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Portada de la novela El Despertar del Magnate Ciego

El Despertar del Magnate Ciego

Tras perder la vista en un accidente, el heredero Adrián Volkov descarga su amargura contra Elena, su esposa. Ella soporta años de desprecio y cuidados secretos hasta que una cirugía le devuelve la visión a él. Al despertar, Adrián descubre que Elena se ha marchado con los papeles del divorcio, ocultando que espera hijos suyos. Cinco años después, el destino los cruza de nuevo. Ahora, el magnate deberá luchar por recuperar a la mujer que amó a ciegas.
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Capítulo 2

La mansión Volkov no era un hogar; era un mausoleo de mármol y cristal. El eco de los pasos de Elena resonaba en el gran vestíbulo, una melodía solitaria que competía con el latido desbocado de su corazón. Tras la gélida ceremonia, Adrián había sido conducido a la planta superior por su asistente personal, dejándola a ella atrás, bajo la mirada de lástima de los pocos sirvientes que aún permanecían despiertos.

Elena subió las escaleras con el peso del mundo sobre sus hombros. El vestido de novia, empapado por la lluvia del trayecto, se sentía como una armadura de plomo. Al llegar a la puerta de la habitación principal, dudó. Sus dedos rozaron la madera de caoba antes de empujar la puerta con suavidad.

La habitación estaba sumergida en una penumbra absoluta. Adrián no necesitaba luces, y eso le recordaba a Elena, con una punzada de dolor, la realidad de su situación. Él estaba sentado al borde de la enorme cama matrimonial, de espaldas a la puerta. Se había quitado la chaqueta del traje y la camisa blanca estaba ligeramente desabrochada, revelando la tensión en sus hombros.

-Te dije que no quería estorbos -su voz, baja y ronca, cortó el silencio como una cuchilla. No se dio la vuelta. No lo necesitaba-. Huelo el perfume de baratija y la lluvia en tu ropa. Fuera.

Elena apretó los puños, intentando que su voz no temblara.

-Adrián... legalmente esta es también mi habitación. No tengo a dónde ir.

Escuchó una risa seca, carente de humor, que le erizó la piel. Adrián se puso de pie con una agilidad sorprendente para alguien que no podía ver, apoyándose firmemente en su bastón de metal. Caminó hacia ella con una precisión que delataba cuánto había memorizado cada rincón de su celda de lujo. Se detuvo a escasos centímetros, lo suficiente para que Elena pudiera sentir el calor que emanaba de su cuerpo y el aroma a sándalo y amargura que lo rodeaba.

-¿"Nuestra" habitación? -repitió él con desprecio-. Entiéndelo bien, "esposa". Compramos tu presencia para que mi abuelo deje de molestarme con herederos y cuidados. Pero no voy a compartir mi cama, ni mi aire, con una mujer que se vendió por unas cuantas monedas para salvar el pellejo de un padre borracho y apostador.

Elena sintió que el aire se escapaba de sus pulmones. La verdad dolía más que cualquier insulto. Su padre, el hombre que ella amaba a pesar de sus fallas, la había entregado a los Volkov como garantía de una deuda que ascendía a millones. Si ella no cumplía con este matrimonio, su padre terminaría en prisión, o algo peor.

-No me vendí... -susurró ella, aunque sabía que sonaba a mentira-. Estoy aquí para cumplir un acuerdo.

-Entonces cumple la parte más importante: mantente fuera de mi vista. Aunque no pueda verte, tu presencia me asquea. Lárgate de aquí. Ahora.

Adrián extendió un brazo y, con un movimiento brusco, señaló hacia la puerta. El desprecio en su rostro, incluso oculto tras la oscuridad que él habitaba, era tan palpable que Elena dio un paso atrás, tropezando con sus propios pies.

Sin decir una palabra más, salió de la habitación. Escuchó el sonido seco de la cerradura girando tras ella. Estaba fuera. En su noche de bodas, la habían expulsado del que se suponía era su nuevo hogar.

Caminó por el pasillo frío hasta llegar al salón principal en la planta baja. La inmensa estancia, decorada con arte abstracto y muebles de diseñador, se sentía hostil. Se dejó caer en el sofá de cuero color crema, el mismo que Adrián probablemente consideraba más valioso que ella. El cuero estaba frío contra su piel.

Fue entonces cuando las primeras lágrimas escaparon. Elena se encogió sobre sí misma, abrazando sus rodillas, intentando ahogar los sollozos para que nadie en la casa la escuchara. Lloró por la humillación, por el desprecio de un hombre que no la conocía pero que ya la odiaba con toda su alma. Pero, sobre todo, lloró por la cifra que bailaba en su cabeza: diez millones de dólares. Ese era el precio de su libertad. Ese era el valor de su vida para su padre.

"Solo son dos años, Elena", se dijo a sí misma en un susurro quebrado. "Dos años de ser un mueble. Dos años para salvar a papá".

La lluvia seguía golpeando los ventanales, una canción de cuna triste para una novia sin cama. El frío de la noche empezó a calar sus huesos, pero el frío en su corazón era mucho peor. Mientras intentaba conciliar el sueño en el incómodo sofá, todavía vestida de blanco, Elena no sabía que en la planta superior, Adrián permanecía de pie frente a la ventana, escuchando el eco de su llanto lejano, con una expresión que por un segundo, solo por un segundo, dejó de ser de piedra.

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