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Portada de la novela El Regalo del Destino Cruel

El Regalo del Destino Cruel

Elvira salvó a Diego, su mejor amigo, donándole un riñón, pero recibió a cambio la peor traición: su prometido, Ramiro, la dejó por él. Tras la muerte de su padre, Elvira encuentra consuelo casándose con Sofía. Sin embargo, seis años después, la realidad se torna oscura al descubrir que su esposa orquestó el asesinato de su progenitor. Elvira no es amada, sino una prisionera mantenida como reserva de órganos para Diego en un plan perverso y letal.
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Capítulo 3

El frío de la pared se filtró a través de mi ropa, pero no era nada comparado con el hielo que se instalaba en mis huesos.

Cada latido de mi corazón era un golpe sordo en mis oídos, un recordatorio de que seguía viva en esta pesadilla.

El aire no llegaba a mis pulmones.

Sentí un sabor metálico en la boca.

Las voces en el estudio continuaron, pero ya no eran más que un zumbido distante.

La verdad era un monstruo que me había devorado entera.

Diego nunca estuvo enfermo.

Mi primer sacrificio fue una farsa.

Mi padre no murió por complicaciones.

Fue asesinado.

Asesinado en una mesa de operaciones por el equipo que mi "salvadora" trajo.

Le robaron su vida, le robaron su riñón.

Y a mí... a mí me robaron todo lo demás.

Mi salud.

Mi futuro.

Mi capacidad de vivir una vida normal.

Me convirtieron en un recipiente vacío, una esclava de una máquina, todo para que los órganos de mi padre y el mío estuvieran disponibles para Diego.

Como repuestos.

Como una "póliza de seguro".

La sonrisa de Sofía, sus cuidados, sus "te quiero".

Todo era veneno cubierto de miel.

Ella no me salvó de la desesperación.

Ella era la arquitecta de mi infierno.

Su mano no era un apoyo, era la guadaña del diablo que había segado mi vida y la de mi padre.

Escuché pasos acercándose a la puerta del estudio.

Apenas tuve tiempo de moverme, de enderezarme y tratar de componer un rostro que no delatara el apocalipsis que estaba ocurriendo dentro de mí.

La puerta se abrió.

Sofía salió, seguida de una Camila pálida y nerviosa.

"¡Elvi! Cariño, qué sorpresa", dijo Sofía, su sonrisa perfectamente ensayada. "¿No tenías diálisis hoy?".

"Cancelaron la sesión", logré decir, mi voz un hilo tembloroso.

"Oh, pobrecita. Debes estar agotada".

Se acercó para abrazarme, y tuve que usar cada gramo de mi autocontrol para no gritar y apartarla de mí.

Su perfume, el mismo que durante seis años había asociado con seguridad y amor, ahora olía a muerte y a mentiras.

"Estábamos hablando del trabajo", dijo, señalando a Camila. "Recordando casos viejos. Incluso hablamos de lo tuyo y lo de tu papá. Qué tragedia fue aquello".

Su mirada era directa, sin un ápice de culpa.

Una actriz consumada.

Me miraba a los ojos y me mentía sobre el asesinato de mi padre.

Sentí una oleada de náuseas.

"Sofía", dije, probando el terreno, mi corazón latiendo con furia. "He estado pensando... sobre mis riñones".

Su sonrisa se tensó ligeramente.

"¿Qué pasa con ellos, mi amor?".

"Los riñones que le quitaron a mi padre y el que me quitaron a mí... ¿dónde están? ¿Se desechan? Me gustaría... no sé, saber qué pasó con ellos".

Era una pregunta estúpida, una pregunta desesperada.

Pero necesitaba ver su reacción.

Camila se puso visiblemente nerviosa, desviando la mirada.

Sofía, en cambio, mantuvo la calma.

Puso una expresión de compasión, de tristeza fingida.

"Ay, Elvi. Esos son desechos biológicos. Se incineran después de la extracción, es el protocolo. Sé que es duro, pero es mejor no pensar en eso. Es como pensar en la ceniza de tu padre. Solo trae dolor".

Me estaba llamando tonta.

Me estaba tratando como a una niña, dándome palmaditas en la cabeza mientras me mentía descaradamente.

"Pero el riñón de papá estaba sano", insistí, mi voz ganando un poco de fuerza. "Y el mío también. ¿No se podrían haber donado a alguien más?".

Sofía suspiró, como si mi insistencia la agotara.

"Cariño, las cosas no funcionan así. Hubo complicaciones, ¿recuerdas? Los órganos ya no eran viables. Fue una situación desafortunada de principio a fin. Ahora, ¿por qué no te preparo un té? Pareces pálida".

Me tomó del brazo, guiándome hacia la cocina.

Su tacto me quemaba.

Cada gesto de afecto era una burla.

Recordé todas las veces que me había quejado del cansancio, del dolor, de la frustración de mi condición.

Y ella siempre estaba ahí, con una palabra amable, con una caricia.

"Eres mi guerrera", me decía.

"Admiro tu fuerza", susurraba por la noche.

Mentiras.

Todo eran mentiras para mantenerme dócil y agradecida.

Una prisionera que amaba a su carcelera.

Esa noche, cuando se fue a dormir, fingí estar profundamente dormida.

Esperé a que su respiración se volviera lenta y acompasada.

Le había preparado un té, sí.

Pero el mío.

Le puse dos de mis pastillas para dormir más fuertes, las que me recetaron para las noches de insomnio y ansiedad.

Se lo bebió todo, diciéndome lo buena que era por cuidarla.

La ironía era tan amarga que casi me ahoga.

Cuando estuvo profundamente dormida, me levanté de la cama.

Mi cuerpo se sentía pesado, mi corazón era una piedra en mi pecho.

Me acerqué a ella.

La observé dormir, el rostro sereno de un monstruo.

La blusa de su pijama estaba ligeramente desabrochada.

Y entonces lo vi.

Justo debajo de su clavícula, un tatuaje pequeño y discreto que nunca antes había notado, o que ella siempre se había cuidado de ocultar.

Era un sol estilizado.

Y en el centro del sol, una letra.

Una "D".

Por Diego.

El sol que juró ser para mí, en realidad, siempre había brillado para él.

La rabia me inundó, una ola caliente y violenta.

Fui a su estudio.

Necesitaba pruebas.

Necesitaba saberlo todo.

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