Portada de la novela Detenida por Atracción. Serie Uniforme y Deseo

Detenida por Atracción. Serie Uniforme y Deseo

8.0 / 10.0
En Detenida por Atracción. Serie Uniforme y Deseo, Marina enfrenta el rechazo de su familia y los celos de Antonio por su pasión con Javier. Descubre este romance novel lleno de acción y secretos. Lee esta modern novel y explora si su vínculo superará las normas sociales en esta web novel.
Resumen de Detenida por Atracción. Serie Uniforme y Deseo
La apacible rutina de Marina en su hogar frente al mar se transforma por completo al cruzarse con Javier, un magnético oficial de policía que desata en ella una atracción irresistible. Su incipiente relación se ve asediada por múltiples frentes: desde la firme oposición de Antonio, quien oculta sus sentimientos por ella, hasta el rechazo de su tradicional familia. Entre sombras del pasado y rivalidades, ambos deberán luchar por un amor que desafía las normas.
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Detenida por Atracción. Serie Uniforme y Deseo Capítulo 1

Antes de que alguien se acercara a la mesa -tal vez uno de los mesoneros, una familia bulliciosa que acababa de llegar, o incluso Leo o Luis, los dueños del lugar-, Marina se adelantó.

-¿Tienes número de teléfono? -le dijo, como si preguntara cualquier cosa trivial-. Por si... no sé, necesito algún dato o información. Sobre seguridad o... lo que sea.

Él sonrió y le dictó su número mientras ella lo anotaba con los dedos aún húmedos.

-Ahora tienes una línea directa con la ley -bromeó él.

-Y con la tentación -pensó ella, sin decirlo.

La sal aún le picaba en la piel. El viento de la playa, que se colaba entre los pliegues de su vestido húmedo, le había dejado el cabello negro revuelto, pegado al rostro, y con ese aroma a mar que tanto le gustaba. Marina se encontraba en el restaurante de siempre -el de sus amigos Leo y Luis- con la toalla al hombro, las sandalias en la mano y esa sensación deliciosa de libertad que solo se tiene al salir del agua.

Su mirada se perdía por momentos en alguna embarcación lejana, pero pronto volvía a las manos de aquel hombre. Inquieta, bajaba la vista y entrecerraba los párpados; sentía su mirada sobre ella. En un acto de valentía, buscó sus ojos, solo para confirmar lo que ya su piel le gritaba.

El lugar se prestaba para perderse en los paisajes. Era una churuata, pero no una cualquiera. Tenía un techo elaborado con troncos de madera gruesa que sostenían una estructura sólida, cubierta de tejas rústicas color terracota que resaltaban bajo la luz del sol. No tenía paredes, solo la sombra generosa que ofrecía el techo, y un suelo de cerámica terracota que conservaba el calor del día. Estaba justo a la orilla del mar, lo que permitía que el sonido de las olas, el olor a salitre y la brisa marina fueran parte esencial de la experiencia.

Marina eligió una de las mesas más cercanas al borde, donde podía ver el movimiento de las olas y sentir el viento cálido acariciándole la piel. Se sentó sola, como tantas veces. Ese lugar era casi una extensión de su casa, un refugio de rutina donde siempre sabía qué esperar: una comida sabrosa, alguna charla con sus amigos cuando podían sentarse un rato, y su momento de paz frente al mar.

Desde cualquier punto del restaurante se podía ver el océano extendiéndose como una promesa infinita. Embarcaciones de distintas clases y algunos muelles completaban el paisaje. Todo era abierto, natural, envuelto en luz dorada. Solo que esta vez, el paisaje que tanto disfrutaba tenía un primer plano que captaba toda su atención: un hombre, un policía.

Esa tarde, la rutina se rompió.

Apenas unos minutos después de sentarse, mientras aún escurría agua salada sobre la silla de plástico, una sombra se proyectó sobre la mesa. Alzó la vista... y ahí estaba él.

Un hombre alto -altísimo, pensó-, con un uniforme azul impecable y una presencia que hizo que todo el restaurante se apagara por un instante a su alrededor. Le calculó unos dos metros de estatura, quizá un poco más. El uniforme le ajustaba perfectamente al cuerpo: marcaba unos hombros anchos, unos brazos gruesos y velludos, y un porte que parecía sacado de una película. Pero no era ficción. Estaba ahí, frente a ella.

-¿Está ocupado este lugar? -preguntó con voz grave, clara, y un tono respetuoso que la desarmó de inmediato-. Solo quiero tomar algo rápido, si no te molesta.

Marina dudó medio segundo, no por incomodidad, sino por la sorpresa. En tantos años de frecuentar ese restaurante, jamás un desconocido -y mucho menos uno como él- le había pedido sentarse a su mesa. Era una escena nueva. Inesperada. Y profundamente agradable. Sobre todo si el resto de las mesas estaban vacías.

-No, claro que no -respondió con una sonrisa tímida y un nudo curioso en el estómago-. Adelante.

Él se sentó con cuidado, como quien sabe que ocupa espacio y no quiere invadir. Sus movimientos eran tranquilos, controlados, pero no dejaban de ser firmes. De cerca, Marina pudo notar aún más detalles. Era de piel clara, dorada por el sol, con un vello castaño y espeso que cubría sus brazos y se asomaba por el cuello de la camisa. Tenía un cuerpo fuerte, sólido. Debía pesar al menos cien kilos. Cien kilos de pura presencia.

Y entonces le vio el rostro.

Los ojos. Verdes. Increíblemente verdes, como si contuvieran una historia aún no contada. Tenía las cejas gruesas, varoniles, que enmarcaban la mirada con intensidad. Un cuello firme y masculino, y unos labios carnosos que completaban esa expresión entre seria y serena que le provocó un pequeño incendio interno.

Ella, empapada, con el vestido mojado pegado al cuerpo, el cabello aún goteando, sintió por un momento que no podía haber peor aspecto. Pero él la miró como si fuera la imagen más hermosa de la tarde.

Y lo que más la atrapó, lo que le hizo tragar saliva sin querer, fue esa mezcla deliciosa de elegancia y caballerosidad, reforzada por el azul del uniforme. Un uniforme que en cualquier otro podría haber intimidado, pero que en él lo hacía ver tan atractivo, tan provocativo. Como si la seriedad del deber se hubiera vestido de deseo.

-¿Vienes mucho por aquí? Nunca te había visto -preguntó él, con esa voz suya que vibraba grave, pero suave.

-Solía venir a menudo -respondió ella, dejando que su sonrisa hablara más que su voz-. Pero hacía como siete meses que no pasaba por aquí.

Él levantó las cejas, curioso.

-Qué coincidencia... -dijo, pensativo-. Yo tengo justo siete meses en la sede policial de la playa, justo aquí cerca. Me transfirieron a esta zona y desde entonces trabajo a unos metros de este lugar.

Los dos se quedaron en silencio por un instante. No hacía falta decirlo en voz alta: algo los había mantenido alejados, como si el universo hubiese estado esperando este instante exacto para cruzarlos.

Conversaron largo rato. Más de lo que ella había planeado quedarse. Él le habló de su trabajo, de su pasión por el mar, de lo mucho que disfrutaba trabajar cerca de la costa, aunque a veces el uniforme pesara. Ella le contó sobre su trabajo como escritora, su amor por la tranquilidad, por el arte, por los detalles pequeños.

La conversación fluía, ligera, como si se conocieran de antes. Las miradas se entrelazaban cada vez con menos disimulo. La tensión era dulce, pero clara.

Marina disfrutaba el momento, con miedo de que algo lo interrumpiera. Aunque, efectivamente, estaba siendo observada. Antonio -quien siempre había estado interesado en ella- se acercó y se sentó frente a ella. Por suerte, no por mucho tiempo.

Antonio era un hombre trabajador, atento, cariñoso... y celoso. La presencia de Javier, en la misma mesa de la mujer que amaba en silencio, no le cayó nada bien. Marina lo notó de inmediato.

Javier se puso de pie y, con una expresión amable, le preguntó si podía invitarla a desayunar. Los nervios la dejaron muda por un segundo. Pensó rápido: Si acepto, Antonio se va a molestar.

Entonces dijo que no.

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