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Portada de la novela El Mariachi Quebró Mi Amor

El Mariachi Quebró Mi Amor

Ricardo Mendoza dedicó siete años a impulsar la carrera de su novia, la chef Sofía Del Valle, olvidándose de sí mismo. Sin embargo, todo se desmorona en una gala de Ciudad de México, donde Sofía lo humilla públicamente al refugiarse en los brazos de Alejandro Sánchez, su antiguo amor. Ante este desprecio, el lobo interno de Ricardo despierta con furia. Decidido a no sufrir más, rompe su sumisión y abandona a la mujer que amaba para recuperar su dignidad.
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Capítulo 3

No me moví del balcón. Escuchaba las risas forzadas y las conversaciones que intentaban sonar normales dentro de la casa. Decidí quedarme. Irme sería darle la razón a Sofía, sería admitir que era el "aguafiestas". Pero quedarme no significaba participar en su juego.

Saqué mi teléfono y unos audífonos. Busqué una vieja grabación de un concierto en Garibaldi, cuando todavía tocaba con mis amigos de la infancia, antes de que la vida de Sofía absorbiera la mía. La voz potente de los mariachis llenó mis oídos, ahogando el ruido de la fiesta. Cerré los ojos y me concentré en la música, en los acordes de la vihuela, en el lamento del guitarrón. Era mi mundo, un mundo que había abandonado por ella.

Mi mente se abstrajo por completo. Dejé de pensar en Sofía, en Alejandro, en la humillación. Solo existía la música. Sentí una paz que no había experimentado en años. Era como encontrar un oasis en medio del desierto de mi relación.

Después de un rato, que pudieron ser minutos u horas, sentí una presencia a mi lado. Abrí los ojos. Era Isabella, la abogada, mirándome con una expresión indescifrable.

"¿Estás bien?", preguntó.

Me quité un audífono. "¿Por qué no lo estaría?"

Ella sonrió de lado. "Buena respuesta. Pero allá adentro las cosas se están poniendo... interesantes".

No pregunté. No quería saber. Pero ella continuó de todos modos.

"Sofía llevó a Alejandro a tu habitación. Dijo que le dolía la cabeza y necesitaba descansar. La puerta está cerrada".

Sentí un pinchazo de dolor, pero fue débil, lejano. Como un eco de una herida antigua.

"Bueno, espero que descanse", dije, y volví a ponerme el audífono.

Isabella se quedó mirándome, claramente sorprendida por mi falta de reacción. Se encogió de hombros y volvió a entrar.

La música siguió sonando, pero ahora mi mente estaba un poco más presente. Podía escuchar, por encima de los violines, los murmullos de un grupo de personas que se había reunido cerca de la puerta del balcón.

"Pobre güey", dijo una voz masculina que no reconocí. "Le están poniendo los cuernos en su propia casa y ni se inmuta".

"Shhh, te va a escuchar", susurró una mujer.

"¿Y qué? Es un naco con suerte. Sofía es demasiado para él. Era cuestión de tiempo".

Apreté la mandíbula. El viejo Ricardo se habría encogido, habría buscado un rincón para esconder su vergüenza. Pero el nuevo Ricardo, el que nació esta noche, estaba harto.

Me levanté, me quité los audífonos y caminé directamente hacia el grupo. Eran tres, dos hombres y una mujer, todos amigos de Sofía del club de polo. Me miraron con pánico, como niños atrapados haciendo una travesura.

"¿Decían algo de mí?", pregunté, mi voz tranquila pero firme.

El que había hablado, un tipo rubio con una camisa rosa, tartamudeó. "No, no, para nada. Solo comentábamos... la música".

"Ah, la música", dije, asintiendo lentamente. "Sí, es buena. Es de mi tierra. No creo que en su club de polo escuchen mucho de esto, ¿verdad? A menos que sea para que los meseros se sientan como en casa".

La mujer ahogó una risa nerviosa. El tipo de la camisa rosa se puso rojo.

"Oye, no tienes por qué ser grosero".

"¿Grosero yo? Yo solo hice un comentario sobre música. Ustedes, en cambio, estaban hablando de mi vida personal. Si tienen alguna duda, pregúntenme directamente. Soy bueno para responder".

Se quedaron callados, mirándome con una nueva clase de respeto, o tal vez miedo. Les di la espalda y me dirigí a la barra para servirme un vaso de agua.

Justo en ese momento, la puerta de mi habitación se abrió. Salió Alejandro, arreglándose el cuello de la camisa. Tenía el pelo ligeramente despeinado y una sonrisa de satisfacción en el rostro. Caminó directamente hacia mí.

"Tu habitación es... acogedora", dijo, con claro doble sentido. "Aunque la cama rechina un poco. Deberías arreglarla".

Esperaba una explosión. Esperaba que lo agarrara del cuello de su camisa de seda. En lugar de eso, le sonreí.

"Gracias por el dato, Alejandro. Lo tendré en cuenta. De hecho, pensaba cambiarla. ¿Tienes alguna recomendación? Una que aguante... mucho movimiento".

La sonrisa de Alejandro vaciló. No esperaba esa respuesta. Estaba jugando su juego, pero con mis propias reglas.

"No te preocupes por Sofía", continuó, intentando recuperar el control. "Solo estaba un poco mareada. La ayudé a recostarse".

"No estoy preocupado", le aseguré. "Confío en ti. Se ve que sabes cómo 'ayudar' a las mujeres mareadas. Tienes experiencia".

Le di una palmada en el hombro y me alejé, dejándolo allí, confundido y frustrado. Me senté en un rincón y saqué un pequeño cuaderno y un lápiz. Era un viejo hábito. Cuando algo me molestaba o me inspiraba, escribía. Empecé a trazar las notas de una nueva canción, una melodía que hablaba de cadenas rotas y lobos que aprenden a aullar de nuevo.

Me sumergí tanto en mi trabajo que no me di cuenta de que Sofía había salido de la habitación y ahora estaba de pie frente a mí, con los brazos cruzados.

"¿Qué estás haciendo?"

Levanté la vista. "Escribiendo".

"¿Escribiendo? ¿Ahora? ¡Estoy pasando por una crisis, Ricardo, y tú te pones a escribir cancioncitas!"

"Mi 'cancioncita' es mi trabajo, Sofía. El que paga la mitad de las cuentas de esta casa. Incluyendo el agua que usaste para mojar el piso del baño".

Su rostro se contrajo en una mueca de furia.

"¡Eres un insensible! ¡No te importa nada!"

"Al contrario", dije, cerrando mi cuaderno. "Por primera vez en mucho tiempo, me estoy empezando a importar a mí mismo".

Ella me miró, y en sus ojos vi algo que nunca antes había visto: miedo. El miedo de un titiritero que se da cuenta de que sus hilos han sido cortados.

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