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Portada de la novela El matrimonio a Salario

El matrimonio a Salario

Héctor, un magnate de 55 años que vive retirado, es confundido por Clara con un acompañante profesional. Buscando librarse de las exigencias de su familia, la ejecutiva de 34 años le propone una boda por contrato y un sueldo mensual. Héctor decide ocultar su inmensa riqueza y acepta el rol de humilde pintor. Mientras ella intenta ayudarlo, él usa su influencia para protegerla en las sombras, hasta que la verdad sobre su fortuna sale a la luz.
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Capítulo 2

El viaje de veinte minutos a la oficina legal de Clara Montero fue un estudio en contrastes. El aire acondicionado del Lexus negro de Clara era tan frío como el silencio que llenaba el habitáculo. Clara había ordenado a su conductor, un hombre llamado Ricardo tan discreto que parecía una extensión del asiento, que se dirigiera a las oficinas de Sterling & Roth, el bufete que manejaba los asuntos de su familia.

Clara iba sentada en el asiento trasero, la carpeta del acuerdo matrimonial sobre su regazo. Su rostro, antes marcado por el pánico, ahora mostraba una concentración clínica. Había resuelto un problema. Sin embargo, la extraña calma de Héctor Alarcón la irritaba.

Héctor, sentado a su lado, había regresado a su cuaderno. En lugar de dibujar los pliegues de la cortina del restaurante, ahora estaba esbozando el perfil tenso de Clara. Capturó la ligera franja en su frente y la forma en que sus dedos se aferraban a su maletín. Era un retrato de la angustia financiera de la élite.

-¿No le molesta el silencio, Héctor?- preguntó Clara, sin girar la cabeza. Su voz era plana, profesional.

Héctor no levantó la vista del boceto. -En absoluto, Clara. Es un lujo. En mis días de... en mi época de trabajo, el silencio era un bien tan escaso como la honestidad. Aprovéchelo.

-Mi silencio no es un lujo, es una eficiencia. No tengo tiempo para conversaciones triviales con...

-...su marido a sueldo. Lo entiendo. Pero en este momento somos socios en una transacción muy poco convencional. Y los socios, a veces, necesitan medir las debilidades del otro.

Clara finalmente se giró hacia él, su irritación palpable. -¿Y cuál es mi debilidad, según su boceto?

Héctor cerró el cuaderno con un chasquido. -Usted está asustada. Y subestima a la gente. Aceptó mi propuesta sin ver mi identificación, sin saber quién soy, solo porque el tiempo se acaba. Eso no es eficiencia, es desesperación.

El golpe fue directo. Clara sintió el calor en sus mejillas, una sensación que rara vez experimentaba.

-Mi asistente verificó su perfil público. Es un pintor. Viudo. Vive modestamente. Lo que yo asumo es suficiente para la formalidad, y lo que usted me ha costado hoy es considerable. El acuerdo prenupcial es la única protección que necesito.

-En ese caso, la invito a que, al menos, revise mi nombre completo antes de que sea oficial. Para que duerma tranquila.

Clara lo ignoró, volviendo su mirada a la calle, pero el comentario había sembrado una semilla de duda.

Al llegar a Sterling & Roth, fueron recibidos por el abogado principal de Clara, el señor Vargas, un hombre delgado y ansioso que conocía la gravedad de la presión familiar.

-Señorita Montero, me alegra que haya llegado. Y usted debe ser...- Vargas se detuvo, esperando la presentación de "Roberto".

-Él es Héctor Alarcón. Mi prometido- dijo Clara con un aire de finalidad. -Procedamos con el prenupcial.

El señor Vargas, confundido por el cambio de nombre de última hora, solo asintió con cautela.

El acuerdo prenupcial era un documento de cincuenta páginas, denso y cruel. Detallaba con precisión quirúrgica que Héctor no obtendría nada: ni propiedades, ni acciones, ni acceso a cuentas. Su única compensación era el "salario" mensual por sus servicios como marido de fachada.

Héctor tomó el documento con la calma de un hombre que solía firmar acuerdos de adquisición mil veces más complejos. Clara esperaba que él lo hojeara sin entender o que se ofendiera. En cambio, Héctor se tomó su tiempo, leyendo línea por línea.

-Vargas -dijo Héctor de repente, sin levantar la vista. -¿Puede aclarar la Cláusula 4.B? La definición de 'injerencia' es demasiado vaga. ¿Un consejo de negocios no solicitado se consideraría una violación?

Clara se tensó. El señor Vargas, un abogado acostumbrado a la sumisión, tartamudeó. -Bueno, señor... Alarcón. La cláusula está ahí para proteger a la señorita Montero de cualquier intento de control o manipulación de sus activos.

-Lo entiendo, pero si mi 'salario' implica que mi tiempo es valioso, y veo que la señorita Montero está a punto de cometer un error corporativo evidente, ¿un comentario casual no puede considerarse parte del servicio de consultoría matrimonial que me está pagando?

-No- cortó Clara. -La injerencia es cualquier acción que vaya más allá de mi guion. Punto.

Héctor le sonrió. -Bien. Entonces propongo una enmienda: una cláusula de no injerencia recíproca. Yo no me inmiscuiré en sus negocios si usted no se inmiscuye en mis actividades de pintura. No quiero que me pregunte sobre mis lienzos, mis técnicas o el precio de mis materiales.

Clara lo miró sorprendida. Había pensado que ese era su punto de control sobre su "empleado". Aceptó a regañadientes.

La firma fue rápida. Cuando terminó, Clara deslizó una tablet hacia Héctor.

-Bien, ahora el asunto del salario. El anticipo ya está en su cuenta de cheques. Pero necesito que me confirme el número de cuenta donde desea que se haga la transferencia mensual. Y por favor, una cuenta sencilla. No quiero problemas con transferencias bancarias internacionales.

Héctor la miró. Ella le estaba pidiendo los datos bancarios del ex-CEO multimillonario de la ciudad, asumiendo que el número sería el de una cuenta con unos pocos cientos de dólares.

-No se preocupe por el tipo de cuenta, Clara. Solo transfiera. Le aseguro que el banco la manejará- dijo Héctor, anotando en el teclado el número de cuenta de su fideicomiso personal para "gastos misceláneos", un número que, si Clara hubiera sido más cuidadosa, habría reconocido como perteneciente a la institución bancaria más exclusiva del país.

Clara tecleó la información, satisfecha. -Perfecto. El matrimonio es oficial. Su salario comenzará el primer día del próximo mes.

-Fantástico. ¿Y ahora?- preguntó Héctor, levantando una ceja.

-Ahora, nos dirigimos a su casa- dijo Clara con frialdad. -El contrato estipula que debemos mantener una residencia común para fines de documentación. Mi chofer lo llevará a su casa para recoger sus pertenencias y las traeremos a mi casa. Tenemos una suite de invitados que puede usar.

Héctor la miró. -¿Mi casa? Asume que mi casa es... transportable.

-Asumo que un pintor a tiempo completo no necesita una propiedad masiva. Unos cuantos caballetes y cajas de pinturas. Ricardo lo ayudará.

Héctor sonrió, una sonrisa tensa. Su "casa" no era transportable. Su "casa" era una mansión frente al mar con un ala entera dedicada a la pintura, valorada en decenas de millones, y custodiada por un personal que pensaba que el regreso de su jefe era una señal de que el retiro había terminado.

-Muy bien, Clara. Vamos a mi casa. Será... educativo.

Héctor siguió a Clara hasta el coche, sabiendo que el error de Clara sobre su estatus estaba a punto de costarle una gran dosis de humildad, la primera de muchas que vendrían. La raya de diálogo se había firmado. Ahora venía la puesta en escena.

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