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Portada de la novela En las sabanas de un Telesco

En las sabanas de un Telesco

Evangeline Brown llega con su familia a un pueblo siniestro donde la belleza atrae riesgos mortales. En este lugar, la castidad tiene precio y casarse a los diecinueve años es la única forma de evitar la ejecución. Bajo una vigilancia asfixiante, la joven debe luchar por su vida o ser sometida por Dan Telesco, un enigmático hombre que la persigue sin tregua. Entre el horror y la acción, ella intentará escapar de un destino cruel en manos de su acosador.
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Capítulo 2

No sabía que al llegar a ese pueblo me sucederían las cosas más denigrantes.

Tuvimos que viajar en un avión privado directo a un pueblo que no figuraba en el mapa de nadie, ni siquiera en mi móvil.

El misterio de nuestro nuevo hogar se tornaba aún más inquietante al ver que ni siquiera figuraba en los mapas convencionales, ni siquiera en la era digital en la que vivimos. ¿A dónde diablos nos dirigíamos?

Mis padres, sumidos en un mutismo que me desconcertaba, se negaban a responder mis preguntas, repitiendo la misma letanía: "Te lo explicaremos cuando lleguemos, no tengas miedo y mantén el silencio".

¿Cómo no iba a estar aterrada? Me habían obligado a empacar mis pertenencias en tiempo récord y luego me habían conducido a un lujoso automóvil, para finalmente subir a un avión privado cuyo esplendor me dejó boquiabierta mientras contemplaba el amanecer desde la ventana. Y ahora, al bajar del avión, un hombre desconocido me observaba fijamente a través de sus impenetrables lentes de sol.

Mi padre, percibiendo la mirada amenazadora del hombre, intentó desviar su atención entablando una conversación casual, mientras nos dirigíamos hacia el automóvil. La tensión en el aire era palpable, como si estuviéramos en un juego peligroso del que desconocía las reglas.

—Un ginecólogo va a revisar a la niña y tendrá que pasar por otros chequeos médicos —le comentó una vez que subimos a un auto negro.

—Sabemos el protocolo —carraspeó mi padre y cerró la puerta trasera del auto.

El ambiente se volvió tenso mientras nos acercábamos a lo que parecía ser un control policial. Mis padres mantenían la compostura, pero podía percibir su preocupación en sus gestos y expresiones. A pesar de que apretaban mi mano y me sonreían, sabía que algo no estaba bien.

En ese momento, mi madre se comunicó conmigo en lenguaje de señas, un método que habíamos aprendido debido a la sordera de mi prima. Sus manos se movían de manera sutil, tratando de ocultar nuestra conversación de la mirada del conductor a través del espejo retrovisor. "No digas absolutamente nada hasta que nos asignen una casa y estemos en un lugar seguro. Mantén la calma. Nos están vigilando", me transmitió en silencio.

Asentí en silencio, pero mi interior estaba lleno de temor. No sabía dónde nos encontrábamos ni cuál era la razón de tanto secretismo. Además, el agotamiento acumulado por la falta de sueño comenzaba a pesar sobre mí. Me froté los ojos, luchando para mantenerme despierta.

Finalmente, dejé caer mi cabeza sobre el hombro de mi madre en un intento de conciliar el sueño. Sin embargo, cuando volví a abrir los ojos, nos encontrábamos a punto de atravesar lo que parecía ser un puesto de control policial.

No era un control común, era uno militar, y me desesperaba saber qué demonios estaba pasando y por qué estaban tan armados.

No llegué a ver más allá, solo vi a varios militares con cascos y armas en sus manos verificando el auto.

Nos obligaron a bajar la ventanilla.

Papá saludó cordialmente a los oficiales. Estos solo asintieron con la cabeza y, con una indicación de sus manos, la barrera roja se levantó y nos permitieron el paso.

El auto se puso en marcha y lo que vi a continuación me puso la piel de gallina.

El paraíso ante mis ojos.

Mansiones una al lado de la otra, pero a una distancia significante. Perros paseando con sus dueños, que corrían felices, sin preocupación.

Aquí no había casas pequeñas, había impresionantes mansiones que ocupaban la mayor parte de la manzana.

El auto avanzaba despacio y la gente que pasaba nos miraba con curiosidad, intentando vernos, pero no podían mientras avanzáramos.

Había árboles por doquier, no se escuchaba ningún sonido y de pronto vi locales de marcas carísimas y para nada accesibles.

No entendía dónde estaba, porque este no era un vecindario común. Supuse que era un pueblo gigante, según el mapa que acabábamos de pasar.

El mapa llevaba por título: "Bienvenidos a The Moon".

Nunca había escuchado de un sitio igual. Ni siquiera sabía dónde estábamos.

Agradecí mantenerme callada, con la vista al frente, obedeciendo a mis padres que supongo que sabían qué hacer. Les estaba dando el control de la situación porque ahora había visto lo vigilados que estábamos.

El auto se detuvo frente a una de las mansiones.

Era una mansión blanca de techos oscuros y ventanas altas que se multiplicaban. Frente a la enorme casa había una fuente con ángeles que escupían agua de sus bocas. Alrededor predominaban árboles como álamos, sauces y cedros.

Intenté ver más allá, pero la luz del sol no llegaba o al menos mi vista no lo conseguía.

La mansión triplicaba el tamaño de nuestra pequeña casa en la playa en California. Estaba en un sitio que parecía frívolo y superficial.

Tomé la mano de mi madre por encima del asiento y la apreté para hacerle notar que estaba muerta de miedo.

—Bueno, al menos la casa parece sacada de un cuento de hadas —hablé como si hubiera pensado en voz alta.

—¿Eh?

—Silencio —mi padre nos calló a las dos en un susurro.

—Deben bajar —nos anunció el chofer.

Nos quedamos un minuto en el auto, mirándonos, y luego bajamos con desconfianza.

El aire cálido de la mañana me golpeó en la cara.

No sabía si estábamos en un país distinto, habíamos viajado durante horas y quizás el verano también había llegado aquí.

Estaba soleado, el clima era templado y no había ni una sola nube en el cielo que pudiera decirnos si iba a llover.

—Ponte los lentes de sol —me aconsejó mi madre—. Al menos eso dirá algo de nosotros.

El chofer nos estaba bajando las maletas y tuvimos que caminar hasta la casa porque no tenía autorización para entrar al predio de la mansión.

Así que éramos tres: Elijah y Sophia Brown, junto con su hija Evangeline Brown de dieciocho años, entrando al jardín delantero con una maleta cada uno.

Caminábamos en silencio, pero nuestros pensamientos seguramente estaban a los gritos.

—Mamá, ¿a dónde demonios estamos? —le pregunté en voz baja para que no me regañaran.

—En nuestro nuevo hogar, Evangeline —respondió con tristeza.

Se me secó la boca, mi corazón se aceleró y volví a mirar la mansión con más detenimiento mientras nos acercábamos.

Una casa.

Nuestra casa.

Me frené en seco, sujetando la manija de la maleta con fuerza. Mis padres se detuvieron también, resoplando.

—No. Nuestra casa está en California —susurré, sabiendo que estaba entrando en pánico—. Allí está la abuela Gyli, están mis amigos, mi escuela. ¿Qué les pasa? Actúan como robots desde que llegamos aquí, mamá, papá.

Se miraron entre ellos y mamá me jaló del brazo, pretendiendo que caminara. No me quedó de otra. Me lanzó una mirada que me fulminó, se metió en mi cabeza y logró manipularme para que me quedara en silencio mientras ambos me obligaban a ingresar a la casa.

Tenía ganas de echarme a llorar.

¿Por qué me aplicaban la ley del hielo? ¿Por qué lo hacían cada vez que me enfrentaba a ellos? Podían estar días sin hablarme por eso y yo tenía que pensar por qué demonios se ponían en ese estado.

Tras subir las escaleras de lo que suponía que ahora era mi casa (cosa que nunca iba a considerar), nos recibió una ama de llaves que abrió la puerta con una sonrisa.

Llevaba el típico uniforme de empleada doméstica: vestido negro con un delantal blanco bordeado y rodeándole la cintura.

Debía tener unos cuarenta años, el cabello rubio recogido y ojos de un tono caramelo. Nos recibió con una sonrisa cordial.

—Bienvenida sea la familia Brown a The Moon —nos recibió, abriendo la puerta de par en par—. Me alegra mucho su llegada, los estábamos esperando.

Un ligero escalofrío recorrió mi nuca.

No me gustaba este lugar.

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