
El Mariachi Quebró Mi Amor
Capítulo 2
La música de mariachi se apagó, pero el murmullo de la fiesta en casa de Sofía seguía vibrando en el aire. Era una de esas noches en la Ciudad de México donde el calor del día se rendía ante una brisa fresca que entraba por el balcón. Yo sostenía mi guitarra, el único objeto que me hacía sentir menos como un adorno en la vida de mi novia y más como Ricardo Mendoza. Para el resto, era solo el novio de Sofía Del Valle, la prometedora chef cuyo nombre ya sonaba en los círculos más exclusivos de la gastronomía.
Llevábamos siete años juntos. Siete años en los que aprendí a hacerme pequeño para que ella pudiera brillar más.
La fiesta era por su más reciente éxito: una reseña espectacular en la revista culinaria más importante del país. El autor de esa reseña, Alejandro "El Gourmet" Sánchez, estaba aquí. Y no era una coincidencia. Alejandro no solo era el crítico de moda, también era el exnovio de Sofía.
Lo vi moverse por la sala con la seguridad de un depredador. Su traje caro contrastaba con mi sencillo traje de charro, que ahora sentía fuera de lugar. Cada vez que sus ojos se cruzaban con los míos, una sonrisa burlona se dibujaba en su cara.
De repente, un grito ahogado vino del pasillo que llevaba a los baños.
"¡Ayuda!"
Era la voz de Sofía.
La gente se giró. Antes de que yo pudiera reaccionar, Alejandro ya estaba corriendo hacia allá. Me quedé paralizado, con la guitarra en las manos, sintiendo las miradas de todos sobre mí. Unos segundos después, Alejandro salió del pasillo cargando a Sofía en brazos, como un héroe de película.
"Se resbaló en el baño, el piso estaba mojado", anunció Alejandro a la multitud, con una voz falsamente preocupada.
Sofía tenía los ojos cerrados, el cabello un poco revuelto y su vestido de diseñador ligeramente desarreglado. Parecía una damisela en apuros. Pero yo la conocía. Conocía cada uno de sus gestos. Esto era un teatro, y yo era el único espectador que no aplaudía.
Alejandro la depositó con cuidado en el sofá más grande, y la gente se arremolinó a su alrededor. Él se arrodilló a su lado, le acarició la mejilla y le susurró algo al oído. Sofía abrió los ojos lentamente y le sonrió, una sonrisa íntima que yo no había recibido en meses.
La tensión en la sala era tan densa que se podía cortar con un cuchillo. La amiga de Sofía, Isabella "La Fiera" Gómez, se acercó a mí.
"Ricardo, no hagas una escena. Sabes cómo es Sofía, le encanta la atención".
Pero no era solo eso. Alejandro levantó la vista y me miró directamente. Su sonrisa ahora era de pura victoria.
"Recuerdo cuando se cayó de la cama en nuestro viejo departamento en la Condesa. Tenía la misma cara de susto. Le tuve que dar un masaje en los pies toda la noche para que se calmara".
El comentario cayó como una bomba. Un silencio incómodo se apoderó de la sala. Algunos amigos de Sofía soltaron risitas nerviosas. Sentí la sangre subir a mi cara, una humillación pública, cocinada a fuego lento. Todos esperaban mi reacción: un grito, un golpe, un escándalo.
Pero algo dentro de mí, algo que había estado dormido durante siete años, se movió.
Respiré hondo. Miré a Alejandro, luego a Sofía, que ahora me observaba con una mezcla de desafío y nerviosismo.
Avancé hacia ellos, con una calma que sorprendió a todos, incluyéndome a mí.
"Qué bueno que estás aquí para cuidarla, Alejandro".
Me detuve frente al sofá.
"De hecho, mi habitación está al fondo a la derecha. Es más cómoda que el sofá. Llévala allí para que puedan 'resolver sus asuntos' con más privacidad. No quiero que se sienta incómoda".
La sonrisa de Alejandro se congeló. Sofía me miró con incredulidad, como si no reconociera al hombre que tenía enfrente. El murmullo de la gente se convirtió en un silencio sepulcral.
No esperé una respuesta. Les di la espalda y caminé hacia el balcón, sintiendo docenas de ojos clavados en mi nuca.
Mi corazón latía con fuerza, no de ira, sino de una extraña y dolorosa liberación. Durante siete años, había sido el tapete de Sofía. El mariachi de pueblo que tuvo la suerte de salir con la reina de la cocina. Había aguantado desplantes, humillaciones y el desprecio silencioso de su familia y amigos.
Recordé la vez que vendí la guitarra de mi abuelo, mi posesión más preciada, para comprarle un collar de diamantes para su cumpleaños. Ella lo miró, sonrió forzadamente y dijo: "Gracias, mi amor. Aunque no es mi estilo". Nunca se lo puso.
Recordé las innumerables veces que canceló nuestros planes a última hora para ir a un evento "importante" con gente de su círculo, dejándome solo con la cena que había preparado para ella.
"Siempre eres tan comprensivo, Ricardo. Por eso te amo".
Esa era su frase. Su manera de justificar cada una de sus acciones egoístas. Y yo, cegado por el amor, me lo creía.
La puerta del balcón se abrió de golpe. Era Sofía. Su cara estaba roja de furia.
"¿Se puede saber qué demonios fue eso, Ricardo?"
Su voz era un susurro enojado.
"¿Humillarme así, delante de todos mis amigos? ¿De mi familia?"
"¿Humillarte?", pregunté, sin voltear a verla. Mi voz sonó extrañamente tranquila. "Yo solo ofrecí una solución práctica. Parecían muy cómodos juntos".
"¡Eres un idiota! ¡Estás insinuando que te estoy engañando!"
Me giré para enfrentarla. Por primera vez en mucho tiempo, la miré a los ojos sin miedo.
"Yo no estoy insinuando nada, Sofía. Tú y él son los que están actuando. Yo solo les di el escenario".
Se quedó sin palabras por un segundo, su boca abierta en una mueca de asombro.
"Estás arruinando mi noche. Mi gran noche".
"No, Sofía. Tú la arruinaste cuando decidiste montar este circo".
"¡Me voy! ¡No puedo soportar tu actitud!", dijo, esperando que yo la detuviera, que le rogara que se quedara. Como siempre hacía.
"Está bien", dije simplemente. "Que te vaya bien".
Se quedó helada.
"¿Qué?"
"Dije que está bien. Si quieres irte, vete. Pero yo me quedo. Esta también es mi casa, ¿recuerdas?"
"¡Eres increíble! ¡Siempre arruinándolo todo! ¡Eres un aguafiestas!", gritó, antes de darse la vuelta y entrar de nuevo a la sala, dando un portazo.
Me quedé solo en el balcón, escuchando el murmullo de la fiesta reanudarse, más bajo esta vez. La brisa nocturna se sentía bien en mi cara acalorada. No sentía triunfo. No sentía alegría. Solo un vacío profundo y agotador.
La gota que derramó el vaso no había sido el comentario de Alejandro, ni la caída fingida de Sofía. Había sido mi propia reacción. La calma. La indiferencia.
Algo se había roto dentro de mí esa noche. Y supe, con una certeza aterradora, que ya no había vuelta atrás.
El lobo sumiso finalmente estaba mostrando los dientes.
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