Portada de la novela Belleza oculta

Belleza oculta

9.0 / 10.0
En Belleza oculta, Richard vive recluido tras un accidente. Laura, su nueva niñera, llega a esta historia de romance para desafiar su aislamiento y unirlo a su hija. Descubre cómo el amor transforma sus vidas en este billionaire romance, una de las mejores romance stories para leer hoy.
Resumen de Belleza oculta
Richard Blackthorne vive oculto en su mansión tras un accidente que lo dejó desfigurado y solo. Al fallecer su exmujer, hereda la custodia de su hija, pero el miedo a que la niña vea sus marcas lo lleva a contratar a Laura Cambridge como niñera. Mientras Richard se siente atraído por la joven, ella se esfuerza para que él asuma su rol de padre y abandone su encierro. En medio de este proceso, un romance inesperado empieza a nacer entre los dos.
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Belleza oculta Capítulo 1

Laura Cambrigde miró el castillo de piedra gris y se preguntó qué encontraría dentro. ¿Al Príncipe Encantador o al dragón?

Probablemente al dragón, si había algo de verdad en los rumores que los lugareños habían compartido durante el viaje en barco a la pequeña isla. Se preguntó si Richard Blackthorne sabía cuánto lo temían, mientras sus ojos recorrían los arcos de las ventanas, las almenas y la torre. Laura solo vio la soledad que embargaba todo.

-Señora -dijo el taxista deteniéndose ante la mansión-. ¿Está segura de que viene <>?

-Oh, sí, estoy segura, señor Pinkney -replicó sin mirarlo. ¿Por qué todos los habitantes del diminuto pueblo de la isla le preguntaban lo mismo, como si se enfrentara a una ejecución? Blackthorne no era más que un hombre.

-El señor Blackthorne no es exactamente amistoso, ¿sabe?

-No es extraño, si todo el mundo actúa como si les hubiera pegado un mordisco -lo miró, arqueando la ceja. Él enrojeció levemente.

-De algún sitio habrá salido la idea -farfulló él, saliendo del coche para sacar sus maletas. Laura lo siguió por los empinados escalones que llevaban a la puerta delantera.

La habían contratado para ayudar a una niña de cuatro años, la hija de Richard Blackthorne, a acostumbrarse a vivir allí. A vivir con un recluso, un hombre encerrado en un castillo y aislado de todo contacto humano. Iba a ser un trabajo duro, se había enterado por el cotilleo de que en los últimos cuatro años nadie había puesto el pie en la casa, excepto para entregar provisiones. Sentía pena por la niña; acababa de perder a su madre y no conocía a su padre. Laura Había llegado antes para acostumbrarse al entorno.

El señor Pinkney dejó las bolsas en el suelo. Ella se volvió para pagarle y lo vio escribir en un pedazo de papel. Cuando le entregó el dinero, él le dio el papel.

-Aquí tiene mi número. Si necesita que la saque de aquí, o algo, llámeme.

-No es un monstruo, señor Pinkney -dijo ella, conmovida por el innecesario gesto.

-Sí, señora, lo es. Grita y gruñe a cualquiera que pone el pie en su terreno; hizo picadillo al chico que entrega el pedido del supermercado. No quiero ni pensar en lo que haría a usted -cuando Laura lo miró con determinación, el señor Pinkney suspiró-. Hace años un hombre diseñó y construyó esta casa para su futura esposa, que quería vivir como una princesa. Hizo que trajeran cada piedra del interior, algunas incluso de Inglaterra e Irlanda. Ella murió antes de que estuviera acabada, y antes de casarse.

-Lo dice como si creyera que está maldita o hechizada -comentó Laura, pensando que era una historia muy triste.

El señor Pinkney, sin contestar, miró la doble hoja de madera de la puerta como si fuera la entrada de una cueva. Laura se sonrió y alzó la aldaba de bronce, era una cabeza de dragón. <>, pensó dejando caer la aldaba.

-Adelante -oyó por el intercomunicador. Era una voz profunda y arenosa, una especie de rugido ronco y estremecedor.

-¿Ve lo que quería decir? -dijo Pinkney.

-Bobadas -replicó ella con firmeza, abrió la puerta y entró.

Una lámpara encendida, sobre una mesita de madera tallada, creaba sombras en el vestíbulo. Ella dejó el bolso y el maletín en el suelo, se volvió y vio al señor Pinkney meter las bolsas apresuradamente y retirarse hacia la entrada. Laura encendió la luz y el vestíbulo se iluminó. Él dio un respingo y retrocedió aún más.

-Llámeme, ya lo sabe -dijo él, con pronunciado acento sureño. Esa actitud, de temor y desprecio hacia un hombre al que ni siquiera conocía, hizo que Laura deseara defender al señor Blackthorne.

-No será necesario -dijo, cerrando la puerta con un suspiró. Le dio un vuelco el corazón cuando la luz se apagó y una sombra apareció en el parte superior de la curvada escalinata-. ¿Señor Blackthorne?

-Obviamente -llegó su voz rasposa.

-Hola, soy...

-Laura Cambrigde, ya lo sé -cortó él-. Treinta años recién cumplidos, licenciada por la Universidad de Carolina del Sur, nacida en Charleston, fue miss Carolina del Sur, miss Condado de Jasper y miss Festival de las Gambas -su voz tenía un tono de sorna y superioridad, que a ella le molestó-. ¿Se me olvida algo?

-Por ejemplo que fui adjunta del Ministerio de Asuntos Internos y profesora de la embajada, y que soy lingüista y hablo italiano, farsi y gaélico.

-Pero, ¿sabe cocinar? -preguntó en gaélico impecable.

-No estaría aquí si no supiera -se cruzó de brazos y miró la sombra del hombre, la lámpara solo permitía ver la impecable raya de sus pantalones oscuros. Tenía una mano en la barandilla, y la luz se reflejaba en el sello de oro que llevaba en el dedo-. ¿Hay un página web sobre mí que yo desconozca -inquirió ella.

-Las telecomunicaciones son un gran recurso.

-Ya, bueno. No hace falta que me hable de qué talla de sujetador uso, ni del día que perdí los pompones bajo las gradas del estadio de fútbol con Grady Benson.

-¿Fue eso lo único que perdió? -gruñó él.

-Búsquelo en Internet -espetó, irritada porque supiera tanto sobre ella.

Laura solo sabía de él que estaba recluido desde que un accidente lo desfiguró, que era divorciado y que en un par de días recibiría a una hija que no conocía. Agarró las bolsas y se enfrentó a él-. ¿Dónde está mi habitación?

-En el segundo piso. Deje el equipaje y sígame. -Laura dejó todo menos el bolso y el maletín y lo siguió escaleras arriba. Él mantenía unos escalones de distancia, siempre en la oscuridad. Solo podía ver la silueta de sus hombros, anchos y rectos, en una prístina camisa blanca. Su para era suave, casi elegante-. Aquí -dijo, se detuvo ante una puerta, la abrió y siguió andando.

-¿Y la habitación de su hija?

-Al otro lado del pasillo -replicó él, a mitad de un segundo tramo de escaleras-. Haré que le suban las maletas.

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Tabla de contenidos de Belleza oculta

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