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Portada de la novela Esmeralda

Esmeralda

Esmeralda Levesque proyecta la imagen de hija ideal, pero bajo esa fachada se esconde un espíritu indomable. Su vida da un vuelco cuando su padre la obliga a casarse con un influyente magnate para sellar un acuerdo. Lejos de aceptar su rol como esposa sumisa, ella se propone convertir la existencia de su marido en un calvario. Entre el peligro de la mafia y la opulencia, Esmeralda arriesgará todo para no perder su autonomía en este duelo de voluntades.
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Capítulo 2

Esmeralda

Se supone que el día de tu boda es uno de los más deseados, que quien te espera en el altar es el hombre al que amas, con quien deseas pasar toda la vida a su lado, con quien compartes sueños y promesas. Vistiendo un vestido de ensueño y con lágrimas en los ojos caminas al altar, pero no de tristeza sino de felicidad.  

Que el hombre que te espera te ve con admiración y amor mientras caminas por el inmenso pasillo de la iglesia, aguardando cada segundo para poder decir que al fin eres su esposa.

Un sueño para algunas. Para mi, una pesadilla.  

Estaba siendo arrastrada al altar, sintiéndome desconsolada por tener que casarme con un hombre al que no conocía y definitivamente no amaba, por quien sentía odio y repudio por haberme comprado. Por mucho que intentaran camuflarlo y verlo de forma distinta, eso hizo él. Me compró como quien adquiere un nuevo terreno, una nueva empresa o un nuevo vehículo.

La marcha nupcial lejos de sentirla agradable sólo la repudié, quería arrancar el brazo de mi padre que me sujetaba durante mi caminata por el pasillo. Lo único que deseaba era soltarme y salir corriendo lejos de todo, luchaba inmensamente por no desplomarme. «No, todo menos eso» me recordé a mi misma, no mostraba debilidad ante los demás y hoy no sería la excepción, por mucho que odiara esto.  

Fijé la mirada al frente encontrándome con la helada mirada de quien sería mi esposo, aún no entendía sus motivos para traerme hasta el altar y mostrarse tan desinteresado conmigo. Desde que mis padres me informaron del matrimonio no se acercó a casa, lo único que recibí de él fue un ramo de flores y el anillo de compromiso.

Sólo dos semanas me duró mi soltería, no fui capaz de decírselos a mis amigos, me avergonzaban que supiera que me casaría tan joven cuando me mofé mucho de que jamás cometería tal error. Mis padres y él cambiaron todo lo que tenía planeado para mi vida, y eso no se los perdonaría. Aunque no creía que alguno de ellos estuviera interesado en conseguirlo. Sólo estaba siendo una pieza más en su gran tablero de ajedrez.

Al tenerlo a tan sólo unos pasos me di cuenta de lo alto que era, apenas le llegaba al hombro, su imponente figura se cernió delante de mí y tomó mi mano, la cual mi padre le cedió. No hubieron palabras amorosas de parte de papá, ambos se estaban mostrando tan diferentes a cómo solían ser. «¿Qué estaba pasando con ellos?»

Me perdí en las palabras del hombre frente a nosotros, sólo trataba de respirar normal, de reprimirme para no soltar su mano que seguía sujetando a la mía, no quería verlo, despreciaba su cara por más bello que fuera. Porque eso era algo innegable, Raphaël Leblanc era poseedor de una belleza masculina terriblemente encantadora.

—Esmeralda Levesque, ¿acepta usted a Raphaël Leblanc como su esposo, para amarlo y respetarlo hasta que la muerte los separe?  —preguntó el hombre haciéndome estremecer, esta era mi oportunidad para terminar con esta farsa, huir y no volver sin importarme qué no tuviera ni un solo dólar en mi mano.

El murmullo de los invitados se escuchó ante mi tardía respuesta, sentí un leve apretón en mi mano y me fui imposible no sonreír a medias, imaginando cómo quedaría su nombre si lo llevara a dejar plantado en el altar.

—Acepto —respondí, para mi absoluta desgracia no tenía opción, no estaba dispuesta a renunciar a mis estudios y tal vez cuando estuviese completamente realizada pudiera divorciarme de él.

—Raphaël Leblanc, ¿acepta usted a Esmeralda Levesque como su esposa, para amarla y respetarla hasta que la muerte los separe? —ahora fue su turno, no me molestaría que fuera él quien se arrepintiera y saliera huyendo tal y como lo habían en las novelas, o que apareciera una mujer a oponerse y decir que no podía porque estaba esperando un hijo suyo.

Reí para mis adentros ante las estupideces que pasaban por mi mente. Mi destino había sido marcado y decidido por alguien que no era yo.

—Acepto —contestó erizándome los bellotas ante la imponencia de su voz, ronca y sensual.  

Harper, mi prima, se acercó con los anillos que cada quien cogió. Me fue difícil ocultar el leve temblor en mis manos, negándome a ver sus ojos coloqué el anillo en su dedo y él hizo lo mismo, la forma en que tomó mi mano fue delicada, deslizó la argolla hasta que quedó a la par del de compromiso.

—Por el poder que me concede la ley los declaro marido y mujer —cerré mis ojos por un segundo al recordar la parte que más odiaría de esta boda —puede besar a la novia.

Fue hasta entonces que volví a mirarlo, su mirada helada seguía ahí a diferencia que esta vez una sonrisa lobuna la acompañaba. Sujetó la mano en mi cintura y tiró levemente de mi acercándome a su pecho, su rostro a cada segundo más cerca del mío, mi respiración se volvió rápida y pesada, por un instante se detuvo cuando sentí sus labios sobre los míos, besándome con delicadeza y fugazmente.

Los invitados rompieron en aplausos en cuanto sellamos nuestro matrimonio, él se separó de mi y fijó sus ojos en los míos, no había rastro de nada en ellos, la sonrisa desapareció y sólo se volteó a la gente que aplaudía con felicidad, o eso fingían.

Sin soltar mi cintura me jaló con él hacia afuera de aquel lugar, la recepción de llevarla a cabo en un hotel a unas pocas calles. La gente gritaba el "Los nuevos señores Leblanc", no estaba preparada para ostentar un apellido que no fuera él de mi padre. Estaba asustada, demasiado para mi gusto, puesto que no sabía lo que me esperaba al lado de mi esposo.

—Quita esa cara de mustia y sonríe —me susurró al oído cuando íbamos de camino a la limusina, logrando acrecentar más mi repudio hacia él.

—Tú no me dirás qué hacer, mucho menos si debo o no sonreír —me solté de su agarre y sin esperar que alguien me abriera la puerta lo hice yo, entrando con dificultad ante el inmenso tamaño del vestido.

Raphaël estaba muy equivocado si pensaba haría lo que él ordena sólo por haberle pagado a mi padre por mi.

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