Portada de la novela El matrimonio a Salario

El matrimonio a Salario

8.1 / 10.0
En El matrimonio a Salario, Clara contrata a Héctor creyéndolo un pintor para evadir presiones. Él es un magnate que oculta su identidad en este modern novel. Su misión de protegerla en secreto define esta trama de billionaire romance novels donde la verdad cambiará todo.
Resumen de El matrimonio a Salario
Héctor, un magnate de 55 años que vive retirado, es confundido por Clara con un acompañante profesional. Buscando librarse de las exigencias de su familia, la ejecutiva de 34 años le propone una boda por contrato y un sueldo mensual. Héctor decide ocultar su inmensa riqueza y acepta el rol de humilde pintor. Mientras ella intenta ayudarlo, él usa su influencia para protegerla en las sombras, hasta que la verdad sobre su fortuna sale a la luz.
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El matrimonio a Salario Capítulo 1

Héctor Alarcón llevaba cinco años practicando el arte de la invisibilidad. A sus cincuenta y cinco años, no había gozado de tanta paz desde su juventud. Quince años después de la muerte de su esposa, y cinco años después de ceder las riendas de su vasto imperio financiero a su hijo, Daniel, su vida se había reducido a una rutina de una simplicidad monacal: despertar temprano, pintar en su estudio privado, y almorzar en el mismo rincón apartado del restaurante Le Brise, un lugar lo suficientemente elegante para asegurar la calidad y lo suficientemente discreto para ahuyentar a los cazadores de fortunas y a los antiguos socios de Wall Street.

Ese día, la luz de otoño se filtraba por el ventanal, tiñendo de oro pálido la punta de su lápiz. Estaba absorto, esbozando los pliegues de la cortina con una concentración que pocos imaginaban en el hombre que una vez había manejado el flujo de efectivo de medio continente. Vestía una camisa de lino azul cielo, desabrochada en el cuello, con una pequeña mancha de ocre en el codo, el uniforme casual que había adoptado para su retiro. No parecía un hombre cuyo valor neto superaba la capacidad de cálculo de la mayoría de los presentes. Parecía, simplemente, un viudo con buen gusto que había encontrado un hobby tardío. Y esa, precisamente, era su identidad más preciada.

Había pedido un café, pero no lo había tocado. Su alma, sin embargo, estaba tocada por una sensación menos agradable: el tedio. Su último proyecto de abstracción estaba estancado. Su calma era perfecta, inmaculada, y en cierto modo, sofocante. La paz, pensó, era la forma más lenta de la muerte. Estaba a punto de rendirse a la perfección del boceto cuando una sombra se cernió sobre su mesa, densa y cargada de prisa, como un frente frío en un día soleado.

Una mujer joven, vestida con un traje de pantalón de lana gris tan impecable que parecía recién salido de una pasarela, se detuvo abruptamente frente a él. Tenía el cabello recogido en un moño estricto, ojos grandes y ansiosos que barrían la sala con una intensidad nerviosa, y un maletín de cuero italiano que sostenía como si fuera un escudo. Su rostro era hermoso, sí, pero marcado por la tensión crónica, el tipo de tensión que solo da el poder o el miedo a perderlo.

Clara Montero, de treinta y cuatro años, no parecía ver a Héctor, el hombre, sino a un obstáculo, o peor aún, a una solución.

-¿Roberto?- preguntó Clara, con la voz baja y rápida, casi como un susurro conspirativo.

Héctor levantó la mirada, dejando el lápiz a un lado. La luz del sol atrapó un destello de diversión en sus ojos grises. Reconoció el patrón de inmediato: la eficiencia brutal que sacrifica los modales por el tiempo. La había practicado durante treinta años.

-Adelante- dijo Héctor, inclinando levemente la cabeza, invitándola a continuar con esa extraña ópera que acababa de comenzar.

Clara no perdió el ritmo. Asumió el "adelante" como una confirmación y deslizó la carpeta que llevaba sobre el borde de la mesa de Héctor. El movimiento fue brusco, el sonido fue un recordatorio de que ese lugar, para ella, no era un oasis, sino un punto de encuentro logístico.

-Bien. No tenemos tiempo, así que seré concisa- continuó Clara. Su respiración era superficial. -Mi asistente le explicó la situación general. La cláusula legal es innegociable. Necesito un marido legal inmediatamente. El acuerdo es puramente transaccional.

Héctor observó cómo el sol jugaba en su impecable gemelo de plata. Esperaba el siguiente punto, fascinado por la audacia.

-El contrato prenupcial garantiza mi total independencia financiera. Usted no tiene derechos sobre mis activos ni yo sobre los suyos- explicó Clara con un tono que sugería que él, "Roberto", no tenía activos significativos de todos modos. -Mi familia solo necesita la formalidad. El matrimonio es de fachada, de un año, con una opción de salida si mis objetivos se cumplen antes.

Héctor sonrió por dentro. ¡Qué maravilla! Una crisis existencial convertida en un plan de negocios de tres puntos.

-A cambio de su cooperación, usted mantendrá su perfil bajo y recibirá un anticipo de diez mil dólares hoy, en efectivo o transferencia, y un salario mensual fijo de cuatro mil dólares- Clara ni siquiera parpadeó al pronunciar la cifra. Para ella, era el coste de un trámite. Para Héctor, la tarifa por su tiempo era una absoluta, deliciosa burla. -Debe estar presente en los eventos sociales que yo designe, y solo responderá a las preguntas sobre nuestra 'historia de amor' que yo le provea. Una vez que sea oficial, recibirá su primera transferencia. Mi abogado nos espera a veinte minutos. ¿Vamos?

Clara ya estaba dando media vuelta, esperando la obediencia silenciosa del hombre que había aceptado un pago por vender su nombre.

Fue ese gesto-el girarse, asumiendo la sumisión-lo que incitó a Héctor. Había pasado décadas mandando, dirigiendo y negociando; la idea de ser un accesorio pagado lo encendió.

-Permítame detenerla ahí- dijo Héctor, con una voz profunda que cortó la tensión en el aire. Su tono no era de debate, sino de autoridad indiscutible.

Clara se detuvo en seco, visiblemente molesta. El tiempo era su enemigo y cualquier retraso era una ofensa personal. -No tenemos tiempo para más detalles, señor. ¿Acepta o no? Las condiciones no cambiarán.

Héctor se puso de pie lentamente, revelando su estatura. Se ajustó el puño de lino con el gemelo de plata. -No. No acepto.

El alivio y la frustración se mezclaron en el rostro de Clara. Estaba a punto de emitir una disculpa fría y de llamar a su asistente para la "Opción B," cuando Héctor continuó.

-Lo siento, señorita- dijo él, con una sonrisa ligera y genuina. -No soy Roberto.

El shock la paralizó. Clara entrecerró los ojos y finalmente vio a Héctor por primera vez: la camisa cara, el aire de confianza que nada tenía que ver con la necesidad. El hombre en su radar era un pintor de poca monta, no esta figura tranquila y dominante.

-Dios mío- murmuró Clara, sintiéndose mortificada. -Mis más sinceras disculpas. Mi asistente me dio una descripción vaga y asumí que...

-No asuma- le interrumpió Héctor suavemente. -Nunca asuma en un negocio, o en la vida. Es un error costoso. Sin embargo...

Clara lo miró fijamente. Se estaba yendo, pero la curiosidad la retenía.

-...sin embargo, usted me ha dado una idea fascinante- Los ojos de Héctor se posaron en la carpeta. -Veo el nivel de estrés que maneja, el calibre de la presión que la obliga a contratar a un extraño. Y a mí, francamente, me vendría bien un proyecto. Un poco de caos organizado para sacarme de mi aburrimiento existencial como pintor.

Clara se recompuso, su mente profesional volviendo a tomar el control. -¿Un proyecto? ¿Está sugiriendo...?

-Estoy sugiriendo que, aunque no soy Roberto, y tengo la certeza de que mi tiempo libre es inestimablemente más valioso que su salario mensual, acepto su propuesta de matrimonio.

Clara parpadeó. -¿Usted? Pero, ¿quién es usted?

-Mi nombre es Héctor Alarcón. Soy un viudo que se dedica a la pintura. Tengo cincuenta y cinco años. Y tengo demasiado tiempo libre- explicó, sin mentir, pero escondiendo el 99% de la verdad. -Sus preguntas son precisas, su acuerdo es limpio, y su desesperación es la más interesante que he visto en años. Lo tomaré.

Clara hizo un cálculo mental rápido. Estaba contra el reloj. Este hombre era inusual, pero estaba bien vestido, era inteligente y no parecía un psicópata. Lo mejor de todo: ya estaba allí.

-Aceptado, Héctor- dijo Clara, volviendo a su tono de CEO. -Pero quiero que quede claro: cualquier intento de inmiscuirse en mis negocios o de violar las cláusulas de no injerencia anulará el acuerdo y no recibirá ni un centavo más.

Héctor sonrió ampliamente, una sonrisa que rara vez había usado desde su jubilación. Era la sonrisa de un hombre que acaba de ganar una mano con un par de sietes. -Perfecto. Y para que el trato sea limpio y, más importante, entretenido para mí, exijo que me pague el salario acordado.

-¿De verdad necesita el dinero?- preguntó Clara con un toque de condescendencia, asumiendo que el excéntrico viudo estaba en apuros.

-Necesitar es una palabra fuerte- respondió Héctor, tomando la carpeta y firmando un papel con el bolígrafo de Clara. -Pero quiero el pago. Quiero que la transacción sea clara. Es el precio de mi cooperación. Ahora, si su abogado nos espera, no hagamos esperar a la ley.

Clara Montero lo miró. Su confusión no se había disipado, pero el tiempo se agotaba. Asumió que Héctor era un viudo extraño, quizás un poco snob, que había perdido dinero en el mercado y ahora tenía que recurrir a la vergüenza por un ingreso extra. La idea le causó un leve sentimiento de superioridad que la tranquilizó. Él necesitaba el dinero; ella necesitaba el estatus. Un trato justo.

-Vamos, Héctor- dijo Clara, y por primera vez, hubo un atisbo de alivio en su voz.

Héctor la siguió, dejando el boceto incompleto en la mesa. Mientras salían del restaurante, la mente de Clara ya estaba en la oficina legal y en las transferencias bancarias. La mente de Héctor, sin embargo, estaba calculando la jugada:

El riesgo: Cero. Su fortuna estaba en fideicomisos intocables.

El beneficio: Máximo. Una distracción intensa, un experimento social, y una mujer fascinante que lo trataba con la condescendencia de un empleado, el mejor disfraz que podría haber imaginado.

Se acababa de casar con una mujer a la que le había mentido sobre todo, excepto sobre su nombre. Y ella, la mujer de negocios, se había casado con un hombre que la superaba en valor monetario por cien a uno, creyendo que le estaba haciendo un favor.

El juego había comenzado. Y por fin, Héctor no estaba aburrido.

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Tabla de contenidos de El matrimonio a Salario

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