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Portada de la novela Engaño Familiar: Amor y Traición

Engaño Familiar: Amor y Traición

Mientras descansa en Oaxaca, la vida de Elena Rojas se desmorona tras una llamada de su padre acusándola de malversación. Su madre finge agresiones para humillarla y la culpan de intentar asesinar a su abuela por dinero. Tras ser repudiada y morir en un trágico accidente, Elena despierta inexplicablemente en el pasado. Con los recuerdos de la traición familiar intactos, aprovechará esta segunda oportunidad para ejecutar una fría venganza contra quienes la destruyeron.
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Capítulo 3

El timbre del teléfono era un eco del infierno que acababa de vivir. Elena se quedó inmóvil en la cama, con el aparato vibrando en su mano. La misma melodía, el mismo identificador de llamadas: "Papá". Su corazón latía con una fuerza desbocada, no de sorpresa, sino de un terror familiar. Cerró los ojos y la escena de su despido se proyectó en su mente con una claridad insoportable.

Recordó la voz de Ricardo, el de Recursos Humanos, una voz sin rostro que había demolido su futuro en menos de treinta segundos.

"Lo siento, Elena, pero la evidencia es... contundente."

Recordó haberse levantado de su escritorio, sintiendo las miradas de sus colegas. Nadie se acercó. Nadie le preguntó qué pasaba. Solo susurraban entre ellos, mirándola como si de repente le hubieran crecido cuernos y cola. La vergüenza la había quemado por dentro mientras recogía sus pocas pertenencias en una caja de cartón.

El teléfono seguía sonando.

En su vida pasada, había contestado inmediatamente, desesperada por entender, por defenderse.

"Papá, te juro que yo no hice nada," había suplicado, con la voz rota por el llanto.

La respuesta de su padre resonó en su memoria, fría y cortante.

"Las pruebas no dicen lo mismo, Elena. Me enviaste un correo electrónico pidiendo acceso a la cuenta para 'una inversión urgente'. Falsificaste mi firma en la autorización."

"¡Yo nunca envié ese correo!" gritó ella, la confusión mezclándose con el pánico.

Revisó su bandeja de enviados frente a él, en una videollamada forzada. Y ahí estaba. Un correo que ella no recordaba haber escrito, enviado desde su propia dirección. Era una trampa perfecta.

"¿Cómo explicas esto?" la había desafiado su padre, con una satisfacción mal disimulada.

Ella no tenía explicación. Se sentía atrapada en una pesadilla.

"Además," había añadido él, como si estuviera recitando un guion, "tu madre está destrozada. Dice que le has estado robando pequeñas cantidades de dinero durante meses. Nunca quisimos creerlo, pero esto... esto lo confirma todo. Has traicionado nuestra confianza. La confianza de un hombre que sirvió a su país con honor."

El chantaje emocional, la manipulación. Usaba su estatus de "capitán condecorado" como un arma para aplastarla, para hacerla sentir pequeña e insignificante. Y lo había logrado. En su vida pasada, ella se había desmoronado.

Pero ahora, el teléfono seguía sonando en el presente. El cuarto intento. El quinto.

Elena respiró hondo. El pánico se había ido, reemplazado por una calma gélida. La rabia era un fuego lento en su interior, dándole fuerza. Ya no era la chica ingenua y asustada. Había muerto una vez. No tenía nada que perder.

Recordó el "informe" que su padre le había enviado a su jefe. Un archivo PDF con supuestos estados de cuenta bancarios, resaltando una transferencia a su cuenta personal. Un documento que ella nunca había visto, pero que había sido suficiente para que la despidieran sin hacer preguntas. Su jefe, que siempre la había elogiado por su integridad, ni siquiera le había concedido el beneficio de la duda.

La habían aislado, la habían acorralado. Su padre, su madre, su abuela. ¿Y quién más? La imagen de su "amiga" Sofía apareció en su mente. Sofía, siempre tan comprensiva, siempre dándole consejos que, en retrospectiva, parecían diseñados para mantenerla dependiente y débil. Sofía, que casualmente estaba de visita en casa de sus padres el día que el supuesto robo de la tarjeta de crédito ocurrió. Sofía, que la había consolado por teléfono después de su despido, diciéndole que "quizás un descanso del trabajo te vendría bien".

Todo encajaba. Era una conspiración. Una red de mentiras tejida a su alrededor.

El teléfono dejó de sonar. Silencio.

Elena se levantó de la cama. Se miró en el espejo. Su rostro no tenía el golpe de su padre. Su cuerpo no tenía las heridas del accidente. Estaba intacta. Pero por dentro, era una persona completamente diferente. La lealtad ciega hacia su familia adoptiva se había hecho cenizas. La ingenuidad había sido reemplazada por una determinación de acero.

"No voy a huir esta vez," se dijo a sí misma, su voz firme en la quietud de la habitación. "No voy a llorar. No voy a suplicar."

Se dirigió a la cocina y se sirvió un vaso de agua. Sus manos ya no temblaban.

"Voy a descubrir por qué. Por qué me odian tanto. Por qué quieren destruirme."

El teléfono volvió a sonar. De nuevo, "Papá".

Esta vez, Elena contestó al primer timbre. Su voz era tranquila, casi indiferente.

"¿Sí?"

La pausa al otro lado de la línea fue breve, pero perceptible. Su calma lo había descolocado.

"Elena," comenzó él, recuperando su tono severo. "Necesitamos hablar. Ahora. Ha habido una irregularidad muy grave en las cuentas de la empresa."

Elena no lo interrumpió. Dejó que hablara, que recitara su guion. Escuchó la misma acusación de malversación, la misma historia inventada. Pero esta vez, las palabras no le dolían. Eran solo ruido.

Cuando él terminó, esperando una explosión de negaciones y lágrimas, Elena respondió con una simple pregunta.

"¿Dónde quieres que nos veamos para aclarar esto, papá?"

El silencio del otro lado fue más largo esta vez. Ella no estaba siguiendo el papel que le habían asignado.

"En mi despacho," dijo él finalmente. "Trae tu computadora. Vamos a revisar tus cuentas bancarias frente a mí."

"Perfecto," dijo Elena. "Llego en una hora."

Colgó antes de que él pudiera añadir nada más. Se vistió con cuidado, eligiendo un traje sastre que la hacía ver profesional y seria. Se maquilló, ocultando cualquier rastro de la noche de insomnio. Mientras se preparaba, una idea comenzó a formarse en su mente. Una idea audaz.

En su vida pasada, ella había ido a ese encuentro asustada y a la defensiva. Esta vez, iría a la ofensiva. Sabía exactamente qué "pruebas" iba a presentar él. Y sabía que eran falsas. La pregunta era, ¿cómo lo demostraba?

Antes de salir, encendió su computadora. No para revisar sus cuentas, sino para buscar algo más. Buscó entre viejos archivos, correos electrónicos, documentos guardados. Y entonces lo encontró. Un archivo de hace dos años. Una solicitud de préstamo que su padre le había pedido que llenara para él, usando una plantilla que él mismo le había proporcionado. La plantilla tenía campos para falsificar firmas y membretes de banco. En ese momento, ella había pensado que era para un "ejercicio financiero". Ahora se daba cuenta de la verdad. Él era un estafador.

Guardó el archivo en una memoria USB. Tomó su bolso, su laptop y la pequeña memoria. Al salir de su departamento, se sintió como un soldado yendo a la batalla. Una batalla por su vida, su nombre y su futuro.

Esta vez, no iba a perder.

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