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Portada de la novela El Último Voto Roto

El Último Voto Roto

Sofía Rojas decide romper sus cadenas en la embajada tras descubrir una traición devastadora. Su prometido, el influyente Ricardo, no solo la engaña con su prima Valeria, sino que la utiliza como un simple peón para sus ambiciones empresariales. Al comprender que será desechada tras el éxito de un proyecto, el dolor de Sofía se torna en una sed de venganza implacable. Decidida a no huir sin luchar, jura desmantelar el imperio del hombre que amaba.
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Capítulo 2

Sofía Rojas sostuvo con fuerza la pluma, el plástico barato se sentía frío contra sus dedos. La mujer detrás del mostrador de la embajada española la miraba con indiferencia, esperando que firmara el último documento. El aire en la sala de espera era denso, olía a papel viejo y a la ansiedad contenida de docenas de personas. Cada rasguño de la pluma sobre el papel sonaba como un trueno en el silencio de su mente, era el sonido de su vieja vida rompiéndose en pedazos. Firmó con una caligrafía temblorosa pero decidida, empujó el formulario a través de la ventanilla y la mujer lo selló con un golpe seco y definitivo. Estaba hecho, el primer paso para escapar estaba dado.

Mientras esperaba que le devolvieran su pasaporte con la nueva visa, se sentó en una de las sillas de plástico duro. Dos mujeres a su lado platicaban en voz baja, pero sus palabras llegaron a oídos de Sofía con una claridad dolorosa.

"¿Viste el artículo en la revista 'Caras'?", dijo una de ellas, mostrándole su celular a la otra. "Es sobre Ricardo, el dueño de 'Diseños de Lujo'. Dicen que es el soltero de oro, ¡y qué guapo es!"

La otra mujer suspiró. "Ay, sí. Pero no es soltero, está comprometido con una arquitecta, Sofía Rojas. Dicen que es la pareja perfecta, que él la adora, que la trata como a una reina. Qué suertuda."

Sofía sintió un nudo en el estómago, una mezcla de náuseas y una ira fría que le recorría las venas. La pareja perfecta, sí, una farsa perfecta. Se levantó bruscamente cuando escuchó su nombre, recogió sus documentos sin mirar a las mujeres y salió del edificio, el sol de la Ciudad de México la golpeó en la cara, pero no sintió su calor. Solo sentía el frío que se había instalado en su corazón.

Llegó al lujoso apartamento que compartía con Ricardo. Todo estaba impecable, como siempre, un testimonio de su talento como arquitecta y del éxito de él como diseñador. Pero el lugar se sentía como una jaula dorada, cada objeto un recordatorio de la mentira en la que vivía. Unas horas más tarde, Ricardo llegó, sonriente y carismático como siempre.

"Mi amor, te extrañé", dijo, abrazándola por la espalda mientras ella observaba la ciudad desde el enorme ventanal. Le entregó un ramo de sus flores favoritas, lirios blancos.

Sofía se obligó a sonreír. "Hola, cariño. Yo también te extrañé."

Él la besó en el cuello, pero ella se tensó. En su saco, un saco que ella le había regalado, olía un perfume dulce y empalagoso, no era el suyo. Era el perfume de Valeria, la prima de Ricardo, la misma prima que vivía con ellos desde hacía tres meses con la excusa de buscar trabajo en la ciudad.

"Fue un día pesado en la oficina", continuó él, ajeno a la tormenta que se desataba dentro de Sofía. "Pero pensar en ti me dio fuerzas."

Mentira. Todo era una mentira. Se separó suavemente de él y fue a la cocina a poner las flores en un jarrón. Sus manos temblaban. Vio un cabello largo y rubio en la solapa del saco de él, Valeria era rubia. Sofía era castaña. Era otra pieza del rompecabezas, una pieza que encajaba perfectamente con las llamadas misteriosas, las llegadas tarde y la extraña familiaridad que había notado entre Ricardo y su prima. El dolor era físico, una presión en el pecho que apenas la dejaba respirar. Se apoyó en la fría encimera de mármol, cerrando los ojos con fuerza, luchando contra las lágrimas. No aquí, no ahora.

Ricardo entró en la cocina, su rostro una máscara de preocupación. "¿Estás bien, Sofi? Te ves pálida."

Él la abrazó, su toque ahora se sentía como una quemadura. Sofía se dejó abrazar, su cuerpo rígido como una tabla. Le acarició el cabello y le susurró al oído.

"Sabes que eres lo más importante para mí, ¿verdad? Eres mi vida entera."

Ella asintió, incapaz de hablar. Su mente estaba en otro lugar, repasando cada mentira, cada excusa. La ingenuidad que una vez sintió se había podrido, convirtiéndose en una amarga resolución. Iba a salir de esto, pero no se iría con las manos vacías, no después de todo lo que había invertido, no después de esta humillación. Él le había robado la inocencia, ella le quitaría todo lo demás.

Esa noche, no pudo dormir. Se quedó inmóvil en la cama, fingiendo estar dormida mientras Ricardo roncaba suavemente a su lado. El sonido de su respiración, que antes la calmaba, ahora le revolvía el estómago. Cerca de las dos de la mañana, la sed la obligó a levantarse. Caminó descalza por el pasillo oscuro, el mármol frío bajo sus pies. Al pasar por la sala, escuchó susurros. Se detuvo, su corazón latiendo con fuerza contra sus costillas.

Eran Ricardo y Valeria. La luz de la luna que entraba por el ventanal los iluminaba, estaban de pie, muy cerca. Ricardo le acariciaba la cara a Valeria, su gesto era íntimo, posesivo.

"Solo un poco más de paciencia, mi amor", susurró Ricardo, su voz era un murmullo bajo y conspirador. "Sofía es... necesaria por ahora. Su nombre, su reputación, todo ayuda al negocio. Una vez que cerremos el gran proyecto, encontraremos la manera de que se vaya sin escándalos."

Valeria rodeó el cuello de Ricardo con sus brazos. "¿Y qué hay de mí? Estoy cansada de esconderme en tu propia casa, de ver cómo la besas a ella."

"Pronto, te lo prometo", dijo él, y la besó. No fue un beso casto, fue un beso profundo, desesperado, lleno de una pasión que Sofía no había recibido en meses.

Sofía se quedó paralizada en la oscuridad del pasillo, el vaso de agua olvidado en su mano. El cristal de su corazón no se rompió, ya estaba hecho añicos, lo que sintió fue el frío vacío de la nada. No había amor, no había traición por un error, había un plan. Ella era una herramienta, un escalón. La rabia que sintió fue tan intensa que la dejó sin aliento, pero también le dio una claridad aterradora. Volvió a la cama en silencio, se acostó y miró el techo. Ya no había dudas, ya no había dolor, solo un objetivo. Sabía exactamente lo que tenía que hacer, conocía la debilidad de Ricardo mejor que nadie, su orgullo, su miedo a perderlo todo, su pánico a quedar expuesto como el fraude que era. Y ella iba a usar cada una de sus debilidades en su contra.

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