
El Protegetor Invisible
Capítulo 3
Desperté con el olor a antiséptico.
Una enfermera ajustaba mi goteo intravenoso. La herida en mi brazo había sido limpiada y vendada.
"Tuviste suerte", dijo la enfermera con una sonrisa amable. "Solo un corte profundo. Unos centímetros más y te habría roto el hueso".
Asentí en silencio.
"Tu hermano también está aquí", continuó. "Se torció un tobillo al caer. Tu familia está con él. Y su prometida no se ha separado de su lado".
La misma historia. El mismo guion.
"¿Quieres que les avise que has despertado?", preguntó.
"No", respondí. "No es necesario".
Ella me miró con curiosidad, pero no insistió.
Más tarde, mientras caminaba por el pasillo para ir al baño, los escuché. Las voces provenían de la habitación de Ricardo.
"Pobre Ricardo, qué susto", decía mi madre.
"Isabella, eres un ángel por haberlo protegido así", añadía mi padre.
Me asomé por la puerta entreabierta.
Ricardo estaba en la cama, con el tobillo vendado sobre una almohada. Mis padres lo rodeaban. Isabella le daba de comer una sopa con una cuchara, con una ternura que me revolvió el estómago.
Nadie preguntó por mí. Nadie se preocupó por el hijo que casi muere aplastado.
Me apoyé contra la pared fría del pasillo. La soledad era un peso familiar.
Tuve que cambiar mi propio vendaje. La enfermera me dio el material y me explicó cómo hacerlo, asumiendo que mi familia vendría a ayudarme.
Pero nadie vino.
Más tarde, vi a mi familia salir de la habitación de Ricardo. Pasaron por mi lado sin verme.
Ricardo salió cojeando, apoyado en Isabella.
"Deberíamos llevarle algo de fruta a Alejandro", dijo Ricardo con una falsa preocupación que no engañaba a nadie.
"No te molestes", respondió mi padre. "Está bien. Solo fue un rasguño. Tú eres el que necesita descansar".
Isabella me lanzó una mirada fría.
"Debería dar gracias de que solo fuera eso", dijo, su voz cortante. "Si no se hubiera quedado parado ahí como un idiota, nada de esto habría pasado".
Me culpaba a mí. Por supuesto que me culpaba a mí.
Regresé a mi habitación y me senté en la cama.
Recordé todos los años de mi vida. Siempre fue así. El mejor trozo de carne para Ricardo. La ropa nueva para Ricardo. Los elogios para Ricardo.
Para mí, las sobras. El silencio. La indiferencia.
Había luchado tanto por su amor. Por el amor de Isabella.
Pero ya no.
Se acabó.
Me levanté y comencé a hacer los ejercicios de rehabilitación para mi brazo yo solo. Era un movimiento simple, pero reafirmaba mi nueva independencia.
La puerta se abrió.
Era Ricardo. Entró solo, cerrando la puerta detrás de él. La sonrisa en su rostro era de pura malicia.
"Vaya, vaya. El héroe herido", se burló. "¿Ves? No importa lo que hagas, hermanito. Ella siempre me elegirá a mí".
Lo miré sin expresión.
"Te la puedes quedar", dije.
Su sonrisa vaciló. "¿Qué?".
"Dije que te la puedes quedar", repetí con calma. "A ella. El nombre. La bodega. Todo. Ya no me interesa".
Ricardo me estudió, buscando una trampa. No encontró ninguna.
Su expresión se transformó en puro desprecio.
"Claro que no te interesa", se rió. "Porque sabes que nunca podrías tenerlo. Siempre serás el segundo. El perdedor. Es bueno que por fin aceptes tu lugar".
Se acercó a mí, su rostro a centímetros del mío.
"Disfruta de Argentina, hermanito. Espero no volver a verte nunca más".
También te puede gustar





