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Portada de la novela El rol del asesino

El rol del asesino

Un intérprete en crisis busca desesperadamente el papel estelar en la película de su padre, un director famoso. Tras ser rechazado, asume el desafío de encarnar a un despiadado criminal. Durante su preparación, conoce a una astuta detective que lo acecha sin descanso. Ignorando sus vínculos con los delitos reales, ambos inician un tórrido romance donde la ficción y la realidad se confunden, enfrentándolos a una peligrosa red de secretos y seducción.
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Capítulo 2

Emil, sentado en su pequeña oficina, hablaba por teléfono y acomodaba los papeles desordenados sobre su escritorio.

—La reunión con la gente de marketing se realizará el jueves a las cinco de la tarde. Venga con todas sus propuestas —Emil hizo una pausa escuchando—. Si, hasta luego.

 Colgó el teléfono y escribió en su laptop cuando su móvil comenzó a sonar. Miró la pantalla y atendió rápidamente.

—Hola, ma —dijo, y escuchó—. ¿Qué pasó? ¿que te caíste? ¿cómo sucedió? Espera, no llores, ¿cómo que haciendo jardinería? Estoy saliendo a verte, no te preocupes. No te muevas y quédate con la pierna hacia arriba.

Emil tomó su abrigo y salió rápidamente de su oficina. Condujo hacia la casa de su madre, aparcó el coche y cerró de un golpe la puerta. Abrió con su llave la puerta de entrada e ingresó. Caminó por la casa antigua, exageradamente decorada, y se dirigió a la habitación de su madre.

Su madre, Isabella, se encontraba recostada en su cama. Vestía una camisola negra que contrastaba con su piel demasiado blanca. Su pierna estaba excesivamente vendada. En la mesita de noche había un vaso lleno de agua y cajas de medicamentos.

—¿Qué pasó, ma? —preguntó Emil, preocupado.

Isabella se secó las lágrimas con un pañuelo de seda y Emil se recostó en el pecho de su madre. Ella lo abrazó y le acarició el cabello.

—Estaba regando mis petunias y me tropecé. Mi amor, no sabes el dolor que siento. Creo que me he fracturado el tobillo.

Emil abrazó a su madre y ella vio de reojo la caja floreada que se encontraba en el mueble frente a la cama. Continuó acariciando el cabello de su hijo.

—Ya está, ya está —dijo ella—. Ve a hacerme una tisana de hierbas, como tú sabes, hijo.

Emil, diligente, salió de la habitación a cumplir los caprichos de su madre. Isabella se levantó rápidamente de la cama y caminó pisando con ambos pies, sin ningún dolor en su pierna. Agarró la caja floreada y la guardó debajo de la cama. Se recostó nuevamente en la cama y puso un almohadón debajo de su pierna.

Minutos después volvió Emil, con una bandeja que posó sobre la cama. La bandeja tenía dos tazas de porcelana blanca y bombones envueltos en papel dorado. Se sentó en la cama y tomó una de las tazas que alcanzó a su madre.

—Toma, aquí tienes —dijo.

—Gracias, hijo.

—Debería llevarte a la urgencia.

—No, por favor hijo, sabes que detesto ir a esos lugares. Un poco de tu afecto y reposo y estaré bien.

Emil hizo una mueca, pero no dijo más nada al respecto.

—Hoy tío Oscar me pidió que me presentara al casting de la nueva película de Marco…

—Ah, cierto… Pasó por aquí y dejó algo para ti. Tenemos suerte de tener a Oscar, es un buen hombre.

—Estaba hablando con él, cuando nos interrumpió Ana…

Isabella dejó bruscamente su taza, derramando un poco de su contenido sobre la bandeja.

—¿Qué mierda hacía esa prostituta allí? —dijo enfurecida—. Esa clase de personas son las que no tienen consideración con nada ni nadie, arruinan vidas, proyectos, familias… No olvides lo que nos hizo esa mujer, no olvides lo que hizo esa zorra a nuestra familia.

Emil comenzó a inquietarse y apartó la bandeja de la cama, apoyándola sobre la mesa de luz, antes de que su madre derramara el contenido de ambas tazas sobre la cama.

—Por esa clase de mujeres pasan estas cosas. Es culpa de esa estúpida que tu padre me haya dejado —continuó Isabella, y se aclaró la garganta—. Bueno, cambiemos de tema, por favor, que me va a agarrar un ACV.

Isabella cerró los ojos y masajeó sus sienes.

—Si, mamá —dijo Emil.

—Tienes que presentarte en ese casting —enfatizó Isabella—. Tienes que hacerlo, bebé. Tienes que conseguir ese rol. Es una buena oportunidad para demostrarle a todo el mundo el gran artista que eres. Ve a buscar lo que dejó tu tío para ti.

Emil se levantó y bajó las escaleras, hacia el living. En la mesa pequeña había un sobre de papel madera con una nota que decía “Emil, aquí tienes algo para matar el tiempo.”.

Abrió el sobre y tomó el libreto que contenía dentro. Era de la nueva película de su padre. Se sentó en el sofá y comenzó a leer. Lo cautivó enseguida.

***

Emil sirvió la comida en la mesa y llenó las copas de vino.

—¡Mamá! La cena está lista.

Isabella entró rengueando en el amplio living y se sentó frente a uno de los platos, repleto de comida. Tomó la copa y bebió un sorbo.

Cenaron en silencio y cuando terminaron de comer, Emil volvió a llenar sus copas.

—¿Le echaste un vistazo a lo que te había dejado Oscar? —preguntó su madre, tomando la copa.

—Si, lo he leído por completo.

—Tiene talento para escribir el hijo de puta, ¿verdad? —declaró.

Emil asintió con la cabeza y bebió un sorbo de su copa. Isabella se levantó, tomando su plato y Emil hizo un gesto con su mano y agitó la cabeza de un lado a otro frunciendo el ceño. Se levantó rápidamente y levantó los platos de la mesa para que su madre no lo hiciera, y los llevó a la cocina.

Regresó de la cocina, habiendo lavado todo e Isabella continuaba bebiendo. Se levantó con su copa en la mano, haciendo una mueca de dolor y besó la frente de su hijo.

—Buenas noches, mi amor —le dijo.

—Buenas noches, ma.

Isabella llenó su copa antes de retirarse a dormir y salió del living, rengueando. Emil levantó su copa y la botella de vino y fue a la cocina. Lavó y secó los platos. Cuando él estaba allí, mandaban al mayordomo a que se retirara temprano. Él adoraba cocinar para su madre.

Subió las escaleras y se aseguró de que su madre durmiera cómodamente. La arropó y volvió a bajar.

Abrió la nevera y tomó el helado. Se recostó en el sofá, con las piernas sobre un almohadón e hizo un rato de zapping. Cuando se aburrió, guardó el helado, se puso su abrigo y salió por la puerta trasera, intentando hacer el menor ruido posible, para no despertar a su madre.

***

Isabella, recostada en su cama, abrió los ojos. Se quitó las mantas de encima de un tirón y se levantó. Se quitó la bata y debajo de ella estaba usando la misma ropa que llevaba en la cena. Se inclinó hacia su pierna y arrancó el vendaje. Entró a su vestidor y se colocó unas botas y tomó un abrigo.

Buscó la caja floreada que estaba debajo de la cama y bajó las escaleras colocándose el abrigo. Se metió rápidamente en el coche, arrojando la caja floreada en el asiento del acompañante, y oprimió el botón que abría el portón levadizo. Ajustó el espejo retrovisor y salió marcha atrás.

Condujo hacia la productora de Marco a una velocidad poco prudente. Aparcó desprolijamente el coche en la puerta y bajó. Cruzó con decisión la puerta vidriada y se dirigió al pasillo de la derecha. El guardia de seguridad la observó con los ojos bien abiertos, pues no era habitual que ella estuviera allí.

—Isabella… tanto tiempo —saludó, un poco desconcertado.

Isabella continuó caminando hasta alejarse del guardia, quien la seguía con la mirada, con las manos en su cinturón, de donde colgaba un walkie—talkie.

Subió por el elevador y llegó hasta la oficina con el cartel en letras sofisticadas donde se podía leer “Marco Rossi” en la puerta y la abrió.

***

Marco llevaba una camisa negra con los primeros tres botones desabrochados y levantó la vista cuando oyó la puerta abrirse. Estaba leyendo unos papeles con un whiskey en la mano, y su laptop permanecía abierta en su escritorio. Miró asombrado a Isabella y ella lo miró con el ceño fruncido, se quitó el abrigo y se sentó delante de él en la silla vacía frente al escritorio.

—¿Qué haces tú aquí? —preguntó Marco.

Abrió un cajón del escritorio y tomó una caja. Sacó un habano, lo encendió y comenzó a fumar. Isabella apoyó la caja floreada sobre el escritorio.

—A mi tampoco me hace mucha gracia verte la cara, así que cállate por un momento y escucha —dijo Isabella—. Vengo a exigir el rol principal de tu nueva película. A partir de hoy, ese rol tiene dueño.

—¿Qué? Eres una desquiciada. Esas cosas las decido yo. Lo sabes muy bien, querida.

—Me parece que no estás comprendiendo. Te estoy diciendo que el protagónico de tu película nueva es de nuestro hijo. ¿Necesitas que lo formule más claro? Pensé que lo tuyo eran las palabras, las imágenes. ¿Qué sucede, Marco? ¿Debo ser más gráfica?

Isabella abrió la caja y se la mostró a Marco. Marco miró burlonamente.

—No me asustas. ¿Qué tienes allí? ¿Tus píldoras? —dijo sonriendo.

—Sabes muy bien lo que hay aquí dentro. Aquí está el fin de tu carrera. Y estás loco si piensas que estos son los documentos originales. Esos están muy bien guardados y digitalizados. Todo este tiempo me he dedicado a recopilar y guardar todas estas pruebas en tu contra.

Isabella tomó algunos de los papeles que había dentro de la caja, moviéndolos dentro de ella.

—La denuncia de hace veinte años de aquella pobre actriz, ¿recuerdas? Jazmin. Intento de abuso y extorsión —tomó otro de los documentos, mientras continuaba hablando—... Las grabaciones de la productora con tu voz ofreciendo dinero por el libreto que plagiaste… fotos, grabaciones y testimonios de cuando me golpeaste esa nochecita… Y no sé si recuerdas aquella pobre chiquilla, Vera, la que internaste en un psiquiátrico, el cual estoy pagando yo: hoy se cumplen quince años de eso. ¡Ah! También tengo algunas cositas de los psicólogos y abogados sobre tu desempeño como padre… ¿quieres que comience a nombrar todo el mal que le has causado al pobre Emil?

—¡Detente, lunática! ¿Has guardado todo eso durante todo este tiempo? Sí que estás enferma…

Marco respiró profundamente y bebió un gran sorbo de su vaso de whiskey. Tomó una lapicera y de un cajón sacó una chequera y miró fijamente a Isabella.

—¿Cuánto dinero quieres? —preguntó.

Isabella cerró la caja floreada y se puso nuevamente su abrigo. Tomó la caja en sus manos y se levantó. Sonrió a Marcos y caminó hacia la puerta, abriéndola.

Marcos se levantó rápidamente de su silla y cerró la puerta con una de sus manos, sosteniéndola. Con su mano libre, tomó del brazo a Isabella. Isabella lo miró con desprecio y luego miró cómo sujetaba su brazo. Marco la acercó hacia él, mirándola con odio y murmuró en su oído.

—Emil me arruina mi película, y tienes que atenerte a las consecuencias… Tú eres la responsable de tu hijo.

Isabella sonrió y se soltó del agarre de Marco mirándolo con asco.

—Tú no conoces a MI hijo —respondió.

Giró y abrió la puerta, pero antes de irse volvió a enfrentarlo.

—Ah, puedes quedártela —dijo, y arrojó la caja sobre el escritorio de Marco, que se abrió y los documentos que contenía se desparramaron y mezclaron con sus otros papeles—. De todas formas, tengo copias de todo.

Dio media vuelta y se marchó, dando un portazo. Marco gruñó, se acercó al escritorio y tiró todo lo que allí había al suelo. Tomó su vaso y bebió, mientras agarraba su móvil y llamaba.

—¿Qué sucede? —se escuchó la voz de Oscar del otro lado de la línea.

—Me acaba de hacer una visita en mi oficina la loca. Vino a extorsionarme para que le diera el rol protagónico de la película, ni más ni menos, que a Emil… Tiene muchas pruebas en mi contra y por lo visto está decidida a hundirme… no sé qué hacer… —dijo, pasándose una mano por el cabello.

—Tranquilo, cálmate. Piensa: en realidad, no es mala idea…

Marco se movía nerviosamente de un lado al otro de su oficina.

—¿Qué dices? —lo cortó tajante Marco, sentándose en su silla—. ¿Te has vuelto loco? Ya le he dado un puesto aquí sólo por lástima, ¿pretendes que dinamite mi propia película y le dé un protagónico? De todas maneras, no tengo opción, es eso o la cárcel. Tiene grabaciones de la extorsión con la productora de Luca. Cuando le dije…

—Bueno, detente —interrumpió Oscar—. No parece una mala idea que tu hijo actúe en una película tuya. Piensa en la prensa. Creo que ayudará a vender. Deberías darle una oportunidad.

—Emil es un inútil, nunca va a hacer lo que yo exijo, no es capaz de estar a la altura.

—Marco, que se presente al casting, como cualquier otro, y lo evalúas allí. Es un buen actor, confía en mí. Déjalo en mis manos y me encargaré de todo. Como siempre lo he hecho con Emil.

—Mi vida está en tus manos desde hace tiempo… —dijo Marco, resignado.

—Vete a descansar que es tarde. Piensa en esto como un camino hacia la buena prensa. Mañana a primera hora estaré encargándome de todo, no debes preocuparte. Isabella estará un poquito loca, pero por lo visto tiene muy en claro lo que quiere —Oscar suspiró—. Hasta mañana, descansa —dijo y colgó.

Marco tiró el móvil sobre su escritorio y observó el lío de papeles que había hecho Isabella. Apoyó los codos sobre su escritorio y dejó caer su cabeza sobre las manos, abatido. Resopló y luego de un momento se incorporó, para volver a servirse otro vaso de whiskey y fumar su habano.

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