos separen

Magnus se enfrenta a un dilema tras la muerte de su abuelo: el testamento le obliga a contraer matrimonio si desea obtener la herencia. No obstante, su fobia severa a los gérmenes y al contacto humano convierte este requisito en un calvario personal. Aunque él percibe a su prometida como un riesgo sanitario constante, ella está dispuesta a desafiarlo. En este enlace por contrato, Magnus deberá luchar para no perder la cordura ante sus propios temores.
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Capítulo 1

En un día que parecía digno del más crudo invierno, la mano enguantada de Magnus Grandón aferró con fuerza el mango del paraguas y observó, complacido, que ninguna gota de lluvia le había mojado la ropa.

En una ciudad con tanta contaminación ambiental como en la que vivía, la lluvia no debía ser muy diferente al agua de las cloacas: sucia, ácida, asquerosa. Se sacudió en un escalofrío y se encogió, para seguir bien protegido bajo el paraguas.

A su lado, una de sus tías tenía salpicado el hombro y parte del brazo. Pobre mujer, ya nada se podía hacer por ella.

En la otra mano, Magnus cargaba un ramo de flores, cubiertas en su totalidad por papel celofán. Parecían plastificadas.

—Padre nuestro, recibe a tu lado el alma de Álvaro Grandón, patriarca de la familia, amado padre y abuelo, que ha partido dejando un gran vacío en todos quienes lo amaban —decía el sacerdote, con voz solemne y profunda.

Magnus, con hipnótica expresión, miraba las gotas de lluvia resbalar por la brillante cubierta del ataúd de su abuelo, de su amado y dulce abuelo. En su mente, se dibujaron los esbozos de uno de sus amados recuerdos, como flashbacks de Vietnam:

—¡Abuelo, sácame de aquí, por favor! Está oscuro... no puedo respirar... —rogaba el Magnus de diez años.

—Claro que sí, hay aire suficiente. Allí te quedarás hasta que aprendas a ser un hombre —decía el dulce abuelo, con su sonrisa demencial.

—Magnus, querido. Mis condolencias —le dijo la tía Agustina, regresándolo al presente.

—Gracias, igualmente —dijo él, retrocediendo para eludir el abrazo de la mujer.

Todos a su alrededor se abrazaban.

A diferencia de lo que muchos podían pensar, la familia Grandón no era muy grande, sus miembros tenían la mala ocurrencia de morir. Así había pasado con la abuela, con los padres de Magnus y con el esposo de su tía Elena, que lo había criado como a un hijo. Sin embargo, había allí mucha gente: socios de la empresa, amigos de la familia, desconocidos, nadie que le importara mucho. Y para su fortuna, nadie se le acercaba más de lo necesario, pero la probabilidad existía. A cada segundo que se extendía el funeral, la posibilidad de que alguien quisiera abrazarlo era una realidad, por eso detestaba los funerales.

Una mano le palmeó la espalda y casi se le salió el corazón por la boca.

—Resignación, Magnus, resignación —le dijo un infeliz.

Más que un consuelo, Magnus sentía que el tipo se había limpiado la mano en su espalda. Quería mirársela, quería sacudirse como un gusano hasta que el toque sobre su piel se borrara.

Mantuvo la compostura y suspiró.

Minutos después, el ataúd con el abuelo descendía a su último lecho, de donde tuvo la certeza de que ya no saldría jamás. Antes de que la multitud se agolpara en torno a la fosa, Magnus dejó caer dentro el ramo de flores que cargaba y escapó raudo a la seguridad de su auto.

—Es todo, se acabó, es el fin. Ya todo terminó. Vayámonos rápido de aquí, detesto el olor a cementerio.

El chofer arrancó el auto y condujo al lugar donde sería la lectura del testamento. No imaginaba Magnus que su abuelo tenía planeada una última jugarreta con la que seguir haciendo su vida miserable aún después de muerto.

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