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Portada de la novela El Precio de La Muerte Fingida

El Precio de La Muerte Fingida

La tragedia golpea a una joven el día de su boda tras la supuesta muerte de Javier, su prometido. Mientras espera un hijo y busca consuelo en Marcos, el gemelo del difunto, una verdad cruel sale a la luz: Javier simuló su deceso para huir con su amante y el apoyo de su madre. Destrozada por la traición, ella decide endurecerse. Con el respaldo de su hermano Mateo, orquestará su propia desaparición para ejecutar una fría venganza contra quienes la engañaron.
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Capítulo 2

El olor a azahar y a incienso llenaba la iglesia, pero para mí, olía a muerte.

El vestido de novia, blanco y pesado, se sentía como una mortaja.

Hoy era el día de mi boda.

Iba a casarme con Javier, el hombre al que amaba desde que éramos niños. El torero más famoso de Andalucía. El padre del hijo que crecía dentro de mí.

Pero Javier no llegó.

En su lugar, llegó la Guardia Civil.

Un accidente de coche, dijeron. Una curva traicionera cerca de la finca. Muerte instantánea.

Mi mundo se hizo añicos. El suelo se abrió bajo mis pies y caí en un abismo de silencio y frío.

Los días que siguieron fueron un borrón. Me convertí en una viuda antes de ser esposa. Mi hijo, en un póstumo antes de nacer.

Entonces, apareció "Marcos".

El hermano gemelo de Javier, el que supuestamente llevaba años en México, manejando los negocios de la familia.

Nadie me había hablado mucho de él, solo que eran idénticos.

Y lo eran. La misma cara, la misma voz, los mismos ojos oscuros que me miraban con una pena que parecía demasiado perfecta.

"Ana, lo siento tanto" , me dijo, su mano rozando mi hombro. "Estoy aquí para todo. Para ti y para el niño" .

Su presencia era un consuelo extraño y doloroso. Era como tener un fantasma de Javier a mi lado, un recordatorio constante de lo que había perdido.

Mi suegra, Doña Isabel, una mujer dura como el acero, no se separaba de él.

"Gracias a Dios que has vuelto, Marcos" , le decía. "Sin ti, no sé qué haríamos" .

Yo solo asentía, perdida en mi dolor, demasiado débil para cuestionar el asombroso parecido, la repentina aparición de un hermano del que apenas había oído hablar.

Me dejé cuidar, aceptando la comida que me daban, las palabras de consuelo, la presencia constante de "Marcos" en la casa.

Era mi ancla en medio de la tormenta, o eso creía yo.

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Las cenizas de mi abuela estaban esparcidas por el lodo. La urna rota. El lugar profanado. La lluvia fría lavaba mi rabia, pero no la apagaba. Sabía quién lo había ordenado: Damián. Él solo quería controlarme, usar a los muertos para manipular a los vivos. Mi teléfono vibró con su nombre. "¿Ya lo viste, León?" Mateo, su hombre de confianza, sonaba tenso. Apenas pude susurrar: "¿Por qué, Mateo? ¿Por qué mi abuela?" Él respondió: "Damián dice que tienes que volver." Me reí, una risa horrible. "¿Y así me lo pide?" Me amenazó: si no volvía "por las buenas" , mi abuela nunca tendría un entierro digno. Tuve que aceptarlo. Subí al auto negro que me envió su abogado. Mi regreso, sin embargo, llegó demasiado tarde. En el coche, una enfermera me dio la noticia: "Tu abuela… no lo logró." Damián estaba esperándome, impaciente. Le dije con la voz hueca: "Mi abuela… acaba de morir." Su respuesta me heló la sangre: "Era de esperarse. Si te hubieras portado bien, habrías estado con ella." La furia me cegó. Lo encaré, gritándole que él me había chantajeado. Me arrastró a la casa, me encerró en mi habitación. Entonces, Isabela, su amante, apareció, vestida de blanco. "Pobre Leoncito," dijo con voz empalagosa. "Damián dice que te mantuvo cerca porque tus ojos se parecen a los míos. Eres mi copia barata." Luego añadió: "Y lo de tu abuela… Damián dice que es una bendición. Ahora puedes concentrarte en él. O bueno, en nosotros." Enloquecí. Me lancé sobre ella. Damián entró furioso, me arrojó contra la pared. "¡No te atrevas a tocarla!" rugió, antes de golpearme brutalmente. Me dejó allí, sangrando, mientras consolaba a Isabela. Desperté golpeado, solo. Damián me obligó a acompañarlo a una gala, a fingir que todo estaba bien. Allí, vi a Isabela con la pulsera de turquesas de mi abuela. Fue la gota que derramó el vaso. Me desplomé, avergonzado y humillado. Cuando volví en mí, fui a donde Isabela dormía y vi la pulsera en su mesita de noche. Traté de recuperarla, pero Damián apareció. Me arrebató la pulsera. "¡Ya no tienes nada, León! Todo lo que eres, me pertenece." Me arrastró hasta el balcón sobre el acantilado. Lanzó la pulsera al abismo. "¡Te la daré, entonces!" Sin pensarlo, salté. El impacto fue brutal. Lo último que vi fue a Damián volviéndose hacia Isabela, la puerta del balcón cerrándose. Me había abandonado a morir. Pero no morí. Fui hallado por Ángel, un guardián de las tierras de mi abuela, y por su joven primo, Javier. Ellos me salvaron, me cuidaron, y juntos forjamos una nueva verdad. Con la ayuda de Javier, engañamos a Damián para que creyera que yo estaba muerto. Pusieron la llave del apartamento de mi abuela en un cuerpo no identificado, y Damián lo creyó. Él empezó su propio infierno. Su mundo se derrumbó. Comenzó a obsesionarse con la idea de que yo estaba vivo. Isabela, por su parte, empezó a enfermar, a consumirse misteriosamente. Un día, Mateo le reveló a Damián la verdad sobre Isabela: ella profanó la tumba de mi abuela, ella me provocó. Damián se dio cuenta de su ceguera, de su crueldad. Un año después, él me encontró. En el bosque, ante las flores de luna que señalaban mi presencia. Vino a pedir perdón, a implorar mi regreso. Pero ya era tarde. "No, no has cambiado," le dije. "Solo te quedaste sin juguetes y viniste a buscar el que rompiste." Cuando le dije que se fuera para siempre, Damián se arrodilló, destrozado. Pero la costumbre tiró más fuerte. Cuando Mateo lo llamó, diciéndole que Isabela estaba muriendo, Damián se marchó. Le di un frasco para Isabela. "No la curará," le dije, "pero detendrá la enfermedad. Su sufrimiento te mantiene atado a ella. Mi paz lo merece." Cerré la puerta. Esta vez, para siempre. Damián se fue. Intentó buscarme, enviarme regalos que siempre eran devueltos. Su imperio se desmoronó. Cinco años después, murió, solo, ahogado en su propio arrepentimiento. Yo construí una nueva vida con Ángel y Javier. Nos casamos, tuvimos una hija, Luna. Un día, Luna preguntó sobre una foto mía de joven que encontré en un viejo anuncio de "persona desaparecida" de Damián. "Nadie importante, mi amor," le dije. "Solo un viejo fantasma." El pasado estaba enterrado. El futuro, finalmente, era mío.
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