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Portada de la novela El Regalo del Destino Cruel

El Regalo del Destino Cruel

Elvira salvó a Diego, su mejor amigo, donándole un riñón, pero recibió a cambio la peor traición: su prometido, Ramiro, la dejó por él. Tras la muerte de su padre, Elvira encuentra consuelo casándose con Sofía. Sin embargo, seis años después, la realidad se torna oscura al descubrir que su esposa orquestó el asesinato de su progenitor. Elvira no es amada, sino una prisionera mantenida como reserva de órganos para Diego en un plan perverso y letal.
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Capítulo 2

Doné mi primer riñón a mi mejor amigo, Diego, sin dudarlo un segundo.

Los médicos dijeron que su vida dependía de ello, y para mí, la vida de Diego era tan importante como la mía.

Desperté en la cama del hospital, con un dolor sordo en el costado, pero con una sonrisa en la cara.

Diego estaba a salvo.

Eso era lo único que importaba.

Unas semanas después, mientras todavía me recuperaba, mi mundo se vino abajo.

Recibí una llamada.

Era del hospital.

Mi padre, Don Ricardo, se había desplomado en el trabajo.

Fui corriendo, con el cuerpo todavía débil.

El diagnóstico fue un golpe brutal: insuficiencia renal aguda y fulminante.

Necesitaba un trasplante.

Urgente.

El médico me miró con lástima.

"Hicimos las pruebas de compatibilidad a toda la familia, Elvira. La única compatible eres tú".

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

Mi único riñón.

El que me quedaba.

No lo pensé.

No podía pensarlo.

Era mi padre.

"Lo haré", dije con una voz que no reconocí como mía.

"Donaré mi riñón".

El médico trató de disuadirme, me habló de los riesgos, de una vida conectada a una máquina.

"Existe la opción de un riñón artificial, un dispositivo externo, pero su calidad de vida...", empezó a decir.

Lo interrumpí.

"No me importa. Salven a mi padre".

La decisión estaba tomada.

Mi vida por la suya.

Era un intercambio justo.

Pero la cirugía era costosa, y el riñón artificial aún más.

Mi prometido, Ramiro, era mi única esperanza.

Llevábamos cinco años juntos, planeando una boda, una vida.

Lo llamé desde la sala de espera del hospital, con el olor a antiséptico llenando mis pulmones.

"Ramiro, necesito tu ayuda. Es papá...".

Le expliqué la situación, la voz temblándome por el pánico y la desesperación.

Esperaba palabras de consuelo, un "estoy contigo, lo resolveremos".

En cambio, recibí un silencio helado.

"Elvira", dijo finalmente, su voz extrañamente distante. "Eso es... mucho dinero. Y un riñón artificial... ¿sabes cómo te verás? ¿Cómo será nuestra vida?".

No podía creer lo que escuchaba.

"¿Nuestra vida? Ramiro, mi padre se está muriendo".

"Y tú te estás arruinando la vida", espetó. "No puedo casarme con una mujer enferma, Elvira. No puedo atarme a una máquina de diálisis por el resto de mis días. Lo siento".

Y colgó.

Me quedé con el teléfono en la mano, el pitido monótono resonando en mi cabeza.

Me había abandonado.

Me había desechado como si no fuera nada.

Esa noche, buscando una razón, una explicación, entré a sus redes sociales.

La primera foto que vi me rompió el corazón en mil pedazos.

Ramiro estaba en un bar caro, sonriendo.

A su lado, con una copa de champán en la mano, estaba Diego.

Mi mejor amigo.

El hombre al que le di mi riñón.

Se estaban besando.

La descripción de la foto decía: "Celebrando nuestro amor. El futuro es nuestro".

Vomité en el baño del hospital.

Vomité hasta que no me quedaron fuerzas.

La traición era tan física, tan real, que me quemaba por dentro.

Estaba sola, rota y sin dinero.

Mi padre se moría y yo estaba a punto de sacrificar mi último órgano sano por él, mientras las personas que más amaba celebraban sobre las ruinas de mi vida.

Sentada en el frío suelo del pasillo del hospital, me abracé las rodillas y lloré en silencio.

Fue entonces cuando apareció Sofía.

Mi amiga de la infancia.

No la había visto en años, desde que se fue a estudiar medicina al extranjero.

"Elvi", dijo suavemente, arrodillándose frente a mí.

Levanté la vista, con los ojos hinchados.

"Sofía...".

"Me enteré de lo de tu papá", dijo, su voz llena de una compasión que me pareció un bálsamo. "Y me enteré de lo de Ramiro y Diego. Son unos desgraciados".

Se sentó a mi lado, sin decir nada más, simplemente estando ahí.

Al día siguiente, regresó.

"Tengo una solución", anunció. "He hablado con mis colegas. Traeré al mejor equipo de cirujanos del país. Ellos harán la operación, la tuya y la de tu padre. Y yo cubriré todos los gastos. No tienes que preocuparte por nada".

La miré, incrédula.

"¿Por qué harías eso?".

Ella me sonrió, una sonrisa cálida y tranquilizadora.

"Porque somos amigas, Elvi. Porque te quiero. Y porque sé que tú harías lo mismo por mí".

Me pareció un milagro.

Un rayo de luz en la oscuridad más absoluta.

Sofía se encargó de todo.

El equipo médico llegó, me prepararon para la cirugía.

La última imagen que recuerdo antes de que la anestesia me venciera fue la cara de Sofía, sonriéndome.

"Todo saldrá bien", me susurró. "Te lo prometo".

Desperté en una habitación privada, con el zumbido constante de la máquina a mi lado.

Mi riñón artificial.

Mi nueva vida.

Sentía un vacío inmenso en mi interior, no solo físico.

Sofía estaba sentada junto a mi cama.

Tenía los ojos rojos.

En sus manos sostenía un único girasol.

"Sofía, ¿y mi papá? ¿Cómo está mi papá?".

Ella no me miró a los ojos.

Su mirada se clavó en el girasol.

"Lo siento, Elvi", dijo en un susurro. "Hubo complicaciones durante la cirugía. No... no lo logró".

El mundo se detuvo.

El zumbido de la máquina se convirtió en un rugido ensordecedor.

Todo.

Había sacrificado todo.

Para nada.

Mi padre estaba muerto.

Me quedé sin riñones, sin prometido, sin mejor amigo y sin padre.

Sofía nunca se apartó de mi lado.

En los meses siguientes, se convirtió en mi ancla, mi única razón para no dejarme hundir.

Me cuidaba, me leía, me sacaba a pasear en silla de ruedas por el jardín del hospital.

Una tarde, mientras veíamos el atardecer, me tomó de la mano.

"Sé que no es el momento, Elvi. Pero no quiero que vuelvas a estar sola nunca más. Déjame cuidarte. Déjame ser tu sol".

Agotada, vacía y desesperadamente sola, acepté.

Nos casamos en una ceremonia sencilla en el registro civil.

Pasaron seis años.

Seis años de una vida tranquila, rutinaria, marcada por mis sesiones de diálisis tres veces por semana.

Sofía era la esposa perfecta.

Atenta, cariñosa, protectora.

Yo dependía completamente de ella.

Ella era mi mundo.

Una noche, llegué a casa antes de lo esperado.

La clínica había tenido un problema con las máquinas y cancelaron mi sesión.

La puerta de la casa estaba entreabierta.

Escuché voces desde el estudio de Sofía.

Era ella, hablando con su amiga Camila, también médica y parte del equipo que me operó.

Me detuve, sin querer interrumpir.

La puerta no estaba bien cerrada, y pude oír claramente su conversación.

"¿No te da remordimiento de conciencia, Sofía?", preguntó Camila, con la voz cargada de ansiedad. "Han pasado seis años. Elvira vive conectada a una máquina por tu culpa".

El corazón me dio un vuelco.

¿Culpa de Sofía? ¿A qué se refería?

La risa de Sofía fue fría, despectiva.

"¿Remordimiento? ¿Por qué? Hice lo que tenía que hacer por Diego. Él necesitaba esos riñones como 'póliza de seguro'. Su familia tiene un historial genético terrible, y yo no iba a permitir que nada le pasara".

Me llevé una mano a la boca para ahogar un grito.

¿Diego?

¿Qué tenía que ver Diego en todo esto?

"Pero él nunca estuvo enfermo, Sofía", insistió Camila. "Inventaste todo. Y lo del padre de Elvira... eso fue...".

"¿Un accidente necesario?", completó Sofía con una calma que me heló la sangre. "Don Ricardo era un cabo suelto. No podíamos arriesgarnos a que alguien descubriera que su riñón estaba perfectamente sano cuando lo extrajimos. Una sobredosis de potasio durante la cirugía... y problema resuelto. Una 'complicación' trágica e inevitable".

El aire se me escapó de los pulmones.

No podía respirar.

"Le quitaste sus dos riñones, Sofía", susurró Camila, horrorizada. "El de su padre y el suyo. Los tienes en un banco de órganos privado, esperando por si Diego algún día los necesita. Y te casaste con ella para mantenerla controlada, para asegurarte de que nunca descubriera la verdad".

Sofía soltó una carcajada.

"Ella es tan ingenua. Tan leal. Fue la candidata perfecta. Y ahora es mi pequeña mascota dependiente. Nunca sospechará nada. Diego está a salvo, y eso es lo único que me ha importado siempre".

Me apoyé contra la pared, temblando de pies a cabeza.

Cada palabra era una puñalada.

Mi vida entera.

Mi sacrificio.

La muerte de mi padre.

Mi matrimonio.

Todo era una mentira.

Una conspiración monstruosa orquestada por la mujer que dormía a mi lado cada noche.

La mujer que juró ser mi sol.

Ella no era mi sol.

Era la oscuridad que se lo había tragado todo.

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