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Portada de la novela Esmeralda

Esmeralda

Esmeralda Levesque proyecta la imagen de hija ideal, pero bajo esa fachada se esconde un espíritu indomable. Su vida da un vuelco cuando su padre la obliga a casarse con un influyente magnate para sellar un acuerdo. Lejos de aceptar su rol como esposa sumisa, ella se propone convertir la existencia de su marido en un calvario. Entre el peligro de la mafia y la opulencia, Esmeralda arriesgará todo para no perder su autonomía en este duelo de voluntades.
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Capítulo 3

Esmeralda

Lo vi rodear el auto y entrar por la puerta a mi lado, ignoré por completo su presencia y sólo me dediqué a ver a las personas que sonreían viendo nuestro auto ponerse en marcha. Ninguno de los invitados eran relevantes para mi, no estaban mis amigos que era a los que consideraba más cercanos que a los miembros de la familia Levesque.

—¿No dirás nada? —preguntó el hombre a mi lado, su pregunta me parecía totalmente absurda.

—¿Qué quiere que le diga? ¿Que estoy feliz de haberme casado con usted? —solté una carcajada cargada de ironía —Porque déjeme decirle que no es así, usted acaba de arruinar mi vida por haberse ensanchado en ella.

—¿Arruiné tu vida? —de reojo vi que frunció el ceño —Vaya, ese es un nuevo logro en mi vida.  

—Búrlese lo que quiera, pero no deja de ser una verdad.

—Pensé que tus padres te habían explicado la situación —murmuró desviando la mirada hacia la ventana.

—¿Y qué cambia eso? Los tres han arruinado mi vida, el día que se suponía debía ser uno de los mejores en mi vida lo convirtieron en una terrible pesadilla.

—Diría que lo lamento, pero no es así —el desinterés en su voz sólo me hacía enfurecer más, las ganas de lanzármele encima para golpear su bello rostro iban incrementando con la frialdad que estaba empleando.

—¿Por qué se casó conmigo, señor Leblanc? —pregunté, esta vez girando mi rostro para enfrentarme de frente, mantuve la mirada fija demostrándole que no me intimidaba.

—Sus padres debieron decirte los detalles de lo sucedido —soltó con fastidio.

—Responda —presioné

—Hay muchos factores que nos llevaron a esta unión que ninguno de los dos quería, Esmeralda —recalcó mi nombre —y no tengo el ánimo suficiente para decirlos en este momento.

—¡Ja! Claro, usted no lo quería —fui sarcástica, le di una última mirada y me voltee de nuevo hacia la ventana. No tenía idea cómo aguantaría convivir con él todos los días, esperaba que la facultad me mantuviera lo suficientemente ocupada para evitarlo.

El viaje fue silencioso e incómodo para los dos, tenía demasiadas preguntas en mi cabeza, él sólo había logrado dejarme más dudas al respecto de nuestra unión. No era ninguna tonta para no haberme dado cuenta que mis padres omitieron mucha información, a penas y me dieron detalles.

Al llegar al hotel nuevamente no esperé a sur nadie me ayudara, estaba fastidiada de todo y lo único que quería era darle fin a todo este circo. Pero por mucho que quisiera salir por mi cuenta no pude, mi vestido se atoró y fue entonces cuando escuché su risa, suave y ronca.

—Déjame ayudarte —el ápice de burla no me pasó desapercibido.

—Gracias —le dije cuando soltó mi vestido, él sólo asintió y se detuvo a mi lado, me ofreció su antebrazo para que lo tomara y entrar juntos al salón.

—Escucha, sé que esto está siendo muy difícil para ti, pero al menos esta noche trata de fingir que te estás casando por amor.

—Bien —fue lo único que le dije, no me interesaba lo que la gente pensara de todo esto pero tampoco ganaba nada manteniendo mi peor expresión.

Cuando los invitados comenzaron a acercarse para felicitarnos mostré mi mejor sonrisa y me mantuve al lado de él, haciendo un esfuerzo para relajarme pero eso ni las incontables copas de champán que había tomado me hacían estarlo.

—Te ves radiante, Esmeralda —su madre se acercó a nosotros al lado de su esposo. Conocía a la señora Leblanc de las fiestas a las que acudía con mis padres, solía ser bastante aduladora. Demasiado falsa para mi gusto.

—Opino lo mismo de usted, señora Leblanc —le devolví el halago, no mentía, para su edad se conservaba muy bien, su belleza aún se mantenía.

—Oh, querida, no me llames así. Ya eres parte de la familia, sólo dime Anette.

Asentí hacia ella, el señor Leblanc por parte se mostró un poco más serio e indiferente conmigo.

—No estoy de acuerdo con esto, te lo recuerdo —lo escuché murmurar por lo bajo —los Levesque merecían hundirse con toda su mierda.

Eso último lo dijo en francés, que para su desgracia era una de las lenguas que mejor sabía. No me sorprendía un comentario como ese viniendo de un integrante de los Leblanc, ostentaban de dinero y poder, con grandes influencias alrededor del mundo se sentían intocables y merecedores de lo mejor. Y para ellos yo no era lo mejor para su hijo, después de todo mi familia lo había perdido todo.

—Es una desgracia que tu opinión no me interese —le respondió Raphaël en su idioma natal, casi quise reír por la expresión de su padre.

—Raphaël —lo reprendió su madre.

—Mantente alejado de mis asuntos —volvió a decirle a su padre, este le dio una última mirada antes de jalar a su esposa y alejarse de nosotros.

Los siguientes en acercarse fueron mis padres, el resentimiento que les tenía no me dejaba corresponderles la enorme sonrisa que traían en sus rostros.

—Cariño mira que hermosa pareja hacen —le dijo madre a padre, trató de abrazarme pero me alejé, dándole una mirada de advertencia. No los quería cerca de mi.

—Señores Levesque —saludó formal, también se mostró antipáticos con ellos e ignoró casi todo lo que padre decía. Su vista iba a alguien entre los invitados y mi curiosidad era tan grande que seguí la dirección encontrándome con una mujer hermosa que vestida un sensual vestido rojo. Tenía una copa de vino en sus labios y la vista fija en Raphaël, de inmediato me pregunté quién era esa mujer y porque parecía que mi ahora esposo quería ir tras ella.  

No estaba celosa, pero si sentí malestar porque no se mantuviera al margen precisamente este día, tampoco quería quedar como una estúpida delante de toda esta gente.

Disimuladamente tomé su brazo y enterré mis uñas en él, su atención se fue hacia mi y luego a mi mano que aún lo apretaba.

—¿Qué haces? —preguntó con el ceño fruncido.

—La atención la debe mantener en su esposa y no en alguien más, señor Leblanc.

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