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Portada de la novela El Protegetor Invisible

El Protegetor Invisible

Alejandro, un experto en vinos, vive eclipsado por su hermano Ricardo. Pese a proteger a Isabella, su gran amor con amnesia, su familia lo traiciona cruelmente. Sus padres apoyan a Ricardo, quien usurpa su identidad de Guardián y lo culpa de un robo. Tras sufrir maltratos físicos y el desprecio de Isabella, Alejandro termina encarcelado. Ante la injusticia, decide abandonar su apellido y huir de España para empezar de cero como un hombre libre.
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Capítulo 2

Mis padres tomaron la decisión por mí. Me enviarían a Argentina.

"Es por tu bien, Alejandro", dijo mi padre, Fernando Vargas, sin mirarme a los ojos. Su voz era dura, como siempre. "La finca de Mendoza necesita un encargado. Ricardo se casa con Isabella. No puedes estar aquí".

Mi madre, Carmen, asintió a su lado. Su mirada era fría. Para ellos, yo era una pieza en su tablero, una herramienta para asegurar el éxito de mi hermano mayor, Ricardo.

Yo era el hijo no reconocido, el talento secreto, el enólogo que creaba los vinos que le daban fama a Ricardo. Pero eso ya no importaba.

Un recuerdo me golpeó. El recuerdo de mi vida anterior, una vida de humillación que terminó en la fiesta de compromiso de Ricardo e Isabella.

Fue en esa fiesta donde todo se rompió.

Isabella, la mujer que amé, la mujer a la que cuidé durante meses mientras sufría de amnesia, me miró con desprecio.

"Alejandro, ¿por qué tienes ese medallón?", preguntó, su voz llena de confusión.

Era idéntico al que Ricardo le había regalado, el que yo había hecho a mano para ella.

Ricardo se apresuró a mentir. "Es una reliquia familiar, Isabella. Alejandro lo ha robado".

Mis padres confirmaron la mentira. "Siempre ha sido un ladrón, un celoso".

Y entonces, frente a todos, mi padre me abofeteó. El sonido resonó en el gran salón de la bodega. Mi espíritu se hizo añicos en ese instante.

Pero ahora, en esta nueva vida, las cosas serían diferentes.

No lucharía por un amor perdido. No buscaría la aprobación de una familia que me despreciaba.

Miré a mis padres con una calma que los desconcertó.

"De acuerdo", dije. "Iré a Argentina".

Mi padre frunció el ceño, sospechando. "¿Sin más?".

"Sin más".

Mi existencia siempre fue un sacrificio. Nací para ser la sombra de Ricardo, el genio invisible detrás del heredero carismático pero inútil. Mis ideas, mi trabajo, todo era para él.

Incluso Isabella.

Un flashback de la clínica en la costa vasca llenó mi mente. Ella no recordaba nada después de su accidente de yate. La cuidé durante meses. Le leía, la ayudaba a caminar, le contaba historias.

Me apodó "El Guardián".

No sabía mi nombre completo, solo el apodo que ella me dio.

Forjé para ella un medallón de plata. Dentro, una mezcla de hierbas secas de nuestros paseos. Un aroma único, nuestro secreto.

"Para que siempre me encuentres", le dije.

Y entonces, mis padres me engañaron. Una falsa emergencia familiar. Me alejaron justo cuando ella iba a recuperar su memoria.

Y le presentaron a Ricardo.

"Él es tu Guardián", le dijeron.

Y ella, con sus recuerdos borrosos, les creyó.

Ahora, en el presente, la hipocresía de mis padres era casi cómica.

"Haces bien en irte", dijo mi madre, su voz teñida de alivio. "Es lo mejor para todos".

"¿Para todos?", pregunté con un sarcasmo helado. "¿O solo para Ricardo?".

No respondieron. Se apresuraron a organizar mi partida. Un billete de avión, una maleta. Querían que desapareciera rápido.

Mi teléfono vibró. Un mensaje de Isabella.

"Ricardo y yo estamos en la finca. Ven a despedirte".

En mi vida anterior, ese mensaje fue el preludio de una tortura.

Fui, y los encontré en el mirador, en una situación íntima. Ricardo me sonrió, victorioso. Isabella me miró con lástima.

"Alejandro, acéptalo. Soy de tu hermano".

Ahora, leí el mensaje con el corazón vacío.

"Voy", respondí.

Conduje hacia la finca. Sabía lo que encontraría. La misma escena, el mismo dolor.

Estaban allí, en el mirador, el sol del atardecer bañándolos en una luz dorada. Ricardo la besaba, su mano en su cintura.

Me detuve a una distancia prudente.

Isabella me vio. Se separó de Ricardo y se acercó.

"Alejandro. Me alegro de que hayas venido". Su voz era fría, distante.

"Vine a desearles lo mejor", dije, mi voz plana.

"Ricardo es mi futuro ahora", continuó, como si necesitara recordármelo. "Tú eres su hermano menor. Ese es tu lugar. Espero que lo entiendas".

"Lo entiendo perfectamente", respondí, mi rostro sin expresión. "Cuñada".

La palabra la hizo vacilar. Me miró, buscando algo en mis ojos, pero no encontró nada.

"Tenemos una fiesta esta noche", dijo, extendiéndome una invitación. "La fiesta del vino. Es importante para Ricardo".

Tomé la invitación. "Felicidades".

Ella me observó un momento más, una extraña inquietud en su rostro. "Estás... diferente".

Me encogí de hombros.

Se dio la vuelta y regresó con Ricardo.

Y entonces, sucedió. Igual que antes.

Un crujido. Un grito.

Una de las viejas estructuras de madera que adornaban el jardín se derrumbó.

Ricardo gritó, asustado. Isabella, sin dudarlo un segundo, se lanzó para protegerlo con su cuerpo.

Una viga pesada cayó.

Pero esta vez, no me quedé quieto para recibir el golpe.

Di un paso atrás.

La viga golpeó el suelo donde yo había estado un segundo antes.

Isabella y Ricardo me miraron, sorprendidos. Yo los miré, con el polvo levantándose a mi alrededor.

Una pequeña astilla de madera me rozó el brazo, abriendo un corte superficial. Sangre.

Pero no era nada comparado con el hueso roto de mi vida anterior.

Miré la sangre en mi brazo. Luego miré a Isabella, que todavía abrazaba a Ricardo.

En sus ojos no había preocupación por mí. Solo alivio por él.

Y en ese momento, una última lágrima, la última que derramaría por ella, rodó por mi mejilla.

Cerré los ojos.

Se acabó.

Realmente se acabó.

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