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Portada de la novela Hasta que tus fobias nos separen

Hasta que tus fobias nos separen

Magnus se enfrenta a un dilema tras la muerte de su abuelo: el testamento le obliga a contraer matrimonio si desea obtener la herencia. No obstante, su fobia severa a los gérmenes y al contacto humano convierte este requisito en un calvario personal. Aunque él percibe a su prometida como un riesgo sanitario constante, ella está dispuesta a desafiarlo. En este enlace por contrato, Magnus deberá luchar para no perder la cordura ante sus propios temores.
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Capítulo 2

—Esto debe ser una broma —decía Agustina, abanicándose el rostro con su sombrero.

Era la hija mayor de Álvaro Grandón, una mujer rubia, que bordeaba los cincuenta. Divorciada tres veces, desempleada, con un hijo de treinta años, también desempleado. Se dedicaba a viajar y a darse lujos de todo tipo con su parte de las ganancias de la empresa familiar. Y se abanicaba como si no hubiera un mañana.

La lectura del testamento no se llevaría a cabo en el despacho de un abogado como Dios y la razón mandaban, eso hubiese sido demasiado corriente para el abuelo, mucho menos en alguna de las decenas de oficinas, cómodas y ventiladas, que había en las empresas Grandón, eso hubiese sido demasiado predecible para el excéntrico hombre.

El abuelo, en su infinita benevolencia, los había citado en la playa, en un puesto donde vendían hot dogs, tacos y frituras varias. Allí estaban ellos, los sobrevivientes de la familia Grandón, vestidos completamente de negro y enfundados en abrigos bajo un sol abrasador.

El garzón llegó con una bandeja. Les sirvió hot dogs a todos y unas jarras de cerveza que nadie pidió. La tía Elena se apresuró a coger una y se bebió más de la mitad de un sorbo antes de notar el modo en que la veían los demás. Tenía ella poco más de cuarenta años, era la hija menor. Había estudiado varias carreras, pero no había acabado ninguna. Sus intereses eran muy diversos y efímeros. Desde la muerte de su hermano, ella se había hecho cargo de la crianza de su sobrino, él era su principal preocupación, aunque ya fuera un hombre de veintisiete años.

De mirada indescifrable, pulcro cabello negro, rostro perfectamente afeitado, Magnus se mantenía estático. Apenas y respiraba. Sólo las gotas de sudor que perlaban su frente delataban que seguía vivo.

—¡Esto debe ser una broma!—volvió a repetir la tía Agustina.

El abogado, que vestía un atuendo veraniego muy propio del capitán de un barco, dio inicio a la lectura del documento. Tenía una sonrisa de oreja a oreja, nada adecuada para honrar la memoria de un difunto que apenas se enfriaba en su tumba.

Como todos esperaban, las empresas quedarían a cargo de Magnus, que tan buen trabajo venía haciendo desde que asumiera el mando hace unos años. Era el más responsable de la familia, el más eficiente, el más abnegado, el único que trabajaba.

—"Las propiedades de la capital serán de mi hija Elena, las de la costa, de Agustina, los autos"... —El abogado fue mencionando todas las posesiones del abuelo, que eran muchas.

Magnus suspiró, deseoso de quitarse el abrigo. Estaba derritiéndose. Y lo peor era que se había puesto mucha ropa debajo para minimizar el tacto si es que lo abrazaban en el funeral. Estaba a medio sofocar, pero se aguantaba. No quería la brisa salada sobre su piel, menos oler a pescado.

—¿Y el yate? —preguntó Agustina—. Si me quedaré con las propiedades de la costa, el yate será mío también ¿No?

El abogado tosió, acomodándose la gorra de capitán de yate. Prosiguió con la lectura.

—"Para que todo lo anterior se lleve a cabo, he dispuesto de una serie de cláusulas que serán enunciadas secuencialmente en el plazo de un año. La primera será revelada hoy: Desde este momento, tendrán tres días para mudarse a la mansión en las montañas. Allí vivirán hasta que se cumplan todas las cláusulas".

Qué apetecible se le hacía el frío de las montañas a Elena, que tenía las mejillas sonrojadas y nada con qué abanicarse. Viendo que Magnus no se animaba a tomarse su cerveza, disimuladamente cogió la jarra y la cambió por la suya, ya vacía.

—Soy dueña de las propiedades de la costa, ¿para qué me iría a las montañas? No tiene sentido —reclamaba Agustina.

El abogado guardó los documentos en su maletín y se puso de pie.

—En tres días los veré en las montañas. Si no están allí instalados para continuar la lectura del testamento, todas las posesiones de Álvaro serán repartidas a fundaciones de caridad. Nos vemos.

Lo vieron avanzar por la playa hasta el muelle. Allí abordó el yate del abuelo y zarpó, dando un grito de júbilo.

〜✿〜

—¿Hablas en serio? Es muy lejos, no voy a verte nunca.

—Lo arreglaremos. Te enviaré dinero para que vayas a verme. No tengo opción, hija. Si mis patrones se van a las montañas, no me queda más que irme con ellos. Además, el joven Magnus no come nada que yo no cocine.

Beatriz suspiró del otro lado del teléfono. En sus veinte años, había tenido que compartir a su madre con los Grandón durante toda su vida, quedándose con las migajas de su tiempo. Y ahora se la llevarían lejos. Ya sería ella una artista famosa, para darle una mejor vida a su madre y tenerla más tiempo a su lado.

—No me envíes tu dinero, madre. Yo me las arreglaré para ir a verte.

—Hablamos luego, querida. Tengo que seguir con la mudanza —dijo Irene, la ama de llaves.

La mujer colgó y siguió guardando cosas en las cajas, ayudada de las dos muchachas que también servían a la familia. Cuatro horas después, fueron ellas las primeras en llegar a la mansión en las montañas, una antigua casona en el valle, con otra propiedad en lo alto, donde estaba la nieve. Había un pueblito más abajo, que conectaba con la carretera, era la urbe más cercana.

Cuando la mansión estuvo limpia y sin aroma a polvo, humedad y abandono, los miembros de la familia llegaron. Magnus tendría una habitación en el tercer piso, las tías en el segundo, junto al hijo de Agustina, que estaba de viaje, pero que debería llegar tarde o temprano, cuando se le acabara el dinero que su madre le daba y que Magnus ganaba para todos.

—Estaremos aislados, enloqueceremos y nos mataremos los unos a los otros —decía Agustina, mirando con espanto desde una ventana del segundo piso.

Ni una casa cercana, ni ruidos de autos, ni gente, nada. Sólo pastizales que parecían eternos y detrás, la montaña, imponente y terrorífica.

—No hables así, hermana. Estaremos bien, papá tenía un sentido del humor especial, lo sabes.

Humor, por supuesto. Magnus era el que más se reía. Usando guantes y mascarilla entró a la casa. Sólo se quitó los implementos protectores tras una exhaustiva inspección de hasta el último rincón, de todos los baños y debajo de todos los muebles.

—Mi Irene nunca me decepciona —dijo, apoyándole la mano enguantada en el hombro al ama de llaves.

Qué dicha sintió ella, que lo conocía desde que el joven naciera y que había sido como una tercera madre para él. Ese sutil gesto valía por un abrazo y hasta un beso si de una persona común se tratara.

—Todo estará bien, joven Magnus. Es sólo otra casa, nada más. Ya podremos volver a la suya —dijo, con una tranquilizadora sonrisa.

—Eso deseo, pero conociendo al cretino del abuelo, nada bueno espero de él.

Los tres días pasaron y fueron eternos. No habían sido tres días, sino tres años. El abogado llegó puntualmente y con la misma sonrisa de antes. Sacó un documento de su bolso y se dispuso a leerlo.

Los ojos de Magnus, rodeados de negras ojeras, no se despegaban del enorme reloj de oro que lucía el hombre, tan brillante que le hería los ojos.

—Bien, ya cumplimos con los tres días —dijo Agustina—, ya disfrutamos del aire puro de las montañas, de lo maravillosa que es la vida lejos de la tecnología y la importancia de compartir en familia ¿Ya podemos irnos?

—No. Ahora leeré la segunda cláusula: "Espero que estén disfrutado de su estadía en esta casa"...

—Claro, claro —interrumpió Agustina—, es lo que yo decía.

Elena le indicó con el dedo que guardara silencio.

—"Esta hermosa casa la construí con mis propias manos"...

Eso era una descomunal mentira, el padre de Magnus había contratado al mismo equipo de construcción para que hicieran la suya.

—"La construí para mi amada esposa, tal y como ella la imaginaba"...

—¡Qué romántico! —dijo Elena—. Este era su nido de amor.

Por supuesto, y el abuelo tenía mucho amor para dar. Era una sorpresa que sus amantes no se hubieran aparecido en el funeral. De seguro eran tan viejas como él y ya estaban bien muertas, pensaba Magnus.

—"Aquí viví una maravillosa historia de amor, digna de un cuento de hadas y le deseo lo mismo a mi heredero"...

Un escalofrío le recorrió a Magnus el espinazo. Se sacudió, negándose a siquiera intentar adivinar lo que el monstruoso hombre le tenía planeado.

—"Es por eso que aquí se llevará a cabo la boda de Magnus"...

Una frenética risotada interrumpió al abogado. Magnus reía. Era una risa funesta y desesperada, llena de locura. ¿Magnus casarse? El abuelo moriría esperando a que eso ocurriera. Espera, ya estaba muerto. Se moriría de nuevo entonces.

—Magnus, querido, cálmate —pidió la tía Elena.

Temía que a su sobrino le diera una crisis nerviosa. Había estado bajo tanto estrés los últimos tres días.

—Maravilloso. Volveremos aquí cuando Magnus tenga una novia ¿Ya podemos irnos? —volvió a preguntar Agustina.

—No. "Sé que Magnus es algo tímido y puede que también algo retrasado para algunas cosas, así que le daré un incentivo para que se esmere en hallar una esposa. Si Magnus no se compromete en el plazo de un mes, todas mis posesiones serán repartidas entre las fundaciones que se detallan a continuación"...

—Eso es sólo para las posesiones de Magnus ¿No? Mis propiedades en la costa no se verán afectadas —preguntó Agustina.

—Esto afecta a todo el patrimonio de Álvaro. Si Magnus no consigue una novia en los próximos treinta días, se quedarán en la calle y sólo con lo que llevan puesto.

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