Seguir
Capítulos
Compartir
Portada de la novela El matrimonio a Salario

El matrimonio a Salario

Héctor, un magnate de 55 años que vive retirado, es confundido por Clara con un acompañante profesional. Buscando librarse de las exigencias de su familia, la ejecutiva de 34 años le propone una boda por contrato y un sueldo mensual. Héctor decide ocultar su inmensa riqueza y acepta el rol de humilde pintor. Mientras ella intenta ayudarlo, él usa su influencia para protegerla en las sombras, hasta que la verdad sobre su fortuna sale a la luz.
Capítulos
Compartir

Capítulo 3

El silencio en el Lexus negro se había vuelto denso, más parecido a una armadura que a una simple ausencia de ruido. Ricardo, el conductor, manejaba con su habitual precisión, pero incluso él parecía notar la inusual carga eléctrica entre los dos asientos traseros. Clara Montero, con su elegante traje gris, miraba por la ventanilla, ya no absorta en el paisaje de la ciudad que pasaba, sino en los cálculos mentales que le aseguraban que, a pesar de la extraña negociación, ella mantenía el control.

Héctor Alarcón no estaba dibujando. Sostenía el cuaderno cerrado sobre sus rodillas, sus manos grandes y firmes descansando sobre la tapa. Sus ojos grises, agudos y un tanto distantes, observaban a Clara. Era un estudio en la anticipación. Sabía que en menos de veinte minutos, la frágil realidad que Clara había construido sobre él se iba a desmoronar.

-Espero que su casa no esté muy lejos, Héctor- dijo Clara, rompiendo el silencio con una nota de impaciencia. -Necesitamos que Ricardo regrese a la oficina antes de las tres. El tráfico es horrible a esta hora.

-No se preocupe por el tiempo de Ricardo -respondió Héctor. Su voz era tranquila, casi perezosa. -Le pagará las horas extra, ¿no es así? Es solo justo, dada la urgencia de su situación.

Clara frunció el ceño. -Por supuesto que le pagaré. Es que... no me gusta la ineficiencia. Y asumo que no tendrá muchas pertenencias. Unos caballetes, una caja de pinceles, quizás dos maletas de ropa. ¿Me equivoco?

Héctor giró la cabeza para mirar a Clara, dejando que su sonrisa se desplegara lentamente. Era una sonrisa que ella no sabía interpretar: no era de burla, sino de absoluta, tranquila certeza.

-Usted asume demasiado, Clara. Pero no se preocupe por la logística. Yo me encargo de mi inventario. Simplemente dele a Ricardo la dirección.

Clara, sintiéndose nuevamente frustrada por la calma impenetrable de él, tomó su teléfono y envió la ubicación al conductor. El nombre del barrio, Cumbres del Océano, resonó en la cabina. Era una de las zonas residenciales más exclusivas y privadas de la costa, un lugar donde las propiedades se vendían en el rango de ocho cifras y la seguridad era tan estricta que la privacidad era, de hecho, un bien inestimable.

Clara no conectó los puntos. Su mente estaba tan programada para pensar en Héctor como un viudo modesto que asumió que él vivía en alguna villa alquilada o en un apartamento bien ubicado, pero no en el tipo de lugar que su nombre implicaba.

El Lexus abandonó las calles congestionadas de la ciudad y tomó la autopista costera. La arquitectura empezó a cambiar. Las estructuras comerciales fueron reemplazadas por muros de piedra y grandes setos verdes que prometían secretos y aislamiento.

-¿Vive muy cerca de la costa, Héctor?- preguntó Clara, intentando sonar casual, pero la duda comenzaba a corroer sus nervios.

-Lo suficiente para escuchar las olas cuando pinto por las mañanas. La luz en esa zona es excepcional -respondió Héctor.

-Ya veo. Pues, con esa luz, quizás sus cuadros...- Clara se detuvo, midiendo sus palabras con precaución. -Quizás sus cuadros empiecen a venderse mejor pronto. Podría dejar de necesitar el... salario.

Héctor no respondió. Simplemente se dedicó a observar la tensión en su perfil. Clara había tropezado intencionalmente en la palabra "salario", un arma que ella usaba para recordarle su posición subordinada. La condescendencia era tan evidente que Héctor tuvo que esforzarse para no reír.

Diez minutos más tarde, Ricardo tomó una salida privada, pasando junto a una caseta de guardia de seguridad que parecía una fortaleza en miniatura.

-Señorita Montero, ¿está segura de esta dirección?- preguntó Ricardo, un hombre de pocas palabras que ahora se sentía obligado a intervenir. -Esta es la calle de acceso a la Finca Lira. Solo residentes.

Clara se enderezó. El nombre de la finca era familiar. Sabía que era una propiedad legendaria, construida por un magnate tecnológico a principios de los 2000. -¿Sí, Ricardo, estoy segura. Es una calle privada. Solo conduzca.

El coche avanzó lentamente. Los muros de las propiedades eran altos, pero incluso a través de los setos, se vislumbraban techos de teja españoles y jardines inmensos. Clara sacó su teléfono, buscando el nombre "Héctor Alarcón" en el motor de búsqueda, añadiendo las palabras "Finca Lira". No encontró nada que vinculara al pintor viudo con la propiedad.

Finalmente, llegaron a una reja monumental de hierro forjado, flanqueada por pilares de piedra de seis metros de altura. Un intercomunicador dorado brillaba bajo el sol. No era una "casa" de pintor, era una residencia.

-Aquí es, Señor Alarcón -dijo Ricardo, ahora con una nota de alarma mal disimulada.

Clara miró a Héctor. -Héctor, supongo que su casa está detrás de... otra casa. Esta es la entrada a un complejo, ¿verdad?

Héctor extendió el brazo y presionó un botón en el intercomunicador. El sonido de su voz era tranquilo, habitual.

-Soy Héctor. Que abran las puertas.

Una voz de seguridad, inmediata y respetuosa, respondió: -Señor Alarcón. Bienvenido de vuelta. Abriendo las puertas, señor.

Las puertas de hierro se abrieron lentamente, revelando un camino de entrada empedrado que se perdía entre palmeras perfectamente podadas. Era un camino de al menos trescientos metros.

Clara Montero sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. La palidez invadió su rostro. El control que había mantenido durante todo el día se hizo añicos.

-Héctor, ¿quién vive aquí?- preguntó Clara, la voz apenas un susurro.

-Yo vivo aquí, Clara- respondió él, sin rastro de arrogancia, solo un hecho simple. -Bienvenida a mi casa. O, como usted lo llamó, el lugar donde guardo mis caballetes.

Ricardo, el conductor, detuvo el Lexus frente a la casa. No era una casa. Era una mansión de estilo mediterráneo, con una piscina infinita que se fusionaba con el océano en el horizonte. Un edificio que destilaba una riqueza tan incalculable que hacía que la propia casa de Clara pareciera un bungalow.

Clara se quedó sin habla. El hombre que ella creía que estaba en apuros financieros, al que le pagaba cuatro mil dólares al mes como una limosna, era el dueño de esa propiedad.

Héctor abrió su puerta y salió. Un hombre uniformado, con la eficiencia de un mayordomo europeo, se acercó al coche.

-Señor Alarcón, es un placer tenerlo de vuelta. ¿Desea que preparemos algo en la biblioteca?

-Gracias, James. Solo necesitamos que Ricardo y mi... esposa -Héctor pausó un instante, saboreando la palabra- me esperen. Necesito empacar solo lo esencial.

El mayordomo, James, se dirigió a Clara con una cortesía impecable, pero sus ojos tenían la familiaridad que da la servidumbre de toda la vida. -Señora Montero, por favor, salgan del vehículo. Pueden tomar asiento en la terraza. ¿Desean algo? ¿Un té helado?

Clara apenas pudo asentir. Salió del coche, sintiéndose pequeña y ridícula en su traje de diseño. El aire en ese lugar era más fresco, más limpio, y el sonido del mar era un recordatorio constante de la magnitud de la propiedad.

-Héctor- siseó Clara, obligándolo a detenerse antes de entrar por las puertas dobles de caoba. -Usted... ¿cuánto cuesta esta casa?

-No lo sé con exactitud -dijo él, despreocupado. -Nunca la he puesto en el mercado. Pero es grande. ¿Ves el ala oeste? Eso es solo mi estudio de pintura, mi galería y un pequeño gimnasio.

-Pero, ¿por qué? ¿Por qué aceptó mi... mi salario?

-Ya se lo dije, Clara. Por el juego- Héctor le dirigió una mirada penetrante. -Usted me llamó "Roberto", un viudo humilde que necesitaba el dinero, y yo decidí aceptar ese papel. Era su precio por tenerme en su vida. No me inmiscuiré en su vida, pero le aseguro que mi vida tampoco es el asunto de nadie.

Héctor entró en la casa. Clara se quedó en la terraza, mirando al océano, sintiendo el peso de la mentira que ahora pendía sobre ella. Ricardo, el chofer, se acercó a ella.

-Señorita Montero, he trabajado para usted tres años. Nunca supe que el señor Alarcón fuera el dueño de... esto.

-Yo tampoco, Ricardo. Yo tampoco- murmuró Clara, su voz apenas audible. Había contratado a un viudo a sueldo para evitar un desastre familiar, y ahora, había desatado una crisis de identidad monumental.

Quince minutos más tarde, Héctor regresó. No llevaba ni maletas ni grandes cajas. Solo un estuche de cuero de viaje que parecía de una marca de lujo discreta, y dos lienzos pequeños, uno de ellos era el boceto de Clara que había hecho en el restaurante.

-Todo listo, Clara- dijo Héctor, volviendo a su tono tranquilo. -Le dije que solo serían unos cuantos caballetes y cajas de pinturas. Estoy listo para la suite de invitados en su bungalow.

La burla sutil no le pasó inadvertida. Clara tragó saliva, dándose cuenta de que el juego había cambiado. Ella era la que estaba en desventaja, y su marido de contrato, el hombre al que le pagaba un salario, era el que tenía todo el poder. Había creído contratar a un peón, y en su lugar, había invitado a un rey a su tablero.

-Vamos -dijo Clara, su voz ahora tensa por el reconocimiento. El viaje de vuelta prometía ser mucho más incómodo que el de ida. El precio del lienzo, o más bien, el precio de la mentira, acababa de ser cotizado en el mercado de bienes raíces de lujo.

¡Sigue viendo!
¡La historia se está poniendo intensa! Cambia a la App para seguir leyendo
Desbloquear todos los episodios
Abrir el sitio web oficial

También te puede gustar

Portada de la novela Antes la burlada, ahora es la reina
8.0
Después de dos años de un matrimonio ficticio marcado por la traición, Brinley decide abandonar su sacrificio por Colin. Para restaurar su honor, contacta a su padre y acepta una boda pactada, dejando atrás su pasado humillante. Mientras la sociedad la critica, ella triunfa como una figura mítica en el automovilismo y el diseño. Al intentar recuperarla, Colin descubre que un hombre influyente la protege y que Brinley ya espera un hijo de este.
Portada de la novela ¡Ayuda, mi esposo magnate se niega a divorciarse!
8.2
William contrajo nupcias con Renee solo por compromiso. Tras el retorno de su exnovia encinta, el entorno vaticina una ruptura inminente. Renee afirma desear la separación con fervor, pero los demás sospechan que solo finge para no ser humillada. La sorpresa estalla cuando William rechaza tajantemente el divorcio y jura acciones legales contra quienes hablen de ello. Desconcertada, ella intenta descifrar qué busca ahora su esposo con este cambio.
Portada de la novela Deseo Sin Fin
9.8
Colin, líder de un imperio empresarial, ve su destino entrelazarse con el de Yael, una mujer de origen aristocrático que carga con el peso de una tragedia familiar. Marcada por la pérdida que dejó una obsesión del pasado, ella encuentra en este poderoso hombre un refugio inesperado. Juntos, logran sanar las cicatrices de sus almas y superar los golpes de la fortuna, transformando su mutuo dolor en una sólida historia de amor y redención.
Portada de la novela El hijo del señor Walker: Embarazada por error
8.5
Una joven que nunca ha tenido relaciones sexuales queda encinta por una falla médica. El padre es su huraño jefe, un hombre de temperamento complejo que ignora la situación. Ella debe reunir fuerzas para revelar este increíble suceso a su familia y a su pareja sentimental. En medio del caos, su estabilidad laboral y personal se desmorona. Esta historia explora las consecuencias de un embarazo fortuito que desafía la lógica y transforma su destino para siempre.
Portada de la novela El Sabor del Primer Bocadillo
9.6
Una joven que conoció la miseria ve su destino entrelazado con Mateo, un heredero que le brindaba comida por ayuda académica. Tras huir de un hogar hostil y de un matrimonio impuesto por su progenitor, ella alcanza el éxito profesional en Londres. No obstante, el regreso de Mateo a su vida desata un torbellino de emociones. Entre gestos opulentos y secretos guardados, ella busca respuestas sobre su pasado, hallando un amor que resistió el paso del tiempo.
Portada de la novela Embarazo oculto
8.6
Annabelle Vincent quedó devastada cuando el poderoso Matteo O'Connell la dejó tras creer en crueles calumnias. Mientras ella intenta reconstruir su vida en secreto, ocultando que está embarazada de él, Matteo descubre la falsedad de los engaños y se propone recuperarla para que sea su esposa. Atrapados entre el rencor y el deseo de perdón, él ignora que ella espera un hijo, mientras las dudas sobre la paternidad amenazan con cambiar su futuro.