Portada de la novela La Mascota Sucia De Papito

La Mascota Sucia De Papito

9.0 / 10.0
La Mascota Sucia De Papito es una antología de romance modern y lgbt que explora juegos de poder y dominación absoluta. Esta web novel se sumerge en deseos prohibidos y obsesiones oscuras, ofreciendo una experiencia intensa para quienes buscan leer historias de ficción con relatos explícitos.
Resumen de La Mascota Sucia De Papito
Esta antología de romance MxM profundiza en la crudeza de los juegos de poder y el BDSM más salvaje. A través de relatos cargados de una obsesión oscura, la obra explora situaciones de dominación absoluta donde el placer se entrelaza con la culpa. Con una narrativa explícita y sin restricciones, se adentra en deseos prohibidos y tabúes que desafían todo límite. Es una experiencia intensa y pecaminosa que invita a sumergirse en una indulgencia caótica.
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La Mascota Sucia De Papito Capítulo 1

PERSPECTIVA DE ELIAS

Lo he deseado desde el primer día que pisé esta mansión.

El esposo de mi jefa.

Damien.

Algo muy dentro de mí cambió, encendiéndose en llamas, en el instante en que lo vi.

¿Cómo no iba a pasar?

Era un hombre alto y jodidamente guapo.

Damien se movía con una elegancia natural, como si el mundo entero le perteneciera. Una vez lo atrapé medio desnudo mientras se relajaba en la zona de la piscina y vi que tenía todo el cuerpo cubierto de tatuajes.

Fue tan difícil apartar la mirada.

Y probablemente no lo habría hecho si él no se hubiera girado, sorprendiéndome de pleno mientras lo devoraba con los ojos.

Una disculpa brotó de mis labios antes de darme la vuelta y huir a toda prisa.

Con las mejillas encendidas.

Y la polla dura.

Sabía que era peligroso.

Mirarlo así.

Desearlo.

Pero no podía evitar fantasear con lo que se sentiría tener esas manos fuertes aferrándose a mí.

Y esos pensamientos me habían atormentado durante las semanas que llevaba trabajando aquí.

No podía marcharme.

Este era el trabajo de mi vida.

Siempre había querido estar en cocinas lujosas, preparando cenas privadas para gente rica.

Y *voilà*, conseguí este empleo.

Me encantaba trabajar en esta cocina, que se parecía más a la de un restaurante de cinco estrellas que a la de una casa particular.

Irme no era una opción.

El siseo de la salsa que estaba cocinando me trajo de vuelta a la realidad.

Me giré para removerla.

Las luces brillantes rebotaban en las encimeras blancas y en las superficies de acero inoxidable mientras me movía rápido por el lugar, picando verduras y preparando la carne.

El corazón me latía un poco más rápido de lo habitual mientras emplataba el plato principal.

Mis movimientos eran meticulosos.

Tenía que ser así, porque esta cena era un filete término medio que el mismísimo Damien había pedido.

No podía arruinarlo.

Cuando terminé, el sudor se me acumulaba en la frente y me resbalaba por las mejillas.

La carne descansaba perfectamente en el centro de la cerámica, bañada con la salsa que había preparado.

Mi rostro se iluminó al instante.

El plato había quedado impecable.

Mi obra de arte.

A Damien definitivamente le gustaría.

Intenté mantener una expresión serena mientras llevaba los platos con cuidado hacia el comedor.

Damien estaba sentado a la cabecera de la mesa.

Y su esposa no estaba.

Me pregunté a dónde habría ido.

Nuestras miradas se cruzaron.

-Buenas noches -saludé.

Me miró fijamente y su mirada penetrante se sostuvo más tiempo del debido.

Un escalofrío ardiente me recorrió la espina dorsal y tragué saliva con suavidad.

-Buenas noches, Elias.

La forma tan pausada en la que pronunció mi nombre, con ese tono barítono y espeso, me puso la polla de piedra.

Coloqué el plato frente a él.

Me temblaban los dedos.

-La cena está servida. *Bon appétit* -le dije antes de dar un rápido paso atrás.

Su mirada me recorrió de arriba abajo.

Lentamente.

Cambié el peso de un pie a otro, sintiéndome incómodo bajo la intensidad de sus ojos escrutadores.

Aclarándome la garganta, hablé.

-Noté que su esposa no está esta noche. ¿Viajó por casualidad? -solté de repente.

Él emitió un leve sonido de asentimiento.

-Se fue a Milán esta mañana -respondió-. No volverá hasta dentro de un par de semanas, tal vez.

El corazón se me dio un vuelco.

-¿Dos semanas? -repetí en voz baja.

Él asintió.

Mis ojos se abrieron de par en par.

No porque ella se hubiera ido.

Sino por el hecho de que estábamos completamente solos.

Los dos.

Yo y el hombre que deseaba desesperadamente que me follara.

El protagonista de mis sueños húmedos.

Solos.

En esta casa enorme.

El pensamiento me secó la boca.

Un suspiro inaudible de alivio escapó finalmente de mis labios cuando él apartó la vista.

Sus ojos volvieron a bajar al filete que le había servido.

-Todo tiene un aspecto excelente esta noche, Elias -dijo con esa voz profunda y calmada.

El calor se concentró en mi vientre.

-Gracias, señor -respondí.

Intentaba sonar seguro de mí mismo.

Pero estaba fallando.

La voz me temblaba.

Las manos me flaqueaban.

Tuve que esconderlas detrás de la espalda para evitar que viera lo afectado que estaba.

Aunque él seguía inspeccionando la presentación del plato.

-Espero que disfrute el corte. Está término medio, justo como a usted le gusta.

Él asintió.

Luego tomó el cuchillo y el tenedor que estaban a un lado sin decir nada más.

Esperé a que diera el primer bocado.

Cerró los ojos.

Luego los abrió, clavándolos en mí.

-Te has superado otra vez, Elias -reconoció.

Una sonrisa curvó mis labios.

-Gracias, señor.

-Puedes retirarte -dijo.

Asentí.

Se inclinó y le dio otro bocado a su cena.

El sonido que hacía al masticar me encendió.

El deseo me atravesó como una descarga.

«¡Contrólate, Elias!», me gritó mi cerebro.

Respiré hondo para recuperar la compostura.

Luego me di la vuelta y regresé a la cocina, casi flotando como un niño consentido.

¿Quién no lo haría si Damien lo elogiaba?

Un suspiro de alivio salió de mis labios en cuanto cerré la puerta y me apoyé en ella.

Terminó unos minutos más tarde.

Lo supe porque la camarera de llaves entró con los platos tras limpiar la mesa.

-Ya terminé por hoy -diso Martha-. Me voy a casa ya.

Le asentí.

-Buenas noches.

Después de que se fuera, empecé a recoger y limpiar.

Y entonces, minutos después, escuché pasos justo detrás de mí.

Me di la vuelta rápido, esperando ver a Martha.

Quizás había regresado porque había olvidado algo.

Después de todo, pensé que Damien ya se habría subido a su habitación tras cenar.

Pero me equivocaba.

Porque era Damien quien estaba de pie en el umbral, observándome intensamente.

Un nudo se me formó de inmediato en la garganta.

-¿Señor? -jadeé.

La camisa negra que llevaba tenía los tres botones superiores abiertos, revelando un sexy atisbo de los tatuajes que se extendían por todo su pecho.

Tragué saliva al instante.

-¿Todavía estás trabajando? -preguntó.

Pasé saliva con suavidad antes de hablar.

-Sí, señor, solo estoy terminando de limpiar aquí -mentí mientras me secaba las manos con un paño.

Intenté forzar una sonrisa.

-¿Necesita algo?

Hubo un momento de silencio.

La sangre me zumbaba en los oídos.

Y él seguía allí, inmóvil.

Mirándome fijamente.

Como a una presa.

Entonces se movió.

Cualquier palabra que fuera a decir murió en mi garganta mientras Damien se acercaba a mí como un depredador.

Y la boca se me secó por completo cuando se detuvo justo al lado de la encimera.

-¿Son platos nuevos?

Miró hacia las pocas preparaciones que había dejado fuera para que perdieran el calor.

Asentí, temblando.

-Déjame ver qué más has preparado.

El corazón me martilleaba en el pecho.

Él hacía esto a menudo.

Pero algo en la forma en que se movía esta noche se sentía repentinamente distinto.

Tomé una cuchara pequeña de degustación.

Luego tomé un poco de la salsa que había hecho antes.

-Esta es para acompañar la carne. Lleva chalotas y un toque de balsámico.

Él tomó la cuchara que le ofrecía de entre mis dedos para probarla.

Pero su mano rozó la mía a propósito.

Me esremecí como un gato asustado.

Él me miró.

-Lo siento -susurré.

Sus manos se volvieron más audaces, envolviendo la mía.

-¿Señor? -susurré mientras acercaba la cuchara a mis propios labios.

Nuestras miradas se encontraron.

Su piel se sentía caliente contra la mía.

-Pruébala tú primero -ordenó en voz baja.

Mi pulso se disparó.

Pero lo ignoré.

Incliné la cabeza hacia la cuchara.

Y me tragué el líquido dulce y tibio sin decir una palabra.

Cuando levanté la vista, me estaba mirando los labios con los ojos oscuros y entornados.

La sangre bajó directo a entre mis piernas.

-Disculpe -dije.

La advertencia apenas salió antes de que retirara mi mano de su agarre.

La muñeca aún me ardía donde su mano había estado.

Dejé la cuchara en el fregadero.

Luego tomé otra cuchara limpia del soporte, la sumergí en la salsa y se la ofrecí.

Él se inclinó hacia adelante.

Metió la cuchara en su boca mientras sus ojos jamás se apartaban de los míos.

Mi respiración se aceleró.

Se tragó la salsa.

-Nada mal -dijo-. Pero creo que le falta un poco de sal. Inténtalo de nuevo mañana.

Asentí levemente.

-Sí, señor. Lo corregiré.

Esperaba que se alejara.

Sin embargo, no se movió.

En su lugar, se inclinó hacia mí hasta que su brazo rozó mi hombro.

El ambiente se volvió denso al instante.

-Elias.

Un jadeo ahogado escapó de mi garganta.

-Trabajas duro -añadió.

Su voz seguía siendo baja.

Mientras tanto, mi cuerpo ardía con el calor del deseo que me consumía.

-La mayoría de los chefs que hemos tenido aquí no se molestan en prestar tanta atención a los detalles.

Tragué saliva suavemente.

-Me gusta hacer las cosas bien -respondí-. Especialmente cuando la persona que come realmente lo nota.

Una pequeña sonrisa curvó la comisura de sus labios.

-¿Ah, sí?

El brillo que apareció en sus ojos oscuros parecía bastante malicioso.

Pero asentí y mantuve el tono ligero, a pesar de que el estómago me daba vueltas.

-Vaya, eso es intrigante.

Entonces se acercó aún más.

Volvió a quitarme la pequeña cuchara de las manos.

Incliné la cabeza mientras tomaba un poco de la sopa que también acababa de preparar.

Lo miré con curiosidad.

Luego la sostuvo cerca de mis labios.

-Abre.

Partí los labios sin decir palabra y dejé que deslizara la cuchara en mi boca.

La sopa sabía rica y concentrada.

-Traga.

Sus palabras eran como un hechizo.

Me descubrí obedeciendo sin cuestionar.

Me miró tragar.

-¿Buena? -preguntó.

-Muy buena -dije.

Mi voz sonó un poco ronca.

Dejó la cuchara despacio.

Luego se inclinó hasta que su rostro quedó a solo unos centímetros del mío.

Su aliento me rozó la mejilla.

-La próxima vez -susurró.

Me quedé helado, completamente inmóvil.

-Cuando te pida que prepares algo, espero que te quede perfecto.

Sentí que el calor me subía al rostro.

-¿Entendido?

Tragué saliva.

-Sí, señor.

Sus ojos se oscurecieron por un segundo.

Y se quedó allí.

Lo suficientemente cerca como para que yo pudiera oler su colonia almizclada.

El aroma me intoxicaba.

Era difícil pensar.

Me quedé allí parado con el corazón latiendo con fuerza y sin piedad contra mis costillas.

Por un momento me pregunté si estaba imaginando el hambre ferviente de su mirada.

Pero entonces, se inclinó y reclamó mis labios en un movimiento que ni siquiera vi venir.

El beso fue explosivo.

No me moví, incluso mientras su boca se movía sobre la mía, porque estaba completamente desconcertado.

¿And cuando se apartó?

Simplemente me congelé.

Mi respiración era errática.

No sabía qué acababa de pasar.

Pero tenía una cosa clara.

Estaba en graves problemas.

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