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Portada de la novela En las sabanas de un Telesco

En las sabanas de un Telesco

Evangeline Brown llega con su familia a un pueblo siniestro donde la belleza atrae riesgos mortales. En este lugar, la castidad tiene precio y casarse a los diecinueve años es la única forma de evitar la ejecución. Bajo una vigilancia asfixiante, la joven debe luchar por su vida o ser sometida por Dan Telesco, un enigmático hombre que la persigue sin tregua. Entre el horror y la acción, ella intentará escapar de un destino cruel en manos de su acosador.
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Capítulo 3

CAPÍTULO 2.

Papá y mamá estaban en la sala, conociendo al personal que supuestamente se ocuparían de la casa. Un jardinero, dos mucamas, un ama de llaves y un sujeto que se ocupaba de la piscina que no había visto hasta el momento.

Cuando quise ir a ver la casa por si sola, mamá me detuvo sin decirme una sola palabra y me obligó a sentarme en el sofá.

No es que fuera una mala madre, pero siempre quería mantenerme bajo su control y eso me frustraba muchísimo.

Tuve que ver cómo mi padre los trataba de manera formal, como si supiera lo que estaba haciendo y mi madre, a dos pasos detrás de él con sumisión. Ella me pateó varias veces el pie de forma discreta para que enderezara la espalda.

Quise sacar mi móvil de mi bolso, pero mi madre me lo negó rotundamente. Y por supuesto que fue sin decirme ni una sola palabra, con sólo una mirada tensa y ojos saltones sabia que me estaba dando un NO rotundo a mis decisiones.

—Les recomendamos regresar a la casa eso de las diez de la noche y si hay una fiesta en el pueblo, no hay horario. —nos cuenta Allen, la ama de llaves—Luego, hay un cronograma de actividades para las damas y el caballero de la casa a donde se les enseñara equitación, natación, acrobacia y deben asistir todos al gimnasio privado que tienen en la casa. Al menos una hora al día. Las damas deberán asistir a un curso de cocina y cada una semana tendrán que visitar al clínico de cabecera que se les asignara cuando vayan al hospital del pueblo—Allen me mira a mí—. La niña deberá asistir a su primer control ginecológico hoy mismo y luego al doctor clínico el cual controlara estrictamente su peso entre otras cosas.

—¿Disculpe? —mi madre da un paso al frente—¿Por qué Evangeline deberá tener ese tipo de controles?

Allen levanta la barbilla como si estuviera a punto de prepararse para lo que parece una batalla de mando.

—Evangeline ingresara a los diecinueve años a lo que llamamos La elite. Es un edificio en donde se convive durante tres meses con otros jovenes de su edad y deberá escoger esposo. En caso de no encontrarlo este año, volverá asistir. Tiene tiempo hasta los treinta años.

Me pongo de pie de un salto, consternada.

—¡¿Esposo?!¿De qué están hablando? —levanto la voz y mi madre no pretende esta vez callarme porque está igual de perpleja que yo.

Mi padre, sin embargo, desvía la mirada.

—¡¿Papá tú lo sabias?! —escruto, furiosa.

—Evangeline—mi madre me levanta la voz en advertencia, mirando a Allen.

—Tendrás que vivir durante tres meses—vuelve a repetir Allen ahora con más paciencia—, con jóvenes de diecinueve años y también habrá otros adultos que estarán buscando esposa.

—¿Qué pasa con las personas que no logren contraer matrimonio? —pregunta mi madre.

Silencio.

Entre los empleados se miran, sin decir nada.

—Cadena de muerte, señora Brown—responde Allen sin tembleque en la voz.

Morir a causa de una vida fracasada que acaba en un matrimonio inexistente. La ironía de la vida me estaba dando una fuerte bofetada en este mismo momento.

Mamá me quedó viendo porque sabía que estaba pálida y creo que estaba a punto de bajarme la presión una vez más.

Sentía mi rostro frio y mis manos había empezado a temblar involuntariamente.

—Encontrar el amor en The Moon es algo probable y hay chicos muy apuestos que están llegando al pueblo, por lo que este año es un nuevo comienzo debido a la llegada de nuevos habitantes—agrega Allen con un entusiasmo escalofriante—. Si no te mantienes feliz y agradecido con lo que llega ¿qué gracia tiene seguir viviendo?

—Creo que es momento de que cada uno se ocupe de la casa—mi padre aplaude sonoramente para captar la atención de los supuestos empleados que nos observaban con desconfianza—. Hemos viajado por horas, necesitamos descansar.

—Por supuesto señor Brown—asintió la ama de llaves, manchándose a otro lado de la casa con el resto de los empleados caminaron detrás de ella como soldaditos.

Finalmente nos quedamos los tres a solas.

—Al despacho—nos indicó papá, caminando en una dirección que desconocía.

—¿Cómo sabes que esta casa tiene un despacho? —suelto, furiosa.

—Todas las mansiones del pueblo tienen uno—responde él, tajante.

Caminamos por uno de los pasillos que posee la planta baja y noto como la arquitectura de la casa parece querer forzar la modernidad con decoraciones absurdos que no entiendo. Hay estatuillas extrañas, cuadros que intentan decir algo y el color de las paredes no me gustan.

Soy negativa porque intento tapar mi tristeza criticando un sitio que me pone la piel de gallina.

Tras llegar al despacho mi padre cierra la puerta y nos mira a ambas. Se desajusta la corbata y se quita el saco. Toma aire como si no lo hubiera hecho desde que subió al avión.

—Me imagino que están llenas de preguntas.

—Sí, muchísimas—se adelanta a decir mi madre tras cruzar los brazos y observarlo como si no lo reconociera.

—¿A dónde estamos, papá?¿Fuimos secuestrados?¿Me vas a vender con algún ricachón o qué demonios?

—Sé que esto es muy difícil para todos y nos costara adaptarnos pero no podemos irnos de aquí—sentencia, firme—. Sé que no hubo tiempo para despedirnos y lo habrá, sólo una vez, por llamada o por carta, luego nos borraran del mapa porque viviremos en este pueblo para siempre.

—No puedes decirnos esto. Tenemos una vida en California, Elijah—lo enfrenta mamá—. Mi madre ¿qué explicación voy a darle a mi madre?

—Tendremos que despedirnos por cartas y sólo...podremos visitarla en su funeral.

—Hay que traerla a vivir al pueblo ¡no puede quedar sola, papá, ella está enferma! —levanto la voz porque ya no sé cómo llamar su atención.

—Haré lo posible para tráerla con nosotros si eso hace que ambas se sientan segura de este sitio.

—¿Por qué hablas cómo si ya lo conocieras? —doy un paso al frente.

Papá me mira un instante y al ver que no tiene escapatoria, suelta el aliento.

—The Moon es un pueblo en donde sólo vive la gente que es más que billonaria; su gente mueve al mundo con sus negocios de marketing entre otras cosas mucho más "grosas" —hace comillas con la ayuda de sus dedos de manera ironica—. Una vez que naces en este pueblo, perteneces a este para mantener tu apellido y no puedes irte porque sufres el exilio, sin dinero, vives perseguido y te asesinan si ven que pones en riesgo a la gente que vive aquí.

—¿Estamos en una cárcel para billonarios? —pregunto, sarcástica—¡Ni siquiera llegamos a fin de mes con el dinero e intento que mis calcetines sobrevivan todo el invierno!

Papá y mamá se miran discretamente pero no tanto como para que no me dé cuenta.

—Un momento...¿somos ricos? —apenas me sale la voz.

—Tu padre lo es—respondió mamá, evasiva.

—Mis padres se vieron sofocados durante años en The Moon y decidieron escapar. Pero no lo lograron, los encontraron y las autoridades de aquí los acribillaron una vez que se instalaron en California. Días antes me abandonaron en un orfanato. Supuse que fue porque los habían descubierto y querían mantenerme a salvo—nos cuenta papá con tristeza—. Y bueno, me encontraron y siempre se aseguran que los herederos vuelvan a donde pertenecen.

—Papá yo no sabía que...

—Nadie lo sabía, Evangeline. Y ahora tenemos que agradecer que no me mataron y que no les hicieron daño a ustedes. Son lo más preciado que tengo.

Mamá y yo no nos movemos de nuestro sitio a pesar de que presiento que ambas queremos abrazarlo.

—Si traemos a mi madre aquí puede que me relaje un poco—mamá se lleva una mano a la frente—. Necesito fumar. Dios, dime que en este sitio hay cigarrillos.

—¿Habanos te convence? —le pregunta mi padre.

—No seas asqueroso Elijah.

—¿Hicieron que estirara mi calcetín para que durara todo un invierno y resulta que éramos ricos? —vuelvo a preguntar.

—Tus abuelos lo eran, nosotros heredamos sus negocios.

—¿Y cómo sabes de ellos si fallecieron cuando eras pequeño?

—The Moon te pone al tanto de todo.

Mucho por procesar. Me dejo caer en uno de los sofas de cuero duro del despacho. Es incomodo, pero luce caro.

Miro mis calcetines negros, aquellos que estiré durante todo el invierno y que no me cansaré de repetirlo hasta que me muera.

Resulta que estaba en un pueblo que parecía un paraíso y donde tendría que vivir por el resto de mi vida si no quería terminar muerta.

Tenia amigos que me esperaban este sábado para beber algo en la playa (por supuesto que mis padres no sabían que bebía) y todo ese plan se había cancelado por culpa del destino.

Porque no tiene sentido hacer planes para un mañana si de todas formas este podría darse vuelta en cuestión de horas.

Mi madre, que estaba caminando de acá para allá mientras discutía con papá por la abuela, se me acercó, agachándose a mi altura sujetándose con las manos en el respaldo para no caer, me miró atrapando mi atención.

—Podemos conseguir un matrimonio arreglado para ti y podemos estirar eso de casarse por varios años. No tiene que ser pronto. No tienes que estar asustada por eso, Evangeline—me asegura ella—, no vamos a dejar que te casen con un extraño.

—Ni mucho menos que modifiquen tu estilo de vida. Eres inteligente, no vamos a permitir que ninguno de aquí te haga pensar lo contrario—agregó papá—. Recuerda siempre que eres una Brown.

Hicieron lo que pudieron con tal de protegerme, pero no lo consiguieron del todo porque mi llegada al pueblo fue una pesadilla a partir de ese día.

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