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Portada de la novela El Precio de La Muerte Fingida

El Precio de La Muerte Fingida

La tragedia golpea a una joven el día de su boda tras la supuesta muerte de Javier, su prometido. Mientras espera un hijo y busca consuelo en Marcos, el gemelo del difunto, una verdad cruel sale a la luz: Javier simuló su deceso para huir con su amante y el apoyo de su madre. Destrozada por la traición, ella decide endurecerse. Con el respaldo de su hermano Mateo, orquestará su propia desaparición para ejecutar una fría venganza contra quienes la engañaron.
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Capítulo 3

La casa de la finca era grande y antigua, llena de pasillos oscuros y secretos.

Una noche, no podía dormir. El bebé se movía dentro de mí, y la pena me ahogaba.

Bajé a la cocina a por un vaso de leche, caminando descalza sobre las baldosas frías.

Fue entonces cuando los oí.

Las voces venían del despacho de Doña Isabel, la puerta estaba entreabierta.

Era ella, y era "Marcos".

"¿Estás loco?" , siseaba Doña Isabel, su voz era un látigo. "Fingir tu propia muerte… ¡por esa mujer africana! ¿Y traerla aquí? ¿A la finca de tu padre?" .

Mi corazón se detuvo. Me pegué a la pared, conteniendo la respiración.

"Madre, cálmate" , respondió la voz de Javier. No de "Marcos". De Javier. "Zola está enferma. Le quedan pocos meses. Es una enfermedad terminal" .

Mentira. Todo era una mentira.

"Quería estar con ella en sus últimos momentos" , continuó él. "Mi plan era perfecto. Cuando ella muriera y Ana diera a luz, yo volvería. Diría que fue un error, una confusión de identidades. Recuperaría a mi hijo y a mi prometida. Tendríamos nuestra familia perfecta" .

El vaso de leche se me resbaló de las manos y se hizo añicos contra el suelo.

El sonido pareció resonar por toda la casa.

Pero ellos no me oyeron, demasiado absortos en su cruel conspiración.

Me tapé la boca para no gritar. El dolor era físico, una garra que me apretaba el pecho. La traición era un veneno que me recorría las venas.

Mi Javier no estaba muerto.

Simplemente me había desechado.

Me había enterrado en vida para poder vivir su romance con otra mujer. Y su madre, su propia madre, era su cómplice.

Subí las escaleras a trompicones, como una sonámbula. El dolor se había transformado en un hielo afilado.

Llegué a mi habitación y cogí el teléfono.

Solo había un número que podía marcar.

"Mateo" , susurré cuando mi hermano respondió. "Soy Ana. Necesito tu ayuda" .

Mi voz no temblaba. Estaba muerta por dentro.

"Necesito que me ayudes a fingir mi propia muerte" .

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