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Portada de la novela Engaño Familiar: Amor y Traición

Engaño Familiar: Amor y Traición

Mientras descansa en Oaxaca, la vida de Elena Rojas se desmorona tras una llamada de su padre acusándola de malversación. Su madre finge agresiones para humillarla y la culpan de intentar asesinar a su abuela por dinero. Tras ser repudiada y morir en un trágico accidente, Elena despierta inexplicablemente en el pasado. Con los recuerdos de la traición familiar intactos, aprovechará esta segunda oportunidad para ejecutar una fría venganza contra quienes la destruyeron.
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Capítulo 2

Elena Rojas sonrió mientras pasaba las fotos en su celular, una tras otra. El naranja vibrante de las flores de cempasúchil, el brillo de las velas en el altar de muertos, su propia cara iluminada por la alegría de unas vacaciones perfectas en Oaxaca. Por primera vez en años, se había permitido un respiro del trabajo, un viaje para ella sola, para reconectar con las tradiciones que tanto amaba. Publicó una última foto en sus redes sociales: ella, con una corona de flores, sonriendo frente a un mural colorido. El pie de foto era simple: "Recargando el alma".

No sabía que esa simple frase sería el detonante de su destrucción.

El teléfono sonó, rompiendo la paz de su departamento. Era su padre. Elena contestó con alegría.

"¡Papá! ¿Qué tal? ¿Viste mis fotos?"

La voz al otro lado de la línea era fría, dura como el acero. No había calidez, solo un tono acusatorio que le heló la sangre.

"Elena, ¿de dónde sacaste el dinero para ese viaje?"

La pregunta la tomó por sorpresa.

"De mis ahorros, papá. He estado guardando dinero por meses para esto."

"No me mientas," espetó él. "Acabo de recibir una notificación del banco. Una malversación de fondos de la cuenta de la empresa familiar. Coincide exactamente con las fechas de tus 'vacaciones'."

Elena se quedó sin aliento. ¿Malversación? ¿De qué estaba hablando?

"Eso es imposible, papá. Yo no tengo acceso a esas cuentas. Tú lo sabes."

"Los registros no mienten," dijo su padre, su voz subiendo de volumen. "Eres una vergüenza, una ladrona. Un hombre con mi historial, un capitán condecorado del ejército, no puede tener una hija así."

Antes de que Elena pudiera articular otra palabra, él continuó con una crueldad calculada.

"Ya hablé con tu jefe en la constructora. Le envié las pruebas. No quiero que una ladrona lleve mi apellido."

Y colgó.

Elena se quedó mirando el teléfono, temblando. ¿Pruebas? ¿Qué pruebas? Todo era una locura. Apenas un minuto después, su celular volvió a sonar. Era un número desconocido. Contestó con un nudo en la garganta.

"¿Bueno?"

"Elena, habla Ricardo, de Recursos Humanos," dijo una voz formal y distante. "Lamento informarte que, debido a una grave acusación de fraude presentada por tu padre, con evidencia que la respalda, la empresa ha decidido terminar tu contrato de manera inmediata. Tu liquidación estará lista mañana."

La llamada terminó. Así de fácil. Su carrera, construida con tanto esfuerzo, se había derrumbado por una llamada de su propio padre. Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. Estaba sola, despedida y acusada de ser una criminal por la persona que debía protegerla.

El teléfono sonó por tercera vez. Era su madre. Elena dudó, pero contestó, esperando una pizca de consuelo.

"Mija, me enteré de lo que pasó," dijo su madre, con una voz falsamente dulce. "No te preocupes. Tu padre a veces exagera. Para arreglar las cosas, organicé una cena esta noche. Invité a tu tío Arturo, el dueño de la tequilera. Él es muy influyente, seguro te consigue un trabajo nuevo en un abrir y cerrar de ojos."

Una pequeña chispa de esperanza se encendió en el pecho de Elena. Quizás su madre podía hacer entrar en razón a su padre. Quizás todo era un terrible malentendido.

Esa noche, Elena llegó al lujoso restaurante. Su tío Arturo, un hombre imponente y adinerado, la saludó con una sonrisa. Su padre la miraba con desprecio, mientras su madre le apretaba la mano con una fuerza extraña. La cena comenzó con una tensión palpable.

A mitad del plato principal, su madre se puso de pie, golpeando una copa con un tenedor para llamar la atención de las mesas cercanas.

"Quiero hacer un brindis," dijo en voz alta, su voz temblando de un dramatismo ensayado. "Un brindis por mi hija, Elena. La que creí haber criado bien, pero que me ha pagado de la peor manera."

Elena se congeló. El murmullo se extendió por el restaurante.

"Esta niña que ven aquí," continuó su madre, levantando la manga de su vestido para mostrar un brazo cubierto de moretones oscuros y feos, "no solo malversó dinero de su padre. ¡También robó mi tarjeta de crédito y sacó un préstamo de un millón de pesos a mi nombre para irse de vacaciones! ¡Y cuando los cobradores vinieron a la casa, como yo no tenía cómo pagar, me golpearon!"

El restaurante quedó en silencio. Los ojos de todos estaban fijos en Elena, llenos de reproche y asco. Era una mentira. Una mentira tan monstruosa que Elena no podía ni respirar.

"Mamá, ¿qué estás diciendo? ¡Eso no es verdad!"

Su padre se levantó de un salto, su rostro rojo de furia.

"¡Cállate, ladrona desagradecida!"

Y antes de que pudiera reaccionar, la mano de su padre se estrelló contra su mejilla. El golpe fue tan fuerte que la tiró de la silla. Cayó al suelo, con el oído zumbando y el sabor de la sangre en la boca.

"Desde este momento," gritó su padre, para que todos lo oyeran, "¡Tú ya no eres mi hija! ¡No tenemos ninguna relación contigo! ¡Lárgate y no vuelvas a buscarnos nunca más!"

Humillada, golpeada y repudiada, Elena salió corriendo del restaurante, con las miradas de desprecio de todos siguiéndola. No tenía a dónde ir. Su único refugio, pensó, era su abuela. Condujo hasta su casa, con el rostro hinchado y el alma rota.

Su abuela la recibió en la puerta con una mirada gélida.

"¿Qué quieres aquí?"

"Abuela," sollozó Elena, "mis papás... me corrieron... me acusaron de..."

"Ya lo sé todo," la interrumpió la anciana, su voz desprovista de cualquier emoción. "Y sé algo más. La semana pasada viniste a 'ayudarme' con el jardín, ¿no es así? Pero cortaste los frenos de mi coche. Querías matarme para cobrar mi seguro de vida. Eres un monstruo."

Elena retrocedió como si la hubieran golpeado de nuevo. Era la mentira más descabellada y cruel que había oído.

"Abuela, ¡no! ¿Cómo puedes pensar eso?"

La abuela sonrió, una sonrisa malévola y torcida.

"Demasiado tarde, Elena. Ya llamé a la policía. Y a los noticieros. Para mañana, todo México sabrá la clase de criminal que eres."

Cerró la puerta en su cara.

Desesperada, Elena se subió a su coche y condujo sin rumbo. Su teléfono no paraba de vibrar con notificaciones. Abrió una red social y lo vio. Su foto, la de la corona de flores, ahora era un meme. "La asesina de abuelitas", decía un titular. "De robar a sus padres a intentar matar por herencia", decía otro. Su vida estaba acabada. Las mentiras de su familia se habían vuelto virales.

Llorando desconsoladamente, no vio las luces cegadoras que se acercaban a toda velocidad. Un grupo de extremistas, enardecidos por las noticias falsas, la había reconocido. Le cerraron el paso. El impacto fue brutal. El coche se volcó, el metal se retorció a su alrededor. Mientras la oscuridad la envolvía, su último pensamiento fue una pregunta que le quemaba el alma.

"¿Por qué?"

...

La oscuridad se disipó. Un sonido insistente la sacó del vacío. El tono de llamada de su celular. Abrió los ojos de golpe. Estaba en su cama, en su propio departamento. La luz del sol entraba por la ventana. Tomó el teléfono, temblando. La pantalla mostraba la fecha. El mismo día. El día en que su padre la había llamado para denunciarla.

Estaba viva.

Había vuelto.

Una segunda oportunidad. Y esta vez, no sería la víctima. Esta vez, descubriría la verdad.

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