Portada de la novela Amor Paralelo

Amor Paralelo

9.1 / 10.0
En Amor Paralelo, Lorraine Ruiz despierta sin memoria y debe trabajar para el magnate Thomas Walker. En esta novela de romance y mystery, ella busca su origen mientras recupera recuerdos de una realidad alterna. Descubre este billionaire romance y lee libros online gratis sobre su destino.
Resumen de Amor Paralelo
Tras despertar sin recuerdos, Lorraine Ruiz intenta reconstruir su identidad trabajando como asistente para el millonario Thomas Walker. Aunque detesta el errático carácter de su jefe, decide quedarse para investigar su pasado. Mientras Thomas cae rendido ante la nueva personalidad de Lorraine, ella comienza a recuperar fragmentos de una realidad paralela. Estos recuerdos inconexos la obligan a cuestionar si su vida actual es real o un engaño.
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Amor Paralelo Capítulo 1

Siento el cuerpo pesado. Quiero despertar, pero mis párpados parecen pegados, así que hago un enorme esfuerzo para abrirlos. Lentamente, muevo mis ojos, en un esfuerzo por despabilarme, sin embargo, mis músculos no responden como quiero. Tras varios minutos de lucha, al fin consigo incorporarme.

Entonces me doy cuenta de que la habitación en la que me encuentro no me resulta familiar y esto aumenta más mi confusión.

—¿Dónde estoy? ¿Cómo llegué aquí? —pregunté aturdida mientras miraba todo a mi alrededor en busca de respuestas.

Sin saber dónde me encontraba, bajé de la cama. Primero me dirigí a la ventana, desde donde pude observar varios edificios de condominios y negocios, pero todo me resultó desconocido. Lo único que descubrí fue que mi departamento se ubicaba en el tercer piso y que el inmueble es un poco antiguo. Sin embargo, no hay más pistas más del cómo llegué a ese lugar.

Con más dudas, me dispuse a ir al baño para darme una ducha y prepararme para salir, pero antes de entrar, escuché una música estridente. Perturbada, busqué con la mirada de dónde provenía ese ruido, hasta que mis ojos cayeron sobre una mesita que estaba cerca de la cama, donde ahí se encontraba un teléfono móvil que sonaba con tanta insistencia.

Al acercarme, solo logré leer que la llamada entrante era de un usuario identificado como “jefe molesto”. En un principio dudé en contestarle a esa persona, pero cuando me decidí, en ese momento el aparato dejó de sonar.

—¡Uf! Al fin se calló —suspiré un poco aliviada.

Sin embargo, el “jefe molesto” volvió a llamar. Esto me asustó tanto, que el teléfono móvil se resbaló de mis manos, impactándose contra el piso.

—¡Rayos! Se rompió, ¿y ahora cómo respondo? —exclamé desesperada.

Tras varios intentos para que el aparato reaccionara, pude al fin tocar el botón de contestar y con la mano temblorosa acerqué el celular a mi oído para escuchar quién era la persona que me llamaba con tanta insistencia.

—¡Señorita Ruiz! ¿Dónde está? —cuestionó con severidad una voz masculina.

—Bue… buen día —saludé nerviosa, sin tener idea de cómo referirme a esa persona.

—¿Buen día? ¡Ya son las once de la mañana y no se encuentra en su puesto! —regañó el sujeto con furia.

—Lo siento, yo… —intenté excusarme—, tuve que ir al doctor, amanecí con dolor estomacal…

—¿Al doctor? ¿Y por qué no me lo notificó? —reclamó.

—Sí, lo siento mucho, señor —seguí balbuceando mientras pensaba en otra excusa—, es que me sentí tan mal, que apenas pude llegar al consultorio para que me atendieran. Apenas acabo de estabilizarme, así que debo llegar con usted en media hora —aseguré con la esperanza de conseguir tiempo y así poder investigar dónde se encontraba mi supuesto trabajo.

Mi respuesta dejó mudo a mi “jefe”, que por un minuto no dijo nada, lo cual aumentó mi ansiedad y comencé a pensar que él se negaría a darme el tiempo que requería.

—Está bien —respondió finalmente—. Pero venga con calma si aún sigue débil.

—Gracias, señor —conteste con emoción—, no se preocupe, ya estoy mejor e iré inmediatamente.

—La veo en un rato —se despidió, colgando inmediatamente.

Un poco aturdida, traté de procesar lo que acababa de pasar, sin embargo, al ver que eran las 11:10 del día, decidí apurarme para vestirme y hacer una revisión rápida del resto de la habitación con la intención de descubrir un poco más sobre mí.

Sin embargo, lo único que encontré fue un bolso de imitación donde pude hallar una identificación con una fotografía “mía”, la cual tampoco pude reconocer. El documento decía que me llamaba Lorraine Ruiz, tenía casi 30 años y que vivía en la calle 45, departamento 19, en el barrio Oaks, de la ciudad Port Saint Johns.

Saber esto alivió un poco las dudas sobre mi identidad, aunque sentía que todo esto era nuevo para mí, como si jamás hubiera vivido en ese lugar. Pero como no tenía tiempo para continuar dudando, seguí registrando el bolso, del cual saqué varias cosas de uso personal, como cremas, maquillaje, toallas sanitarias y hasta caramelos.

Después de vaciar el contenido de la bolsa, al fin di con lo que parecía ser una credencial de la “empresa” para la cual trabajaba. De esta, pude encontrar el nombre de la compañía, “Walker Inversiones”, así como el puesto que al parecer desempeñaba: “asistente de presidencia”.

—¡Vaya! Con razón el tipo de hace rato me habló con tanta soberbia —exclamé con fastidio.

Con estos pocos datos, decidí salir del departamento. Mientras lo hacía, trataba de anotar mentalmente algunas referencias que me ayudaran a recordar dónde vivía, como el número de puertas que había en el pasillo o color de las paredes. Para cuando salí a la calle, grabé en mi memoria la ubicación de cada poste o negocio que me ayudara a saber en donde me encontraba.

Como tampoco conocía a nadie, traté de sonreír un poco con los vecinos para evitar que ellos notaran que no los conocía. Afortunadamente, nadie notó mi nerviosismo y algunos me saludaron con familiaridad, así que continué caminando hacia la esquina, donde ahí pude ver la nomenclatura de la calle. Al ver que me encontraba en la confluencia de la calle 45 con 44, lo escribí rápidamente en un papelito y posteriormente me dispuse a buscar un taxi que me lleve al edificio donde supuestamente trabajaba. 

Afortunadamente no esperé mucho, ya que un vehículo de alquiler apareció calles atrás, entonces le pedí parada y el chofer rápidamente se estacionó frente a mí.

—Buen día, ¿sabe cómo llegar a “Walker Inversiones”?

—Claro que sí, señorita —contestó el chofer—, estamos casi cerca. Llegaremos como a 15 minutos.

—Perfecto, gracias. Me urge llegar ahí —dije e inmediatamente subí detrás del chofer.

Después de esto, el hombre arrancó y continuó por toda la calle 44. Como todo esto me parecía nuevo, me mantuve alerta para tomar notas mentales sobre el sitio en el que me encontraba.

Luego de 15 minutos, el conductor se estacionó frente a un edificio alto, con elegantes ventanales que parecían reflejar el cielo. Asombrada por el excepcional diseño, olvidé que debía pagarle al taxista.

—Disculpe, señorita. Ya llegamos, son 100 dólares.

—¡Oh! Lo siento mucho —conteste avergonzada y me puse a buscar en mi cartera el dinero.

Para mi suerte, que no parecía mucha, solo tenía justo 100 dólares y con el dolor de mi alma se los entregué. Entonces caí en la cuenta de que a pesar de ostentar el puesto de asistente del presidente de la empresa, aún era pobre. 

Luego de despedirme del amable chofer, me dispuse a entrar a “mi nuevo trabajo”. Como todo esto era nuevo para mí, lentamente caminé hacia ese opulento sitio. En la entrada tuve que presentar mi identificación para poder pasar y, mientras lo hacía, escuché que alguien decía mi nombre.

—¡Lorraine! ¡Lorraine!

Visiblemente aturdida alcé la cara para ver quién me llamaba. Entonces descubrí que una joven pelirroja se acercaba a mí con el rostro preocupado.

—¡Lorraine! —repitió—, ¿dónde has estado? ¡El jefe está desesperado porque no has llegado!

—¡Oh! Lo siento, tuve que ir al doctor —respondí fingiendo un gesto de malestar.

La joven abrió los ojos de sorpresa, para después dijo con indignación.

—¿Cómo? ¿Te hizo venir estando enferma? ¡Cielos! ¡Es un malnacido!

Mientras “mi compañera” despotricaba contra mi “jefe molesto”, pude leer en su credencial que se llamaba Samantha Saenz y que era la asistente de vicepresidencia.

Aprovechando mi supuesto malestar, pensé en actuar como si me sintiera un poco mareada para abogar por su sentido humanitario y así ella me acompañara hasta mi lugar de trabajo, porque realmente no tenía idea de cómo llegar hasta ahí.

—Lori, te ves pálida —dijo con preocupación.

—Sí —fingí debilidad—, podrías ayudarme a subir a la oficina, realmente me siento un poco mareada.

—¡Ay, Dios! No puedes trabajar así —exclamó indignada.

—No te preocupes, estaré bien, la verdad tengo mucho trabajo y no puedo retrasarme —argumenté.

Mi respuesta no convenció del todo a Samantha, pero aceptó.

—Está bien —suspiró—, pero si te sientes mal, retírate. Tu salud es muy importante.

—Sí, lo haré.

Después de esta breve charla, Samantha me llevó hasta el ascensor. Entonces vi que ella apretó el botón número 40, por lo que intuí que ahí estaba mi área de trabajo. Mientras el aparato se movía, ella comenzó a contarme que había salido la noche anterior con un tal Joe, del departamento de finanzas, pero que su cita fue decepcionante.

Como no sabía qué decirle, solo le pude contestar con monosílabos o expresiones cortas para manifestar mi interés y que no la hiciera sospechar de que algo extraño me pasaba. Cuando el aparato por fin llegó hasta el piso 40, las puertas se abrieron inmediatamente. En ese momento quedé pasmada ante la inmensidad del espacio que ocupaba el área de recepción de la Presidencia de “Walker Inversiones”, el cual estaba decorado de manera minimalista y lujosa.

Sumamente aturdida, salí lentamente del ascensor, pero antes de que pudiera aclimatarme a mi “nueva área de trabajo”, Samantha me jaló hasta mi escritorio.

—Ya llegamos, ¿segura de que estarás bien? —insistió mirándome con preocupación.

—Sí —respondí con una débil sonrisa.

—Bueno —suspiró—, me retiro, cualquier cosa, me llamas.

—Claro que sí, gracias.

Cuando ella se marchó, comencé a inspeccionar con la mirada el lugar donde me encontraba. A mi alrededor había unos sofás de cuero blanco, que combinaban con las paredes decoradas con pinturas de arte abstracto. Todo era sumamente pulcro y brillante como un espejo.

Luego dirigí mi atención a mi “nuevo” escritorio, el cual estaba muy ordenado, e instintivamente busqué el botón de encendido de la computadora. Para mi suerte, el aparato no tenía contraseña, por lo que inmediatamente me di a la tarea de investigar más sobre mis obligaciones en el puesto en que me encontraba.

Mientras hacía esto, me puse a buscar entre los cajones alguna agenda o documentos que me indicara los pendientes que había. Fue así que durante media hora me dediqué a empaparme con todo lo relacionado con el puesto de asistente de presidencia, el cual a primera vista no parecía muy complicado.

Como estaba tan concentrada aprendiendo todo para evitar que el “jefe molesto” no se percatara de mi condición, no me percaté que alguien se encontraba detrás de mí, hasta que una voz profunda dijo mi apellido.

—Señorita Ruiz, al fin llegó.

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Tabla de contenidos de Amor Paralelo

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