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Portada de la novela El hijo de la reina de la mafia

El hijo de la reina de la mafia

Tras dos décadas de ausencia, Alexandre Carluccio vuelve a Italia impulsado por una sed de venganza contra quienes atentaron contra su abuelo. En plena lucha por el poder, su camino se cruza con Yelizaveta Belucci. Aunque ella proyecta una imagen de fragilidad, oculta la naturaleza implacable heredada de su padre, un gran capo. Esta entrega final de la Trilogía Carluccio narra un romance apasionado que desafía el peligro y revela la verdadera redención.
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Capítulo 3

Llegamos al antro El bajo mundo y para pasar desapercibidos debemos separamos para que no me vean junto a Bellini, ya que esto podría desatar ciertas sospechas sobre quién soy yo y por el momento es mejor que no se sepa mi verdadera identidad.

Bellini se dirige a la oficina del abuelo donde al parecer ya se ha instalado “el nuevo dueño” de todos los negocios de mi abuelo. De acuerdo con lo que hemos planeado, cuando sus hombres me den señal debo dirigirme hasta allí.

Según lo que me ha dicho Flavio en todo este tiempo, hay varios capos de mediana categoría reunidos en una de las salas VIP recibiendo órdenes del supuesto dueño. Me dedico a observar todo a mi alrededor y me doy cuenta de que nuestros hombres superan en número al de todos los traidores, por lo que sonrío satisfecho ante los precisos arreglos de Bellini, ahora entiendo porque ha sido la mano derecha de mi abuelo por tanto tiempo.

En cuanto Flavio aprieta mi hombro comprendo que es la señal que estábamos esperando. Me dirijo hacia la oficina de mi abuelo donde ya tenemos todo despejado gracias a la competencia de nuestros hombres. Me siento en la silla que por tantos años ha ocupado mi abuelo en espera de que todos sigan al nuevo jefe a su guarida, me encuentro de espaldas cuando escuchamos la puerta abrirse. Me giro y todos los hombres que esperan para entrar se quedan sorprendidos por mi presencia.

—¿Qué diantres haces aquí niño? —me pregunta él que al parecer es el nuevo jefe. Le dedico una sonrisa maliciosa antes de responderle.

—Mi nombre es Alexandre Carluccio El hijo de la reina de la mafia, —veo como al principio, todos tienen una expresión de desconcierto hasta que logran encajar todas las piezas del rompecabezas en su minúsculo cerebro y cuando caen en cuenta de quien soy realmente, es demasiado tarde, ya que he levantado mi arma y le disparo en la pierna al imbécil que intentaba usurpar el lugar de mi abuelo—. Ahora que me he presentado como se debe, ¿quién eres tú? —El tipo se encuentra tumbado en el piso llorando de dolor—. ¡Responde que no tengo tu tiempo! Digamos que no soy tan paciente, es una cualidad que heredé de mi madre. —Me mira con sus ojos llorosos antes de responder.

—Soy… soy Giulio Farina y soy el nuevo Il grande capo. —Niego con la cabeza y me acerco lentamente a todos esos bastardos que ahora están rodeados por mis hombres y por como los veo, tiemblan como una hoja de papel, siendo conscientes desde este momento el futuro que les depara al salir de aquí.

—Creo que ese disparo te ha dejado idiota, ahora yo me haré cargo de todos los negocios de mi abuelo y para que les quede claro a todos ustedes que con Alexandre Carluccio nadie juega, les permitiré vivir si son capaces de saciar mi curiosidad —dicho esto se miran entre ellos con el terror reflejado en sus ancianos rostros—. ¿Quién fue el hijo de puta que planeó asesinar a mi abuelo?

—Nosotros no sabemos nada —responde uno de ellos, el cual siento que en cualquier momento se desmayará debido al miedo.

—Respuesta incorrecta —acto seguido levanto mi arma y le doy un tiro en el hombro, arrancándole un gran chillido de dolor—. Vuelvo a preguntar lo mismo, ¿quién fue el responsable de lo que le sucedió a mi abuelo? —suelto en un susurro bajo, pero bastante peligroso para quien sepa reconocer cuando estoy furioso.

—Solo sabemos que el ruso seguía ordenes de… —antes de que pueda continuar con su relato, Giulio saca una navaja de su calcetín y se lo entierra en la garganta. La sangre comienza a emanar a chorros y veo como el hombre comienza a perder la vida frente a mis ojos, sin siquiera haber saciado mi curiosidad.

—¡Eres un grandísimo soplón! —escupe Giulio aun presa del dolor. Mis hombres lo toman por los brazos y le quitan la navaja con la cual acaba de asesinar al hombre a mis pies. Levanto mi puño y se lo estrello en la cara para descargar parte de mi frustración.

—¿Alguien más va a hablar? —pregunto a los otros tres hombres que se encuentran frente a mí, los cuales niegan de inmediato presas del miedo a sufrir el mismo destino que su compañero—. Bellini que alguien los lleve a las bodegas especiales del abuelo, mañana me encargaré de ellos.

Bellini les hace señas a nuestros hombres, quienes sacan a rastras a los infelices que casi se orinan en la oficina, antes de salir hacia un rumbo desconocido al menos para ellos. Me dirijo a la silla que abandoné hace unos minutos y observo al hombre que se encuentra custodiado por mis hombres, el cual parece bastante tranquilo ahora que sabe que los otros traidores no hablaran.

—Creo que tú y yo nos divertiremos toda la noche —le comento a Giulio mientras lo observo con mi barbilla apoyada en mis manos.

—Lamento decepcionarte niñito. Creo que después de lo que estoy por contarte terminaras orinándote y llorando. —Me mira con suficiencia como si supiese un gran secreto del cual no soy participe.

—En ese caso sorpréndeme. Una escoria como tú, ¿qué puede decirme para hacer llorar a este niñito como tú me llamas?

—Hace un rato te presentaste como El hijo de la reina de la mafia y según tú heredaste algunas cosas de tu madre, pero dime, ¿sabes que en realidad Lilibeth Carluccio no es tu madre biológica? —Sonríe en cuanto suelta esta bomba según él.

—Para tu información eso ya lo sabía. ¿Creíste que mis padres nunca me lo contarían? —Suelto una carcajada cargada de ironía—. Justo lo hicieron para prevenir que alguien tan malnacido como tú quisiera sacar provecho de ese tipo de información.

—No esperaba que tuvieses conocimiento de esa información, pero creo que lo siguiente que te diré destrozará el gran altar en el cual debes de tener a tus padres. ¿Sabías que tu santo padre, el gran Massimo Carluccio secuestró a la que ahora se hace llamar tu madre para que cuidase de ti? —lo miro atónito por unos segundos antes de cambiar la expresión de mi rostro.

»Lo sabía eso es algo que no te han dicho. Yo te contaré toda la verdad, resulta que tu queridísimo padre secuestró a tu madre cuando te salvó de ese atentado, dado que quedaste sin madre. Ahora sabes que por tu culpa tu madre fue una víctima de tu padre y que gracias a eso es que están juntos, a decir verdad, no creo que se amen de verdad. Creo que tu madre desarrolló el síndrome de Estocolmo o simplemente se ha visto obligada a permanecer junto a tu padre contra su voluntad. —Sonríe triunfal mientras yo siento que toda mi vida es una gran mentira, la cual comienza a derrumbarse.

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